EL SOLDADITO DE PLOMO


EL SOLDADITO DE PLOMO
Los dos hermanitos se habían portado bien, y los Reyes Magos fueron generosos con ellos. Uno era niño, y contaba ocho años de edad; la niña era algo más pequeña. Vivían en una casa muy bonita.
Colocaron los paquetes de juguetes sobre una mesa, los abrieron por orden. A cada nueva sorpresa, una exclamación brotaba de sus gargantas:
-¡Y mira esto! ¡Un montón de soldaditos de plomo!
- ¡Qué apuestos! Pero a ése le falta una pierna, ¿no?
- dijo la niña señalando al protagonista de nuestra historia, que, muy triste, les escuchaba en silencio.
- ¡Anda, pues es verdad! - se quejó su hermano.
- De todas maneras, se sostiene en pie como los demás -le consoló ella.
- Pues entonces le haré desfilar.
- ¡Oh, qué bailarina tan bonita! -se maravilló la niña, al reparar en otro juguete.
- Sí, pero es de papel - objetó su hermano.
Nuestro soldadito, aun cojo como estaba, se permitió mirar a la bailarina, y su corazón empezó a latir con fuerza. Ante un palacio de cartón, ella extendía sus brazos al aire y, de puntillas sobre un solo pie, componía una graciosa figura de danza.
"La niña tiene razón. Es bellísima esa bailarina. Sería la esposa ideal para mí" - se dijo el pobre soldadito, mientras a sus mejillas asomaban intensos rubores-. "Pero, pensándolo bien, soy un iluso. Ella vive en un palacio maravilloso, y yo no dejo de ser un soldado cojo. No, nunca se fijará en mí".
Mientras desfilaba con sus compañeros, puso todo su brío en la marcha, logrando que sus defectuosos andares apenas se notasen. De vez en cuando, miraba ardientemente a la bailarina, y le sonreía. En una ocasión, ella le devolvió la sonrisa.
“¡Oh, no le caigo mal del todo!"
Su amor por la bailarina hizo que olvidase el momento en que un torpe operario de la fábrica le rompió la pierna. Fue al meterle en la caja: sintió un fuerte dolor en la ingle, pero pronto se le pasó. Sin embargo, el pensamiento de que ya nunca sería como los demás soldaditos de plomo, adornó con lágrimas sus ojos.
Ahora, a la bailarina no parecía importarle ese defecto, pues cada vez le miraba y sonreía con mayor ternura. ¿Sería posible que su amor fuese correspondido?
Llegó la hora de cenar, y los niños abandonaron el cuarto de los juguetes. Poco después, todos dormían en la casa, excepto los juguetes. Si de día dependían del impulso de sus dueños para moverse, de noche se movían por su cuenta, y se entregaban a los juegos que más les agradaban.
Mientras un cascanueces hacía piruetas y daba saltos mortales, los soldaditos de plomo jugaban a la guerra sin orden ni concierto, y la bailarina danzaba airosamente al compás de una música imaginaria.
- ¡Al ataque, compañeros! -gritaba el soldadito de mayor experiencia militar, lanzándose él solito contra una trinchera de papel bien defendida.
El soldadito cojo y la bailarina se miraban cada vez más apasionadamente, sin decidirse aún a entablar conversación.
Sonaron las campanadas de medianoche. Una gran caja de cartón, entre la bailarina y el soldadito, empezó a moverse. De su interior salió un muñeco grandote y feísimo.
- ¡Eh, tú, deja de mirar a la bailarina! - gritó, enfadado, a nuestro soldadito.
- La miraré siempre que quiera, ¿estamos?
- ¡Pero si eres un miserable soldado, y además lisiado! ¿A qué aspiras? Ella es linda, y merece tratarse con gente importante, como, por ejemplo, yo - dijo el muñeco, haciendo a la bailarina una mueca.
El muy vanidoso sacó el pecho, irguió su cuello, y cuadró la boca, queriendo dárselas de fuerte y gallardo, pero la bailarina clavó sus ojos en el soldadito pidiéndole ayuda. Este la tranquilizó con la mirada.
El muñeco, viendo que su bravuconería no atemorizaba al soldadito, pasó a las amenazas:
- ¿No me haces caso? ¡Lo pagarás muy caro!
-¿Ah, sí? ¿Cómo? ¡Si ni siquiera eres capaz de salir de la caja! -se mofó el soldadito.
- ¡Os lanzo una maldición a los dos! -gritó el muñeco, al ver que la bailarina apoyaba a su rival-. ¡Mañana comprobaréis hasta dónde llega mi poder!
- No nos das miedo, fantoche - repuso el soldadito. Con una mirada prolongada, el soldadito y la bailarina firmaron su pacto de amor. De ahí en adelante, nada ni nadie podría ya separarles.
A la mañana siguiente, los niños reanudaron sus juegos. El varón quería que su hermana jugase con él a las batallas, pero ella no quiso. - y a éste, ¿qué misión le encomiendo? -dijo, refiriéndose a nuestro soldadito cojo-. No sirve para atacar ni defender.
- Ponle de centinela - sugirió su hermana, distraída con otros juegos.
- ¡Buena idea! Para eso no hace falta correr. Lo colocaré en el alféizar y así dominará toda la calle.
Un ráfaga de viento apeó bien pronto de su atalaya a nuestro pobre soldadito, que cayó a la calle desde una altura de tres pisos. Cuando el niño se dio cuenta de la tragedia, bajó a buscarle con su chacha, pero no logró encontrarle, por más que lo intentó. El soldadito estaba incrustado en una rendija del alcantarillado.
Se puso a llover de pronto, y el niño abandonó la búsqueda, para desesperación del soldadito, que ya se veía alejado para siempre de su querida bailarina. El chaparrón fue tremendo, y duró casi una hora. Ríos de agua bordeaban las aceras y caían a la alcantarilla, amenazando ahogar al soldadito. Cuando escampó, unos pilletes salieron a la calle a jugar y....
- ¡Eh, chicos, venid aquí, deprisa! - chilló uno, al reparar en nuestro soldadito.
- ¡Arrea, si es un soldadito de plomo!
- Le haremos navegar calle abajo.
- ¿Cómo? - preguntó el más atrasado.
- ¿Cómo va a ser? Fabricando un barco de -papel con un -trozo de periódico, y metiéndole dentro -explicó el jefe de la pandilla.
En un abrir y cerrar de ojos, el soldadito se halló navegando sobre un endeble barcucho. El desagüe de la calle iba a parar al río, y así, pronto nuestro héroe estuvo en mitad de su enorme corriente.
"¡Adios, amor mío, recuérdame siempre! ¡Cómo me duele separarme de ti!" -pensó el soldadito, dirigiéndose a la bailarina. Animoso y valiente como soldado que era, aguantó como pudo el zarandeo del e agua. A ojos vistas, el barcucho se deshacía, y él era de plomo.
¿Cuánto tardaría en hundirse?
Bajo un puente próximo, un grupo de ratas había establecido un puesto de aduanas. Según ellas, todo animalucho o cosa que pasase por allí, tenía que pagar peaje.
- ¡Eh, tú, soldadito! ¡Detente, y suelta un centavo! - gritó la rata de servicio. “¿Un centavo? ¿Por qué he de soltarlo? ¡El río es de todos!" - pensó el soldadito.
- ¡Oye, no te vayas! ¿Habráse visto caradura?
- protestó la rata, ofendida. Menos mal que sus compañeras le hicieron comprender que un soldadito de plomo no habla, al menos no con palabras sonoras.
El barcucho del soldadito ya era sólo un despojo de papel invadido por el agua. Tembloroso y más pálido que nunca, nuestro protagonista se dispuso a morir. De súbito, una bocaza surcada de dientes se abrió bajo el agua y, en un dos por tres, engulló a barcucho y soldadito juntos.
En el interior de lo que parecía una estrecha caverna, el soldadito descubrió lo que ocurría:
"¡Me ha tragado un pez y estoy en su estómago!".
Cosa extraña: allí se sentía muy a gusto. De, vez en cuando, algunos ácidos querían corroerle, pero se retiraban enseguida. Un atisbo de esperanza alivió al soldadito. ¿Y si sobreviviese, después de todo?
En el hogar de nuestros amigos, la chacha Luisa limpiaba el pescado recién adquirido en el mercado. Parecía fresco y apetitoso. De pronto, al abrirle en canal, encontró al soldadito de plomo.
" Las vueltas que da el mundo! ¡Mira por dónde, aquí está el pobre soldadito!" -pensó ella.
Avisados del hallazgo, los dos hermanos se pusieron muy contentos. Dando saltos de alegría, se pasaban el soldadito uno al otro:
-¡Menuda casualidad! ¡Va le daba por perdido!
- ¡Pues... no te digo nada! ¡Lo que habrá sufrido el pobrecillo! - se enterneció ella.
El soldado lisiado quería llorar de alegría, ¡se sentía tan eufórico al tener delante a la bailarina! Creía que nunca más volvería a verla.
"¡Bienvenido, soldadito! - quería decirle ella -. ¡Si supieras cuánto te he echado de menos! Ya nunca podré vivir sin ti. Además, éste muñeco feo me ha dado la lata todo el tiempo".
El envidioso rival miraba al soldadito con veneno en las pupilas, como queriendo matarle. Pero no se atrevía a injuriarlo, ahora que todos los juguetes celebraban su regreso. De todas maneras, se hacía entender por él a base de gestos y muecas.
"No te hagas ilusiones, que la bailarina será para mí. Eres un inválido, y le destruiré con mi poder".
Confortado por las dulces miradas de su amada, el soldadito le volvió la espalda, y formó con sus compañeros antes de la siguiente batalla.
Era frecuente que los dos hermanos se peleasen. El era muy dominante, y ella no siempre se dejaba manejar. Por eso, aquella misma tarde estallo la trifulca:
- ¡Eres una tonta! ¡Nunca quieres jugar a nada!
- ¡Tú, juega con tus juguetes, y déjame tranquila!
- ¡Boba, pequeñaja!
- ¡Más bobo y mandón que tú no hay otro!
Los ánimos se fueron encendiendo, y de las palabras pasaron a la acción. Irritado por las palabras y gestos de su hermana, el niño cogió lo que tenía más a mano, el soldadito cojo- y lo arrojó contra su cabeza. Ella esquivó el proyectil, y salió del cuarto dando un portazo.
- ¡Se lo voy a decir a mamá, y verás qué zurra!
Arrepentido de su agresión, el niño no quiso dar su brazo a torcer y, acorazado en su orgullo, inició la búsqueda del soldadito, a la espera de la justa reprimenda.
No lo encontraba; ¿dónde podía estar? Sus ojos vagaron de acá para allá, al azar, y, repentinamente, se posaron en el fuego de la chimenea. ¡Allí, entre las llamas, se derretía nuestro héroe!
Intentó cogerlo, sin éxito. Luego, pendiente como estaba de la llegada de su madre, fingió estudiar Matemáticas, mientras pensaba:
“¡Bah, que se queme! Al fin y al cabo, de bien poco valía. Ni siquiera sabía desfilar".
Abrasado y dolorido, el soldadito dedicó sus' últimos pensamientos a la bailarina, quien, desde las cercanías de su palacio, contemplaba horrorizada el drama:
"¡Oh, no, Dios mío! ¡Se va a morir, y yo no puedo evitarlo! La vida sin él será un martirio para mí. Mejor sería que nos fuésemos juntos".
La bailarina llamó al genio protector de los juguetes, y éste decidió complacerla. A pesar de estar cerrada la ventana y no haber viento en ese instante, una brusca ráfaga abrió sus hojas y azotó la habitación. En grácil vuelo de amor, la bailarina dejó su palacio para caer entre las llamas, junto al pobre soldadito, fundiéndose para siempre con él.
Cuando, a la mañana siguiente, la chacha Luisa se puso a limpiar el cuarto de los juguetes, observó algo extraño en los rescoldos de la chimenea:
"Esa estrellita... juraría que era de la bailarina de papel. Pero ¿qué hace ahí? ¡Oh, y su dueña no aparece! Algo malo habrán hecho los niños con ella. Puede, incluso, que la hayan tirado al fuego".
El muñeco de resorte, aún fuera de su caja, contemplaba ensimismado las huellas de aquel amor, acosado tal vez por sus remordimientos. La bailarina había preferido al otro, incluso muerto.
También los niños repararon, conmovidos, en aquel montoncito de plomo derretido y en la estrella resplandeciente que lo coronaba. Ahora comprendieron lo sucedido, que el amor y las buenas obras perduran más allá de la muerte. Porque ellos -el soldadito y la bailarina- seguían vivos para siempre en sus recuerdos.
Andersen, Hans Christian

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