PIOTR Y SERGEI ERAN AMIGOS - LECTURA

Piotr Y Sergei Eran Amigos


Rusia está en el este. Forma parte de la Unión Soviética, que es un inmenso país, el mayor del mundo. Al norte hace un frío helado, y al sur muchísimo calor. 

La parte occidental está en Europa, y en ella se encuentra la capital, Moscú. La parte oriental, Siberia, está en Asia. Hoy atravesar sus enormes distancias de norte a sur o de este a oeste no supone ningún problema: se coge un avión. Pero, cuando Piotr era niño, las cosas eran muy diferentes. Entonces se hacían los viajes a caballo. O en un carro tirado por un caballo. 

A no ser que uno fuera rico porque, en ese caso, del coche tiraban tres caballos: una troica. Algunas veces se podía coger un tren. Un tren que era mucho más lento que los trenes eléctricos o diésel de ahora. Eran unos trenes muy bonitos, daba gusto verlos. Los arrastraban unas locomotoras es comunales que echaban nubes de humo blanco; piafaban, resoplaban unas locomotoras descomunales que echaban nubes de humo blanco; piafaban, resoplaban y jadeaban como si hubieran recorrido grandes distancias y aún les quedara por hacer un gran camino. Y eso se llevaba tanto tiempo que prácticamente era imposible viajar. 

Piotr vivía con su padre en un pueblecito a unas quinientas verstas al sur de Moscú. (Una versta equivale a poco más de un kilómetro). Su padre se llamaba Sergei Andreievich. Piotr tenía tres o cuatro años cuando murió su madre. Él nunca entendió realmente para qué servía una madre. Tenía a Sergei Andreievich y era más que suficiente. ¿Para qué necesitas una madre si tu padre, con las mangas remangadas ante la gran cocina de hierro, puede hacer unas tortas maravillosas? Piotr se había dado cuenta muchas veces de que, cuando sus amiguitos se hacían daño, corrían, gritando, hacia donde estaban sus madres, para que los consolaran. Pero Sergei Andreievich tenía unas manos tan colosales que se podía uno refugiar debajo de ellas como si fueran el tejado de un cobertizo de heno. ¿No podía la voz atronadora de Sergei hacerse tan suave como el susurro de un viento de verano cuando acaricia los trigales que hay detrás de la casa, si necesitas consuelo? Pero -y esto era lo más importante- Piotr tenía catorce años y, por tanto, era un hombre. Al menos eso decía su padre. 

-Piotr -le decía-, ya tienes catorce años. Eres un hombre. 

Piotr y Sergei eran amigos. Podía verse en la manera en que Piotr intentaba hacer el trabajo de su padre, en la pequeña granja que tenían. Y también, cuando Sergei quería mandar a su hijo al pueblo para hacer un recado si se daba cuenta de que el chico estaba muy cansado, aunque éste no quisiera dejar el trabajo. 

-Esta vez, ve tú -le decía-. A mí no me apetece. Podía verse los amigos que eran, cuando Piotr se quedaba en casa los sábados por la tarde para hacer compañía a su padre y trabajar un poco en la flauta de madera que estaba haciendo en vez de ir con los otros chicos a jugar al fútbol a un prado del pueblo. 

Piotr tocaba muy bien la flauta. Desde que recordaba, siempre había tocado flautas de madera, cañas huecas de saúco que su padre le cortaba. Más tarde, Piotr hizo, él mismo, flautas más grandes de diversas clases de madera y las tocaba mejor que nadie en el pueblo. Tocaba canciones populares rusas y melodías que había aprendido de buhoneros ambulantes. Sabía también imitar con la flauta el canto de diversos pájaros. Piotr estaba muy bien dotado para la música. ¡Lástima que no hubiese nadie en el pueblo que pudiera darle clase! ¿Y Sergei Andreievich? Él no había tenido tanta suerte en la vida. Su padre había sido un campesino pobre. Cuando los músculos de Sergei se hicieron tan fuertes como el acero, dejó su casa y se marchó a Moscú. Hizo diversos trabajos. Pero siempre había algo que no marchaba. Sergei era orgulloso y de temperamento pronto. Si su jefe le regañaba, la sangre se le subía a la cabeza. Se le nublaba la vista, discutía, y lo echaban. Al cabo de poco tiempo, aquel cabeza caliente no lograba encontrar trabajo. Regresó al pueblo en que había nacido y encontró la granja de sus padres totalmente abandonada. Se instaló en ella; al principio estuvo solo, pero después vivió allí con Lydia, una chica del pueblo, con la que se casó. Lydia era un ser dulce, una criatura diminuta con unos grandes ojos azules encima de unas mejillas pequeñas. Tuvieron un hijo, Piotr. El niño se parecía a su madre. Tenía los mismos ojos azules encima de unas mejillas pequeñas. Tuvieron un hijo. Piotr. El niño se parecía a su madre. tenía los mismos ojos azules, la misma constitución frágil y como Lydia, era débil y enfermizo. La madre murió tres años después, cuando el niño estuvo también a punto de morir por una enfermedad infantil. 

Sergei Andreievich contempló la escasa cosecha que estaba amontonando en el granero, miró la tumba de su mujer y a su hijo casi moribundo y pensó que su vida era un fracaso total. Pero se equivocaba. 

El pequeño Piotr se puso bien, aguantó todas las demás enfermedades de la niñez, e incluso se hizo un poco más robusto. 

Sergei trabajaba como una mula para ganar lo que necesitaba para su hijo. A veces sentía que iba a comenzar a silbar bajito como antes. Algunas veces iba a la taberna del pueblo a beber un vaso de pivo (cerveza) o de vodka, como hacía en otros tiempos. Y al fin se dio cuenta de que nunca había sido tan feliz. ¿Se debía a aquel crío flacucho que siempre estaba jugando con chismes que tocaban? ¿Era por aquel diablillo que siempre se burlaba de él, cuando perdía el buen humor porque se había dado un golpe en una uña o la cocina no tiraba? ¿Por aquel chavalín que cogía lustrosas moras, las colocaba en forma de flor en un plato y decía: "Una margarita negra que se va a comer Sergei Andreievich"? 

Sergei y su hijo Piotr eran muy amigos; y siguieron siéndolo, a pesar de que Piotr había dejado ya la escuela y se quedaba en casa ayudando a su padre en la pequeña granja.

 Anonimo

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