PETER PAN


Cuento de Peter Pan
En una casita de las afueras de Londres, vivían Wendy, Juan y Miguel, los tres hijos del matrimonio Darling. Aquella noche, sus padres debían asistir a una fiesta de sociedad; por eso los chicos se fueron a la cama antes que de costumbres. Ya a punto de salir, la señora Darling fue a despedirse de su hija mayor:
- Wendy, ¿no sería mejor que cerrases esta ventana?
- No, mamá. Espero una visita – informó Wendy.
- ¿Una visita? ¿De quién? – se asombró la señora.
- De Peter Pan. Ha prometido venir esta noche – repuso Wendy con naturalidad.
- Supuse que ya no creías en los cuentos de hadas… Bien, quizá debas crecer un poco más.
- Te aseguro que Peter Pan existe, mamá.
- Desde luego. No faltaba más – se chanceó la señora Darling, sonriente, antes de besarla y marcharse.
También se despidió de Juan y Miguel, que, en sus respectivos dormitorios, aguardaban el momento de reunirse con Wendy y su fantástico visitante.
A eso de las diez, se esbozó en el marco de la ventana una silueta inconfundible, la de Peter Pan, seguida de una figurilla fosforescente.
- ¡Silencio, Campanita, no hagas ruido! – dijo Peter Pan a su acompañante, sabiendo que el matrimonio Darling aún no se había alejado lo suficiente.
- ¡Hola, Peter Pan! ¡Cuánto has tardado! – le saludó Wendy, sentada en la cama.
En ese momento, Juan y Miguel irrumpieron en el cuarto como una tromba, exclamando:
- ¿Qué tal, Peter? ¿Nos contarás algo?
- Así es, pero esta noche os propongo algo mejor – dijo Peter Pan, con gesto interesado.- Un viaje al País Imaginario, al País de Nunca Jamás.
- ¡Cáspita! ¡Es una gran idea! – aprobó Miguel.
- Pero ¿Cómo vamos a ir? – objetó Juan
- Volando, naturalmente. Los polvos mágicos de Campanita harán milagro – explicó Peter Pan.
Instantes después, el grupo se echó a volar desde el borde de la ventana, y se remontó sobre las estrellas hacia aquel lugar tan hermoso.
Sentados en una nube resplandeciente, los viajeros contemplaron el País Jamás. Justo bajo sus pies se veía un campamento de indios siox. Algo más lejos, el Lago de las Sirenas; un poco a la izquierda abría su negra oquedad la Gruta de las Calaveras, y, todavía más allá, el navío del Capitán Garfio se bamboleaba entre dos olas.
- ¡Oh, todo esto es fenomenal! – exclamó Juan.
- ¡Gracias, Peter, por habernos traído hasta aquí! - dijo Wendy, la mar de contenta
En aquel momento, el vigía del barco enfocó su catalejo y descubrió a Peter Pan y acompañantes.
- ¡Peter Pan a la vista, Capitán! – gritó el vigía.
- ¿Peter Pan? ¡Preparad los cañones! – voceó el Capitán Garfio, que odiaba al gran personaje.
Peter Pan ordenó a Campanita que acompañase a los muchachos a su gruta mientras él luchaba con Capitán Garfio y sus hombres. Pero campanita, celosa del afecto que Peter mostraba a Wendy, decidió da a ésta un buen escarmiento.
- ¡Seguidme! – gritó Campanita a los muchachos. Bajó deprisa, les perdió de vista, y llegó a su destino con tiempo para advertir alevosamente a los Muchacho Perdidos, que habitaban allí:
- ¡La bruja Wendy ha querido hacerme daño, y está ahí fuera! ¡Salid todos juntos y dadle un escarmiento!
- Sé que tenéis un vuestro poder a mi hija Lily la Tigresa. ¡Devolvédmela, o moriréis a la salida del sol!
Entretanto, Peter Pan y Wendy visitaban el Lago de las Sirenas. Descansaron sobre una roca que emergía dos palmos del agua. Las sirenitas acudieron, y Peter tuvo que contarles sus aventuras.
Un chapoteo le distrajo de su relato; procedía del otro lado de unas rocas. Trepó a ellas, y observó.
Un chalupa se aproximaba a tierra, e iba ocupada por el Capitán Garfio, otro marinero y Lily la Tigresa. Al advertir un peñasco azotado por las olas, el Capitán viró hacia él, y poco tardó la pobre Lily en quedar atada a la roca y lastrada con un ancla oxidada.
- ¡Habla, preciosa! ¿Dónde está Peter Pan?
Exasperado por el mutismo de la joven sioux, pasó a las amenazas.
- ¿Prefieres callarte? ¡Muy bien! Dentro de unos minutos, la marea subirá y morirás. Si la aldea te disgusta, puedes soltarte; el nudo está muy flojo; entonces el ancla te arrastrará hacia el fondo…
- ¡Basta ya de bravatas, Capitán! ¡Aquí estoy! – gritó Peter Pan.
- ¡Estupendo! ¡Ganas tenía de…!
Peter Pan eludió fácilmente sus tajos y estocadas. Al comprobar que todo esfuerzo era inútil, arreció el Capitán en sus ataques, cada vez más irritado:
- ¡Voy a hacer de ti un colador, muchacho!
En un envite de su rival, Peter Pan se apoyó con ambos pies sobre la espada, y el Capitán, perdiendo el equilibrio, cayó al agua. Trabajo le costó aferrarse a la chalupa, entre buches y gogloteos.
Peter Pan y Wendy liberaron a Lily. Lo hicieron muy a tiempo, porque las olas golpeaban ya su rostro.
Poco después, al ver a su hija sana y salva, el Gran Jefe sioux soltó a los prisioneros, les cubrió de regalos y mandó a celebrar una gran fiesta.
Mientras, Garfio, furioso y maltrecho enterado de que Campanita sufría un duro exilio, quiso atacar a Peter Pan de nuevo, y la mandó llamar:
- Mira, Campanita – le dijo-, yo también quiero acabar con Wendy, así que dime dónde está el refugio de Peter Pan, seguro que allí la encontraremos.
La ingenua Campanita cayó en la trampa, y reveló el secreto. Tan satisfecho de su respuesta quedó el Capitán Garfio, que empezó a dar saltos de alegría.
- ¡Ah, Peter Pan, ya eres mío! ¡Te haré pagar cuantas humillaciones me has hecho! – Volviéndose al hada, dijo:
- ¡Je, je, je! Ahora voy a ocuparme de ti, buena amiga ¡A la jaula con ella!
Campanita comprendió demasiado tarde su error, y se puso a llorar amargamente, entretanto, el Capitán Garfio apostaba a sus hombres junto a la entrada de la gruta de Peter Pan.
Wendy y sus hermanos – algo soñolientos ya – decidieron a su casa, se despidieron de Peter Pan, y salieron de la gruta. Los marineros cayeron sobre ellos por sorpresa, atrapándoles al instante.
- ¡Llevadles al barco! – ordenó el Capitán Garfio a sus hombres. Luego, envolvió un curioso artefacto en papel satinado, lo adornó con una cinta de seda y, sonriendo entre dientes, se dijo:
- Te va a gustar el regalito, Peter Pan. ¡Je, je, je!
Entonces se acordó de algo:
- ¡Claro, se me olvidaba la tarjetita!
“Ábrelo a medianoche, Peter. Es una sorpresa de tu amiga Wendy”, escribió en ella, antes de situarla con el paquete en el interior de la gruta y retirarse.
Peter Pan descubrió el objeto minutos después, bien colocado en un rincón. Después de leer la tarjetita, pegó su oído al paquete y escuchó un misterioso tic-tac. Sintió deseos de abrirlo, pero recordó el plazo establecido por “Wendy”: medianoche.
Mientras tanto, el Capitán Garfio tenía ante sí a Wendy y los demás prisioneros, todos bien amarrados al mástil de su barco.
- Dentro de diez minutos, vuestro amigo Peter Pan saltará por los aires en cien pedacitos – se jactó.
- ¡Miente! – le provocó Miguel -. En el fondo, sabe que Peter Pan le dará su merecido, como siempre.
- ¡Cállate, mocoso! – se encolerizó el Capitán-. ¡Esta vez no tiene escapatoria! En cuanto a vosotros, decidid: o os piratas a mis órdenes, o acabáis en el estómago de los cocodrilos.
A todo esto, Campanita intentaba escurrirse entre dos barrotes de su jaula, valiéndose de trucos mágicos. Por fin lo consiguió, y fue a avisar a Peter Pan.
Como Wendy y sus hermanos preferían morir antes que alistarse bajo su mando, el Capitán, lleno de ira, arrojó a la muchacha por la borda. Afortunadamente, Peter Pan llegó a tiempo de salvarla, y, tras detener su caída a ras de las olas, subió con ella a cubierta.
- Su bomba ha estallado lejos de mi gruta, Capitán. Anunció Peter Pan, con expresión divertida.
- ¡Maldito seas!
Un silbido de Peter Pan alertó a los Muchachos Perdidos, que treparon a cubierta y entablaron dura batalla con la tripulación. Por su parte, el Capitán Garfio llevó otra vez de perder. Un empujón de su adversario bastó para arrojarle entre las abiertas mandíbulas de un cocodrilo, bien situado a un costado del barco.
- ¡Auxilio! – gritó el Capitán.
Tanto se recreó el cocodrilo pensando en su exquisito bocado, que algunos piratas, en franca huída, acercaron su chalupa, y libraron al Capitán de una muerte segura. Después, huyeron hacia la costa.
Los vencedores prorrumpieron en vítores, y tomaron posesión del barco pirata. Peter Pan, ciñéndose un viejo sombrero del Capitán Garfio, ordenó de pronto:
- ¡A sus puestos, marineros! ¡El barco va a zarpar! ¡Soltad amarras! ¡Izad el velamen! ¡Levad anclas!
A Campanita, muy arrepentida de sus celos respecto a Wendy, le faltó tiempo para reconciliarse con ella, obtener el perdón de Peter, y rociar el navío con los polvos mágicos necesarios para hacerle volar.
Bajo la luna llena, el barco orientó su proa hacia la casa de los Darling, y se posó en su tejado poco después.
- ¡Adiós, Peter! ¡Adiós, amigos! ¡Ha sido un viaje maravilloso! – corearon Wendy y sus hermanos.
- Pues una noche de éstas volveremos…
Desde el alféizar de la ventana, los tres niños vieron alejarse a la goleta de sus sueños.
James Matthew Barrie

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