LAS LÁGRIMAS DE ABI CUENTOS DE ANCASH


LAS LÁGRIMAS DE ABI

Abi era una linda niña, criada con mucho cariño y cuidado por sus padres. Al llegar a edad conveniente constituyó su hogar. Pero ella jamás pensó que el dar este paso le costaría muchos pesares y lágrimas.

Más las lágrimas de Abi, no se secaban como cualquier otra. No eran comunes, quizá porque las lloraba de alma, con dolor y sinceramente. Ellas no se escondían en el pañuelo, ni se perdían en los rincones.

Las lágrimas de Abi se convertían en piedrecillas de extrañas formas y colores e iban rodando por el mundo, sufriendo sin cesar. Padecían mucho, pues en los caminos los animales les pisaban, los carros les arrollaban, los hombres les pateaban, los chiquillos los usaban para herir pajarillos inocentes y si caían al río, el agua las tiraba de un lado a otro sin compasión. El calor las quemaba y el frío les hería sin piedad.

Estas lágrimas en su recorrido por el mundo vieron muchas cosas buenas y malas. Les gustaba sí, ser juguete de los niños pobres pues los llenaban en sus bolsillos y le abrigaban con sus pequeñas manos. Pero les apenaba mucho ser aprisionados por el duro cemento cuando por su rareza eran colocados en paredes y pisos.
Un día una lágrima de Abi, fue tirada para herir a aquel jilguerito que colgaba de un florido capulí, pero la piedrecilla pasó de largo y rompiendo el cristal de la ventana cayó sobre la cama de Baby, un niño que padecía una enfermedad congénita y no podía caminar. El niño cogió la hermosa piedrecilla con sus endebles manos y de inmediato le tomó cariño y la hizo su amuleto. A veces la sentía muy fría, otras veces vibraba y estaba caliente, parecía que tenía vida.

Pasaron los días y Baby se agravó, no podía respirar, ni ver, ni oír. Su dolor era infinito, parecía que cargaba el dolor de miles de niños que padecían como él. A tientas buscó a su amada piedrecilla, le tomó en sus manos y lloró sobre ella unas lágrimas que le quemaban las mejillas. Lloró su impotencia, sus vanas esperanzas, sus ansias no saciadas, su horrible soledad, lloró tanto sobre la piedrecilla, que ésta creyó estar en un río de sentimientos y lloraba junto con su niño.

Lloraron tanto que se acabó el llanto.

Entonces Baby sin saber porqué se sintió otro.

Vio claramente que no había estado sólo, reconoció que sus padres y hermanos le amaban y cuidaban, que lo tenía todo lo que humanamente le podían dar. De lo más profundo de su corazón nació una alegría y soltó una dulce carcajada, tan pura, tan esperanzada, tan verdadera. Baby era un niño feliz, cogió a su piedrecilla y la besó.

En ese momento todas las lágrimas de Abí, esparcidas por el mundo, se redimieron y se convirtieron unas en hermosas piedras preciosas engarzadas en joyas de oro y plata, otras en misteriosas florecillas en las orillas de los caminos, las más en colondas canicas en los bolsillos de los niños, también en pequeñas cascadas y riachuelos cristalinos. En aquel momento, Abi, oraba frente al altar mayor de la iglesia de su pueblo, le pedía a Dios que le diera fuerzas para cargar las amarguras de la vida y en ese instante se dio cuenta que el sacerdote levantaba la custodia de oro en cuyo centro refulgía como el sol, una inmensa esmeralda, tan verde como todas las esperanzas juntas. Todos los fieles exclamaron de júbilo y admiración, y el sacerdote caminó directamente hacia Abi y le hizo besar la custodia.

Abi, con ese corazón de mujer y madre, pues tenía cuatro niños amados, en lo más profundo de su ser rogó que esa lágrima suya, rezara eternamente por todos los causantes de las penas y lágrimas de las miles de Abis que sufren en la tierra. Desde ese día todo mejoró para Baby y para Abi, gracias al poder de esas misteriosas lágrimas.

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