EL HOMBRE FELIZ

EL HOMBRE FELIZ
Hubo una vez un Rey, poderoso y estimado por sus súbditos, que contrajo una misteriosa enfermedad.
Junto a su lecho se dieron cita eminentes doctores y sabios, pero ninguno supo hallar la causa de su mal.
- i Oh, qué desgraciado soy! - se quejaba el Monarca -. Poseo riquezas, abundan los placeres al alcance de mi mano, pero no hay quien me cure. Su hijo, el Príncipe, al escuchar tales lamentos, sufría amargamente sin cesar la presencia de nuevos médicos. Pero sus esfuerzos no daban resultado, y la dolencia del Sobernano se agravaba día tras día.
- No os preocupéis, padre mío - quiso animarle el Príncipe-. Aún quedan buenos doctores a los que recurrir, y es probable que alguno de ellos sepa aliviar vuestra enfermedad.
- Me agradan tus palabras, hijo, por la buena intención que encierran, mas dudo que exista alguno capaz de sanarme.
- De todas formas, hay que seguir probando - se obstinó el joven-. Nada cuesta hacerla.
- Sí que cuesta, hijo. Cada nuevo desengaño quebranta mis fuerzas y aumenta tu inquietud - dijo él enfermo suspirando tristemente.
- Aun así, removeré cielo y tierra hasta dar con el remedio que necesitáis. Acudieron otros galenos a ver al Rey, sin que el panorama cambiase. Por último, fue citado a palacio el médico más insigne del país, apartado del caso hasta entonces por sus ideas políticas.
- Curad a mi padre, os lo suplico - imploró el Príncipe nada más verle.
- Pondré toda mi ciencia a su servicio - aseguró el doctor. Durante un buen rato, el Monarca fue sometido a un minucioso examen.
-¿Y bien? -interrogó el Príncipe.
- Lamento deciros que no he encontrado el menor síntoma de enfermedad - repuso el doctor.
- Es el cuento de siempre! - estalló el Príncipe, furioso-. ¡Nadie encuentra nada, mas la dolencia está ahí! ¿Qué clase de ciencia es la vuestra?
- Cálmate, hijo - intercedió el rey, con voz débil. Antes de retirarse, el galeno tuvo que oír más imprecaciones del Príncipe. De alguna manera, pagaba también los platos rotos por sus compañeros.
Un paje se inclinó ante el Príncipe cuando éste salía de aposentos, trastornado aún por la ira.
- ¡Quítate de en medio! -le gritó, sin miramientos.
- Señor, necesito hablaras de la enfermedad de vuestro padre -susurró mansamente el paje. Al escucharle el joven, se puso a la expectativa.
- ¡Dime! - ordenó.
- Conozco a alguien que puede curarle.
Se trata de un mago que puede ver más allá de las apariencias...
- No me gusta la magia, desconfío de ella - objetó el Príncipe, vacilante.
- Ese mago dedica su sabiduría al bien, y nunca se equivoca - porfió el paje, con tono persuasivo.
- No sé qué decirte... En honor a la verdad, ya lo he probado todo, excepto la magia que me propones...
¡Está bien!, llama a ese mago, Y ¡ay de ti como resulte ser un embaucador!
El paje saltó a un caballo y galopó sin parar hasta llegar a la cueva del mago. Ese mismo día, estaba de regreso en palacio, acompañado de aquél.
La penetrante mirada del mago se-posó en el Rey, más doliente y afligido que nunca: todos los presentes aguardaban extrañas manipulaciones, ritos o palabras, pero nada de eso hubo. Simplemente, observó al enfermo, inmóvil y en completo silencio. Al cabo de mucho tiempo, decidió hablar:
- La enfermedad del Rey no reside en su cuerpo.
-¿Dónde, entonces? -le espetó el Príncipe.
-En su alma.
-No puedo entenderos -denegó el Príncipe.
- Os lo diré con otras palabras: vuestro padre se muere de infelicidad.
- ¿Infeliz mi padre? ¡Desvariáis! - exclamó el joven, boquiabierto-. ¡Es el Rey de esta nación, el hombre más poderoso del mundo! ¡Sus riquezas son incontables, se le ama y respeta en todas partes!
- Tales posesiones y dignidades no deparan la felicidad, Príncipe; antes bien, la ahuyentan - afirmó el mago, con serena actitud.
- En ese caso, ¿qué aconsejáis vos para obtener la dicha? -preguntó el joven.
- Yo he venido a aliviar los males del Rey, no a dar consejos, señor.
- De todas maneras, no me parece que vuestros métodos vayan a ser más eficaces que los de esos doctores ignorantes.
- Si opináis así, será mejor que me retire -decidió el mago. Y se dio la media vuelta.
El Rey, impresionado por las palabras del mago, intervino a tiempo:
- ¡Esperad, buen hombre! ~ ordenó. Luego, encarándose con su hijo, explicó:
- Creo que puede curarme, y no me preguntes por qué. Es una sensación, quizá un presentimiento.
-Antes dije que aliviaría vuestra dolencia, mi señor, no que fuese a curaras - puntualizó el mago.
- ¡Está bien, está bien! Con eso me conformo. - Veamos, ¿qué remedio es el vuestro? - apremió el Príncipe.
- Sólo un hombre feliz podrá reanimar a vuestro padre - dijo el mago desviando su atención del Rey para fijarla en el muchacho.
- Sí, tal vez sea eso lo que necesite - musitó el Rey mirando a lo lejos-. Un hombre feliz puede ayudarme a combatir la pena, el tedio...
- ¡Tendrás aquí enseguida no uno, sino cien hombres felices, padre! exclamó el Príncipe, repentina-mente ilusionado.
- No hay cien hombres felices en el mundo - dijo el mago, con solemne expresión.
- ¡Mis emisarios los traerán! -aseguró el joven.
- Quiera Dios que no regresen de vacío - susurró por lo bajo el mago, cuando ya nadie le oía.
Los emisarios de palacio partieron en todas direcciones, seguros de iniciar una misión muy sencilla. Con ánimo emprendedor y una sonrisa en los labios, recorrieron ciudades, pueblos, caseríos y heredades, a la búsqueda de hombres felices.
Pero la fatiga del camino, y, sobre todo, la invariable negativa de las gentes, fueron minando su confianza. Resultó que nadie estaba satisfecho de la vida; quien más quien menos tenía problemas, sufría desengaños, o arrastraba frustraciones. En resumidas cuentas: no pudieron dar con un sólo hombre feliz.
- Pero ¿qué estáis diciendo? ¡Hombres felices los hay por todas partes! - se maravilló el Príncipe, al escucharlo el informe de sus emisarios.
- Eso mismo creíamos nosotros, señor - alegó el responsable de todos ellos.
-¡Asombroso! ¡Inaudito! -voceó el Príncipe, yendo y viniendo con las manos a la espalda -. Lo más seguro es que hayan mentido...
- Los hombres dichosos no mienten, señor - recordó el jefe de los emisarios.
- ¿Por qué iban a hacerla? -admitió el Príncipe. “No hay cien hombre felices en el mundo". Las palabras del mago retumbaron en su mente. ¿Cómo decir a su padre, el Rey, que desechara toda esperanza de curación?
Despachó emisarios de refresco hacia los cuatro puntos cardinales.
- Ofreced una bolsa de oro a cada hombre feliz que halléis -les dijo el Príncipe.
Regresaron como partieron, sin nadie que presentar al Rey. Algunos truhanes pensaron si convenía hacerse pasar por hombres felices, pero el miedo a ser de cubiertos se impuso a la atracción del oro.
El Príncipe pidió el mejor caballo de su cuadra y salió solo. Quería mitigar su desesperación con el piar de las aves y el profundo silencio del bosque.
Galopó al azar durante mucho tiempo, abstraído por completo en pensamientos. Pasado el mediodía, se detuvo junto a un río para apagar la sed. No quiso probar las viandas que llevaba en las alforjas.
Al inclinarse sobre las aguas para beber, observó la imagen de un leñador que se reflejaba en ellas. Estaba encaramado a unas rocas de la orilla, y sonreía.
El Príncipe alzó la cabeza y se volvió hacia él. Un repentino interés brillaba en sus pupilas. ¿Acaso no era esa la sonrisa de un hombre feliz?
Examinó al leñador. Era fuerte y de mediana edad; su piel parecía curtida por la brisa; a la legua se veía que era pobre, pues tan sólo un jubón y unos calzones de pana, sujetos por una cuerda a la cintura, cubrían su cuerpo.
Miraba con inocencia, claros los ojos, limpio el corazón. Y mantenía su sonrisa, reflejo de una conciencia en paz.
- ¿Eres feliz, leñador? -le preguntó el Príncipe.
- ¿Cómo decís, señor?
- ¡Que si eres feliz!
- ¡Naturalmente! ¿Por qué no habría de serio? Tengo cuanto necesito para vivir contento: una mujer deliciosa, un trabajo que nunca escasea, una choza resistente, pan y vino en la mesa, frutos de los árboles este río tan hermoso... ¡Sí, soy un hombre feliz!
- Te conformas con muy poco, leñador -contestó el Príncipe, despectivo-. ¿Sabes? Hay grandes maravillas lejos de este bosque, cosas que te asombrarían.
- ¿Dan más felicidad que esto?
- Pues... no - confesó el joven, desconcertado.
-Entonces, ¿para qué las quiero?
No obtuvo respuesta. El Príncipe quedó impresionado por su veracidad. Al verlo así, dijo el leñador:
- Ven a mi cabaña. Es hora de comer, y...
- Te lo agradezco, buen hombre, pero he de volver a mi palacio enseguida. Toma esta bolsa de oro.
El leñador hubo de aceptarla, ignorante del bien que había hecho con unas sencillas palabras. A uña de caballo, regresó el Príncipe junto a su padre.
- ¡Qué gran lección nos da ese hombre! Es feliz lejos de toda riqueza, del poder y de la gloria.
- Sí, padre. Pero ¿qué hacéis? - preguntó, al ver que el Monarca intentaba levantarse.
- Lo que tanto necesito y tanto deseas: empezar a comportarme como un verdadero Rey -dijo éste.
- ¡Dejadme que os ayude!
- Ya no es necesario, hijo mío. Desde ahora pensaré un poco más en mis vasallos, y repartiré entre ellos dos tercios de mi fortuna. ¿Está conforme?
El Rey, según costumbre, yacía en su lecho apagado y doliente. Puso reparos a la charla de su hijo, pero, a medida que escuchaba, se fue animando. Cuando el Príncipe terminó su relato, comentó:
- Lo estoy -afirmó el Príncipe, con el rostro iluminado por la misma alegría que hacía revivir al Monarca.
- Hemos de remediar la miseria y el abandono que tanta gente padece en nuestro Reino - sentenció el Soberano, ya camino de sus obligaciones.
Desde ese día, todo cambió en palacio, y también puertas afuera. El Rey olvidó sus achaques y lamentaciones. Ganado por un nuevo sentido de la justicia, esparció bienestar y alegría por sus dominios.
Cuando quiso darse cuenta, se parecía a aquel hombre feliz.
Anónimo

1 comentarios:

Anónimo dijo...

ams estubo bueno el cuento..

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