EL ORIGEN DEL AJEDREZ - Fragmento de "El Hombre que Calculaba" Malba Tahan


EL ORIGEN DEL AJEDREZ

La guerra, con su cortejo falta de calamidades, amargó la existencia del rey Ladava. Entre los muertos, con el pecho atravesado por una flecha, quedó en el campo de combate su joven hijo, el príncipe Adjamir.

El rey no podía olvidar las peripecias de la batalla en que murió Adjamir. El desgraciado monarca se pasaba horas y horas trazando en una gran caja de arena, las maniobras ejecutadas por sus tropas durante el asalto.

Un día, al fin el rey fue informado de que un joven brahmán – pobre y modesto – solicitaba audiencia. Llegado a la gran sala del trono, el brahmán fue interpelado, conforme a las existencias del ritual, por uno de los visires del rey, de la siguiente manera:

- ¿Quién eres? ¿de dónde vienes? ¿Qué deseas?
- Mi nombre – respondió el joven brahmán – es Lahur Sessa y procedo de la aldea de Namir. Al lugar donde vivo, llegó la noticia de que nuestro bondadoso rey pasaba sus días en medio de una profunda tristeza, amargado por la ausencia del hijo que le había sido arrebatado. Con tal motivo, convenía inventar un juego que pudiera distraerlo y abrir en su corazón las puertas de nuevas alegrías. Y ese es el humilde presente que vengo ahora a ofrecer a nuestro rey Ladava.

Lo que Sessa traía al rey Ladava era un gran tablero cuadrado dividido en sesenta y cuatros cuadros o casilla iguales. Sobre este tablero se colocaban, no arbitrariamente, repetían simétricamente las formas ingeniosas de las figuras y habían reglas curiosas para moverlas de diversas maneras.

Sessa explicó pacientemente al rey, a los visires y a los cortesanos que rodeaban al monarca, en qué consistía el juego y les explicó las reglas esenciales. Al cabo de pocas ya derrotar a sus visires en una partida impecable. Sessa intervenía respetuoso de cuando en cuando, para aclarar una duda o sugerir un nuevo plan de ataque o de defensa.

- Obsercad – dijo el inteligente brahmán – que para obtener la victoria resulta indispensable el sacrificio de este visir… E indicó precisamente la pieza que el rey Ladava había estado defendiendo o preservando con mayor empeño a lo largo de la partida.

El juicioso Sessa demostraba así, que el sacrificio de un príncipe viene a veces impuesto por la fatalidad, para que él resulten la paz y la libertad de un pueblo. Al oír tales palabras, el rey Ladava, sin ocultad el entusiasmo que embargaba su espirtud, dijo:

- ¡No creo que el ingenio humano pueda producir una maravilla comparable a este juego tan interesante e instructivo! Moviendo estas piezas tan sencillas, acabo de aprender que un rey nada vale sin el auxilio y la dedicación constante de sus súbditos, y que a veces, el sacrificio de un simple peón vale tanto como la pérdida de una poderosa pieza para obtener la victoria. Y dirigiéndose al joven brahmán, le dijo:
- Quiero recompensarte, amigo mío, por este maravilloso regalo que tanto me ha servido para el alivio de mis viejas angustias. Dime, pues, qué es los que deseas, dentro de lo que yo pueda darte, a fin de demostrar cuán agradecido soy a quienes se muestran dignos de recompensa.
- ¡Poderoso señor! – replicó el joven mesuradamente ero con orgullo – No deseo más recompensa por el presente que os he traído, sólo la satisfacción de haber proporcionado un pasatiempo al señor de Taligana, a fin de que con él, alivie las horas prolongadas de la infinita melancolía. Estoy pues sobradamente recompensado, y cualquier otro premio sería excesivo.
- Me causa asombro tanto desdén y desamor a los bienes materiales, ¡oh joven! La modestia, cuando es excesiva, es como el viento que apaga la antorcha y ciega al viajero en las tinieblas de una noche interminable. Para que el hombre vencer los múltiples obstáculos que la vida le presenta, es preciso tener el espíritu preso en las raíces de una ambición que lo impulse a una meta. Exijo por tanto, que escojas sin demora una recompensa digna de tu valioso obsequio. ¿Quieres una bolsa llena de oro? ¿Quieres un arca repleta de joyas? ¿Quieres un palacio? ¡Aguardo tu respuesta y queda la promesa ligada a mi palabra!
- Rechazar vuestro ofrecimiento tras lo que acabo oír, respondió Sessa, sería menos descortesía que desobediencia. Aceptaré pues la recompensa que ofrecéis por el juego que inventé. La recompensa habrá de corresponder a vuestra generosidad. No deseo, sin embargo, ni oro, ni tierras, ni palacios. Deseo mi recompensa en granos de trigo.
- ¿Granos de trigo?, Exclamó el rey sin ocultar su sorpresa ante tan insólita petición. ¿Cómo voy a pagarte con tan insignificante moneda?
- Nada más sencillo, explicó Sessa. Me daréis un grano de trigo por la primera casilla del tablero; dos por la segunda; cuatro por la tercera: ocho por la cuarta; y así; doblando sucesivamente hasta la sexagésima cuarta y última casilla del tablero. Os ruego, ¡oh rey!, de acuerdo con vuestra magnánima oferta, que autoricéis el pago en granos de trigo tal como he indicado…
No sólo el rey, sino también los visires, los brahmanes, todos los presentes se echaron a reír estrepitosamente al oír tan extraña petición. El desprendimiento que había dictado tal demanda, era en verdad como para causar asombro a quien menos apego tuviera a los lucros materiales de la vida.

- ¡Insensato! – exclamó el rey - ¿Dónde aprendiste tan necio desamor a la fortuna?

La recompensa que me pides es ridícula. Pero, en fin, mi palabra fue dad y voy a hacer que te hagan el inmediatamente de acuerdo con tu deseo.
Mandó el rey llamar a los algebristas más hábiles de la corte y ordenó que calcularan la porción de trigo que Sessa pretendía. Los sabios calculadores, al cabo de unas horas de profundos estudios, volvieron al salón para someter al rey el resultado completo de sus cálculos.

El rey les preguntó, interrumpido la partida que estaba jugando:
- ¿Con cuántos granos de trigo voy a poder al fin corresponder a la promesa que hice al joven Sessa?
- ¡Rey magnánimo! Declaró el más sabio de los matemáticos-. Calculamos el número de granos de trigo y obtuvimos un número cuya magnitud es inconcebible para la imaginación humana. Calculamos en seguida con el mayor rigor cuantas cifras correspondía a ese número total de granos y llegamos a la siguiente conclusión: el trigo que habrá que darle a Lahur Sessa equivale a una montaña, que teniendo por base la ciudad de Taligana se alce cien veces más alta que el Himalaya. Sembrados todos los campos de la India, no darían en dos mil siglos la cantidad de trigo que según vuestra promesa corresponde en derecho al joven Sessa.
El soberano hindú se veía por primera vez, ante la imposibilidad de cumplir la palabra dada.

Lahur Sessa – dicen las crónicas de aquel tiempo – como buen súbdito, no quiso afligir más a su soberano. Después de aclarar públicamente que olvidaba la petición que había hecho y liberaba al rey de la obligación de pago, conforme a la palabra dada, se dirigió respetuosamente al monarca y habló así:

- Meditad, ¡oh rey!, sobre la gran verdad que los brahmanes prudentes, tantas veces dicen y repiten: “Los hombres más inteligentes se obcecan a veces no sólo ante apariencias engañosas de los números, sino también con la falsa modestia de los ambiciosos. Infeliz aquel que toma sobre sus hombros el compromiso de una deuda cuya magnitud no puede valorar con la tabla de cálculo se su propia inteligencia. ¡Más inteligente es quien mucho alaba y poco promete!”
- “¡Menos aprendemos con la ciencia vana de los brahmanes que con la experiencia directa de la vida y de sus lecciones constantes, tanta veces desdeñadas! El hombre que más vive, más sujeto está las inquietudes morales, aunque no las quiera. Se encontrará ahora triste, luego alegre; hoy fervoroso, mañana tibio, ora activo, ora perezoso; la compostura alternará con la liviandad. Sólo el verdadero sabio instruido en las reglas espirituales se eleva por encima de esas vicisitudes y por encima de todas las alternativas”.

Estas inesperadas y tan sabias palabras penetraron profundamente en el espíritu del rey. Olvidando la montaña de trigo que sin querer había prometido al joven brahmán, le nombró primer visir.

Y Lahur Sessa, distrayendo al rey con ingeniosas partidas de ajedrez y orientándolo con sabios y prudentes consejos, prestó los más señalados beneficios al pueblo y al país, para mayor seguridad del trono y mayor gloria de su partida.

Fragmento de “El hombre que calculaba” de Malba Tahan

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