EL FLAUTISTA DE HAMELÍN


Cuento de El Flautista De Hamelín
Ciudades como Hamelín podían encontrarse a miles en el mundo. Ocupaba el centro de un amplio valle rodeado de colinas. Sus habitantes eran agricultores en su mayoría, y vivían humildemente. Durante siglos, nada había turbado la paz del lugar… hasta que surgieron los ratones.
Tales roedores podían contarse en Hamelín por miles, cientos de miles, acaso millones, e invadían los más apartados rincones de la ciudad. Solían comer a todas horas, por eso la emprendieron con cuantos alimentos encontraban. Almacenes, sótanos, despensas y tiendas de todo tipo, fueron por tan terrible plaga.
Incluso los silos donde se almacenaban el grano procedente de las cosechas fueron devastados por los voraces ratones. Aquello significado la ruina completa, el hambre para muchos meses.
- ¡Han terminado con los jamones y quesos que guardaba en el trastero! – se quejaba el vecino.
- ¡Y también con la cosecha de grano que llenaba mi silo! – se lamentó otro.
- ¡No podemos seguir así ni un día más!
- ¡Tienes razón! ¡Hay que hacer algo!
Al principio, los lugareños se dieron a la difícil tarea de cazar a los ratones uno por uno. Empleaban para ello escabas, garrotes, palos y toda suerte de objetos contundentes. Era pintoresco verles correr tras los roedores por calles y plazas, dando más estacazos al empedrado que a sus amigos.
Después, viendo que los resultados eran mínimos, echaron mano de ratones provistas de cepo. ¡Que si quieres arroz! Los animalitos jugaban con ellas y acababan por comerse la madera de que estaban hechas.
- Y a todo esto, ¿Qué hacen el Alcalde y los Concejales para solucionar al problema? – preguntó en voz alta un sufrido ciudadano.
- ¡Nada, como siempre!
- ¡Son unos perfectos inútiles!
- ¡Y encima nos doblan a impuestos!
- ¡Pues es el momento de pedirles cuentas!
- ¡Al Ayuntamiento se ha dicho!
- ¡Al Ayuntamiento! – gritó el pueblo, en masa.
En breves instantes, la Plaza Mayor quedó abarrotada por una multitud indignada y vociferante.
- ¡Salga, señor Alcalde! ¡Le estamos esperando!
- ¡Habrá fraguado algún plan, digo yo!
- ¿Fraguar planes ese borrico? ¡Mucho me extrañaría!
Tal griterío se armó, que el Alcalde hubo de salir al balcón principal. Allí, entre la rechifla general, prometió zanjar el asunto. Por supuesto, nadie le tomó en serio y, al meterse de nuevo en el Salón de Sesiones, la bronca aumentó.
¿Qué podemos hacer para arreglar esto? – preguntó el señor Alcalde a uno de sus Concejales, mientras se enjugaba el sudor de la frente.
- Subir los impuestos para fabricar un millón de ratoneras. Así no escapará ni un solo ratón – sugirió el “cerebro” del Ayuntamiento.
- ¡Animal! Los ciudadanos están arruinados y nos echarían a palos de Hamelín.
- Publicar un bando ofrecimiento una gran recompensa a quien nos libere para siempre de los ratones – aventuró otro Concejal de ojillos inteligentes.
- ¡Hombre, eso está mucho mejor! – aprobó el Alcalde, con semblante repentinamente iluminado.
Así se hizo. En todas las esquinas de Hamelín, incluso en las encrucijadas de los caminos que conducían a la ciudad, aparecieron los anuncios que contenían el suculento reclamo.
Ese mismo día, un caballero alto como un ciprés fue de esquina releyendo el edicto de marras.
Era extranjero, a no dudar, vestía de rojo, y llevaba una flauta en la mano.
- ¿Es cierto que ofrecen una recompensa a quien libre a esta ciudad de los ratones? – preguntó el desconocido, ya en presencia del Alcalde.
- ¡Como lo oye! ¿Por qué? – replicó éste.
- Yo puedo conseguirlo.
- ¿Usted? ¡A ver, explíquese! – gritó el Alcalde, interesado.
- Nada tengo que explicar. Digo que saco los ratones para siempre de Hamelín, y con eso basta.
- ¡Caramba con el señor! – protestó el Alcalde.
- ¿Cuál es la recompensa? – abrevió el otro.
- Esta bolsa llena de oro ¡Mire, mire dentro! Si cumple lo que promete, es suya – aseguró el Alcalde.
- ¡Trato hecho! – dijo el extranjero, por toda respuesta.
De pie, solitario en el centro de la Plaza Mayor, quedó el forastero. Con parsimonia, se llevó la flauta a los labios, e inició los compases de una extraña melodía.
Al influjo de sus alegres notas, los ratones comenzaron a salir de todos los agujeros en racimos cada vez mayores, descuidados de todo riesgo, como hechizados por aquella música nunca oída.
El flautista caminó hacia el exterior de la ciudad, un cortejo millonario en ratones le siguió dócilmente, siempre bajo el dominio de los bellísimos sones. El mago volvía la cabeza de vez en cuando como para ratificar el éxito previsto, en presencia de unos ciudadanos atónitos por código.
Horas después, el último ratón cruzaba la puerta sur de la ciudad, y aquella se cerró pesadamente a sus espaldas. La inacabable comitiva – con el flautista en cabeza – se perdió en el horizonte, para regocijo y pasmo de los pobres lugareños.
- ¡Es increíble el poder de su música!
- ¡Pura brujería, os lo digo yo!
- ¡Bendita sea de todas formas!
El flautista se detuvo por fin a pocos metros de un queso enorme y reluciente que remataba una suave colina. Tendría cinco o seis metros de altura, y exhalaba un tufillo delicioso para los roedores.
Los sones de la flauta se tornaron de repente muy agudos y felibres. Los ratones, al captarlos, acometieron al queso con furia inaudita, y pronto lo recubrieron con sus pululantes cuerpecillos.
El flautista emitió entonces un sonido capaz de atravesar el mundo de parte a parte, y el queso se desplomó súbitamente, convirtiéndose en una masa pegajosa que sepultó a todos los ratones.
Otro sonido aún más penetrante hizo resbalar a la más de queso fundido – con ratones incluidos en las aguas de un río cercano. Ni un solo roedor se libró de morir ahogado.
El flautista regresó a Hamelín con la intención de cobrar su recompensa. Por el camino, se las prometía muy felices:
“Una bolsa de oro da para socorrer a muchos pobres y mendigos. ¿A cuántos de ellos me encontraré por esos pueblos de Dios?” – pensó el bondadoso extranjero, siempre inclinado a la generosidad.
Pero al llegar ante las puertas de la ciudad, notó que seguían cerradas, y su extrañeza fue grande:
- ¡Eh, ustedes! ¡Ya pueden abrir! – gritó a los escondidos vecinos -. ¡Todos los ratones han terminado en el fondo del río!
- ¡Gracias por su amabilidad, forastero! ¡Nos sentimos muy satisfechos de su labor y puede irse cuando quiera! – le contestó el Alcalde, asomándose desde lo alto de la muralla.
- ¿Cómo que puedo irme? ¿Y la recompensa prometida? – se indignó el flautista.
- ¡Ahí va! – vociferó el Alcalde, mientras le arrojaba una moneda de cobre, entre carcajadas de los ciudadanos.
- ¡Eso es una burla intolerable! – exclamó el flautista, alzando su índice acusador.
- ¡Largo de aquí, tunante, si no quieres pasarlo mal! – amenazaron algunos amigos del Alcalde, con acompañamiento de pedradas, botellazos y una lluvia de tomates podridos.
- ¡Pagaréis muy cara esta fechoría! – aseguró el flautista, retirándose prudentemente de allí.
Con airado impulso, alzó la flauta y arrancó los primeros sones de una melodía distinta de la anterior. Bajo su acción, las gruesas puertas de la ciudad se combaron hasta saltar de sus goznes, y dejaron el paso franco a una muchedumbre de niños. Estos, encantados por la música, cruzaron sus umbrales y siguieron al flautista, que, de nuevo, tomó la dirección de las colinas.
Los niños llevaban todavía en sus manos los útiles de trabajo, porque, a diferencia de otros niños del mundo, ellos se pasaban el día trabajando y estudiando, explotados por sus mayores, sin tiempo para jugar y divertirse.
Ni un chiquillo quedó en la ciudad de Hamelín, tal era el poder musical del flautista. De nada sirvieron los gritos desgarrados de los vecinos, llamando a sus hijos para que volviesen:
- ¡No hagáis caso al flautista, regresad! ¡Quiere haceros daño!
La alegre procesión atravesó los campos, entre brincos y danzas, unida por esa magia hecha sonido. La llanura dio paso a la montaña, y el flautista no tardó en detenerse al pie de una inmensa pared rocosa.
- ¡Alto, chicos! ¡Hemos llegado a nuestro destino! – gritó a sus fieles seguidores.
En medio de un silencio general, resonó un golpe de flauta, y la granítica pared giró sobre sí misma, dejando al descubierto una amplia abertura.
- ¡Vamos, entrad! – les invitó al flautista -. ¡Un mundo prodigioso os espera al otro lado!
Algo sugestivo tuvieron que divisar los chavales, porque todos se abalanzaron sobre la negra oquedad, y el flautista sudó para poner entre la concurrencia. Finalmente, cuando todos hubieron entrado, hizo ademán de seguirlo, pero unos gritos lejanos llamaron su atención:
- ¡Eh, buenos amigos, esperadme! ¡Por favor, no me dejéis aquí solo! ¡Ya llego, ya llego! – Se trataba de un niño tullido que andaba con muletas.
Enternecido, el flautista le aguardó, oyó el retrato de su desventura y, poniéndole una mano sobre la cabeza, preguntó:
- Veamos, ¿te sientes mejor ahora?
El niño probó a sostenerse de pie por sus propios medios, y gritó:
- ¡Oh, ya puedo andar! ¡Estoy curado!
- ¡Pues, hala!, sigue a tus compañeros – le invitó el flautista sonriendo.
Apenas transpusieron ambos la entrada de la gruta, un sonido pareció al anterior devolvió la pared a su estado normal. Ningún campesino que pasase junto a ella podría jamás adivinar el secreto que encerraba.
- ¡Y qué secreto, amiguitos! En medio de prados verdes y fuentes cristalinas, se congregaban norias, carruseles, circos de ilusión, verbenas y cuantas diversiones podáis soñar.
Los egoístas ciudadanos de Hamelín lamentaron el resto de sus días el trato dado al flautista. Nunca volvieron a ver a sus pequeños, y, además de tener que encargarse del trabajo encomendado a éstos, vivieron acosados por el pesar y la amargura.
Hermanos Grimm

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