LA HONRADEZ DE UN ÁNIMA BENDITA - Ricardo Palma


LA HONRADEZ DE UN ÁNIMA BENDITA
El 16 de enero de 1628 emprendió viaje para el Purgatorio un limeño llamad Diego Pérez de Araus.
Ya en el otro mundo entróle a su ánima el remordimiento de que, en cierta noche, le había ganado a su amigo Antonio Zapata, no diré una suma morrocotuda, sino la pigricia de doscientos pesos.
Ánima de muchos escrúpulos de monja boba debió de ser la del tramposo Pérez de Araus, porque dio en aparecérsele todas las noches a su acreedor Zapata, quien de tanto dar diente, por el terror que le causaba la visita, empezó a perder carnes. En vano era que en casa aparición preguntaba Zapata qué cosa se le había perdido al ánima bendita. El espíritu de Dieguillo no despegaba los labios para dar respuesta.
La viuda de Pérez, que era moza, y de buen ver y mejor palpar, se asustó tanto con la nueva, de diz que ya desde esa noche no durmió sola, recelando que ánima del difunto se le antojar ocupar su legítimo sitio en el lecho matrimonial.
Afortunadamente vivía en Lima, en el monasterio de las Descalzas, una monja más milagrera que la mitad y otro tanto, a la cual expuso su cuidta el desventurado Zapata.
Junto esperaron esa noche la aparición; cuando ello ocurrió:
- De parte de Dios te mando – concluyó la monja – que me digas francamente a qué vienes a Lima.
Parece que el ánima de Pérez de Araus declaró que sus idas y venidas eran motivadas por el remordimiento de haberle ganado, a la mala, doscientos peso a su amigo.
- ¡Pues buen modo de paga tienes, hijito! ¿Eso se estila por allá? ¡Eah! Lárgate y no vuelvas, que yo hablaré con tu muer para que ella pague por ti. Vete tranquilo a tu Purgatorio y no te reconcomas por candideces.
Y efectivamente, el alma de Diego Pérez no volvió a rebullirse.
La monja llamó a la alegre viudita y la intimó que pagase a Zapata los doscientos duros de que el difunto se había confesado deudor. Madama quiso protestar el libramiento, alegando razones que probablemente serían de pie de banco, porque la sierva de Dios le repuso con toda flema:
- Buena, hijita. Como quieras. Que pagues o no pagues, me es indiferente. Lo que sí te aseguro es que esta noche tendrás de visita a tu marido. Él se encargará de convencerte… y hasta de cobrarte cuentas atrasadas.
Ante tal amenaza, la viudita, cuya conciencia no estaría muy sobre la perpendicular, se avino a pagarle a Zapata los doscientos de la deuda.
Ahora bien, digo yo: ¿no conviene usted conmigo en que en este condenado y descreído siglo XIX, las benditas ánimas del Purgatorio se han vuelto muy pechugonas, tramposas y sinvergüenza, para delicadeza de las ánimas benditas de hace tres siglos?
Hemos visto a una de estas infelices en trajines del otro mundo a éste, para pagar una miserable deuda de doscientos pesos. ¿Y hoy? Mucha gente se va al otro barrio con trampa por centenares de miles y en el camino se les borra de la memoria hasta el nombre del acreedor.
Tradición de Ricardo Palma, escritor peruano (1833 - 1919)

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