¡NO SE OYE, PADRE! – VALOR DE LA HONESTIDAD



¡NO SE OYE, PADRE! – VALOR DE LA HONESTIDAD

Pedro era un niño que vivía en un pueblo de los Andes. Su madre tenía muchas bocas que alimentar. Por eso lo llevó donde el padre Sebastián, para que le sirviera de monaguillo.

Las relaciones entre el padre Sebastián y Pedro fueron muy buenas desde el principio. Pero ocurrió, como en todas partes, que aun los curas sufren tentaciones.

Era un día en que Pedro había recibido de su madre, como regalo de cumpleaños, una bolsa llena de tostadas y dos ricos quesos. El niño, después de invitar al padre, guardó el resto en su cuarto.
Pero el gusto del queso y de las tostadas se quedó en la boca del padre Sebastián, quien no pudo resistir las ganas de seguir comiendo. Entonces, sin que el niño viera, cogió un pedazo de queso y un puñado de tostadas.
Pero la noche, cuando el niño abrió su bolsa, se dio cuenta de que faltaba la mitad de un queso y algo de tostadas. Se puso a pensar quien habría sido. Y por más que daba vueltas al asunto, no encontraba otro culpable que el padre Sebastián.
Y como Pedro era un buen chico, decidió confesarle al día siguiente de los malos pensamientos que había tenido. Muy temeroso, le dijo al cura:
- Padre Sebastián, he tenido un mal pensamiento. He pensado que usted se ha robado mi queso y mis tostadas.
El cura no contestó. Y cuando el niño le repitió la confesión, poniéndose rojo de vergüenza, el cura le dijo:
- No se oye, Pedro, No se oye.
Y dio como penitencia un padrenuestro.
Pedro se quedó muy indignado. Ahora no tenía duda de que había sido el padre Sebastián. De pronto, le vino una idea. Él también podía robarle al cura unos confites de su dormitorio. El padre Sebastián salió a dar una misa en un pueblo vecino. Cuando el padre se fue, Pedro saboreó a su gusto los confites. Lo hizo ese día y otros más.
Días después, el padre Sebastián le dijo que se acercara al confesionario porque el domingo tenía que comulgar. Ya frente a frente, separados por la rejilla del confesionario, Pedro oyó decir al padre:
- Pedrito, ¿no has visto quien entra a mi cuarto a robarme mis confites?
El niño no contestó. Con una chispa de astucia, recordando la respuesta que le había dado el cura, contestó:
- ¡No se oye, padre!
El cura se quedó mudo y sorprendido. Se sonrió y despachó al muchacho. Cuando volvieron a encontrarse, había una pícara mirada en los ojos de ambos. Y nunca más se volvieron a robar.

Gaby Vallejo.

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