LA MAGIA DEL GRAN FARSANTE

LA MAGIA DEL GRAN FARSANTE 



A la mañana siguiente el Espantapájaros dijo a sus amigos: 

-Felicitadme. Voy a ver a Oz para conseguir por fin mis sesos. Cuando regrese, seré como los demás hombres. 
-Siempre me has gustado como eras -dijo sencillamente Dorotea.
-Muy amable de tu parte que te guste un Espantapájaros -respondió-. Pero seguramente tendrás mejor opinión de mí cuando escuches los espléndidos pensamientos que van a producir mis nuevos sesos -se despidió de todos ellos con voz alegre y fue al Salón del Trono, a cuya puerta llamó. 
-Entra -dijo Oz

El Espantapájaros entró y vio al hombrecillo sentado junto a la ventana, sumido en sus pensamientos. 

-He venido a por mis sesos -indicó el Espantapájaros, un poco intranquilo.
-Ah, sí. Siéntate en esa silla, por favor -replicó Oz-. Deberás excusarme si te quito la cabeza, pero me es preciso hacerlo para ponerte los sesos en su sitio. 
-Está bien, -dijo el Espantapájaros-. Puedes quitármela cuando quieras, siempre que la que repongas sea una mejor. 

Entonces el Mago le soltó la cabeza y la vació de paja. Luego entró en el cuarto trasero y tomó una medida de salvado, y lo mezcló con muchas agujas y alfileres. Sacudiendo todo esto con fuerza, llenó la parte superior de la cabeza del Espantapájaros con esa mezcla y rellenó el resto con paja para mantener lo primero en su sitio. 

Una vez que hubo fijado nuevamente la cabeza del Espantapájaros sobre su cuerpo, le dijo: 

-En lo sucesivo serás un gran hombre, porque te he dado un montón de sesos nuevos de salvado. 

El Espantapájaros quedó complacido y orgulloso al ver realizado su mayor deseo, y dándole las gracias efusivamente, volvió con sus amigos. 

Dorotea le miró con curiosidad. Su cabeza sobresalía bastante en la coronilla con el bulto de los sesos. 

-¿Cómo te sientes? -preguntó la niña. 

-Me siento sabio de veras -respondió con seriedad 

-. Cuando me acostumbre a mis sesos, lo sabré todo. 

-¿Por qué sobresalen esas agujas y alfileres en tu cabeza? -preguntó el Leñador de Hojalata. 

-Es una prueba de su agudeza -observó el León. 
-Bueno, debo ir donde está Oz a buscar mi corazón -dijo el Leñador-. 

De modo que llegó hasta el Salón del Trono y llamó a la puerta. 

-Entra -gritó Oz, y el Leñador de Hojalata entró y dijó: -He venido a por mi corazón. 
-Muy bien -respondió el hombrecillo-.  Pero tendré que hacer un agujero en tu pecho, para poder colocar tu corazón en su sitio. Espero que no te duela. 
- Oh, no -aseguró el Leñador-. No lo sentiré en absoluto. 
Oz trajo unas tijeras de hojalatero y recortó un pequeño agujero cuadrado en el costado izquierdo del Leñador de Hojalata. Luego, yendo hasta una cómoda, sacó un bonito corazón, hecho enteramente de seda y relleno de serrín. 
-¿Verdad que es una preciosidad? -preguntó. 
-¡Sí que lo es! -contestó el Leñador, complacidísimo Pero, ¿es un corazón bondadoso? 
-¡Oh, mucho! -replicó Oz. Puso el corazón en el pecho del Leñador y luego volvió a poner el trozo cuadrado de hojalata allí donde había cortado, soltándolo perfectamente. 
-Ya está -dijo-; ahora tienes un corazón del que cualquier hombre podría estar orgullo. Lamento haber tenido que hacer un remiendo en tu pecho, pero era imposible evitarlo. 
-No te preocupes por el remiendo -exclamó el feliz Leñador-. Te estoy muy agradecido, y nunca olvidaré tu bondad. 
-No hay de qué -respondió Oz

Entonces el Leñador de Hojalata volvió donde sus amigos que lo felicitaron por su buena suerte. Luego fue el León hasta el Salón del Trono y llamó a la puerta. 

-Entra -dijo Oz
-He venido a buscar mi valentía -anunció el León, entrando en la sala. 
-Muy bien -dijo el hombrecillo-. Ya te la traigo. 
Fue hasta un aparador y estirándose hasta alcanzar una repisa muy alta, bajó una botella verde y cuadrada, cuyo contenido vertió en un plato verde oro, primorosamente tallado. Colocándolo ante el León Cobarde, que lo olió como si no gustara, el Mago dijo: 
-Bebe. 
-¿Qué es? -preguntó el León. 
-Bueno -contestó Oz-, si estuviera dentro de ti, sería valentía. Tú ya sabes que la valentía -replicó está siempre dentro de uno, así que a esto no se le puede llamar valentía hasta que lo hayas tragado. Por tanto, te aconsejo beberlo lo antes posible. El León ya no dudó más, bebió hasta vaciar el plato. 
-¿Cómo te sientes ahora? -preguntó Oz
-Lleno de valentía -replicó el León, que regresó muy contento a contar a sus amigos su buena suerte. 

Al quedar solo, Oz sonrió pensando en el éxito que había tenido al dar al Espantapájaros, al Leñador de Hojalata y al León, exactamente lo que ellos pensaban que querían. "¿Cómo puedo evitar ser un farsante -se dijo-, cuando toda esa gente me obliga a hacer cosas que cualquiera sabe que no se pueden hacer? Fue fácil dejar contentos al Espantapájaros, al León y al Leñador, porque ellos imaginaron que yo podía hacerlo. Pero se necesitará más imaginación para llevar a Dorotea a Kansas, y la verdad es que no sé cómo puedo hacerlo". 

L. Frank Baum

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