EL DIALOGO CUENTOS DE ANCASH


EL DIALOGO

Ahora que a diestra y siniestra nos aconsejan "diálogo, diálogo y más diálogo" me puse a cavilar en lo difícil que se nos hace concentrar y mantener el dichoso diálogo. Para empezar: los padres e hijos no lo hacemos, los gobernantes y políticos no lo hacen, los vecinos tampoco, las autoridades peor. Si tratamos de dialogar salimos discutiendo, pero de boca para fuera aconsejamos a todo el mundo que lo practique.
Sin embargo hay seres que lo practican en forma realmente envidiable. Les contaré un ejemplo: el de los cuyes o conejillos de indias.
Quién no conoce y cría a lo largo de nuestra serranía a esos bellos y sabrosos animalitos, indefensos reyes del olfato. Y ustedes me dirán "que ricos con su papita y ají". Pues es cierto.

Pero, ponte un día a observarlos a la hora de sus comidas. Emprenden una charla tan amena que da gusto escuchar. El que más "habla" es el Padre, le siguen las madres, luego los jóvenes y lo hacen menos los pequeñines. Son tan educaditos esos pequeños que salvo cuando tienen hambre, jamás interrumpen a sus mayores. Así, todo el rato transcurre en amena conversación.

Cuando llegan al mundo los "bebés", los cuyes mayores le dan la bienvenida "hablando" hasta por los codos. Cuando algo los atemoriza es el padre o macho más representativo o la matrona más destacada el que tranquiliza a los demás.

Un día en que los observaba, tuve la suerte de entender su interesantísima charla y es la que sigue:

- Los niños piden su leche, Chinchu decia Cototo, el padre - ven rápido que no me gusta verlos llorar.
- Ahora voy - decía la mamá Chinchu - ¡que niños tan tragoncitos!
- Querida, quiero contarte una noticia, que por cierto me preocupaba mucho, el gallo comentó ayer que nuestros amos están por divorciarse porque la ama no puede tener hijos. ¿Te das cuenta que si se separan nos exterminarán y "calabaza, calabaza cada uno a su casa"?
- Es una pena, pero no entiendo como una hembra no pueda tener hijos, si yo los tengo aún sin desearlos y ni que decir de nuestras vecinas conejas.
- Es verdad querida Chinchu que nosotros tenemos hijos y gracias a ello vivimos atendidos como reyes, mientras nuestro amo sale a trabajar y la señora lo hace de sol a sol atendiendo la casa y los mil quehaceres.
- ¿Que podemos hacer por nuestros amos? dijeron todos los cuyes.
- Yo sé, yo sé (Wíshík, wishik) - dijo una inquieta mozuela.
- ¡Cómo! ¡Dilo cómo! - gritaron los cuyes.
- Ya, ya. Un día escuché a don Tibu, el gran perro guardián, comentar que en sus largas correrías había escuchado a un sabio borrico, comentar que la esterilidad se cura y que gracias a esto su señora había tenido un hermoso borriquito.
- Pero cómo, dilo de una vez gritaron en coro.
- Dios Mío, que apuro. Bien. Dicen que muy lejos por la Cordillera Blanca, hay una laguna cristalina que se llama AUQUISCOCHA (laguna vieja) y que allí mora el espíritu de un sabio viejo indio que con sus misteriosas yerbas cura todos los males, especialmente la esterilidad. Sólo exige una condición y es que tanto el Amo como la Ama deseen fervientemente tener un niño. Eso es todo.
- Ahora, cómo avisamos a nuestra ama - dijo Cototo, muy preocupado.
- Yo sé como hacerla, dejen todo en mis manos, pues aunque no hablamos el mismo idioma, entre hembras nos entendemos - dijo Chinchu.
Pasaron los días y meses. Los cuyes vivían en continua zozobra incluso temían por sus vidas. Pero, un día, justo al año de la charla de Chinchu con su ama, la casa se inundó con el dulce y esperado llanto de un niño. Todos los habitantes de ese hogar vibraron de alegría y vivieron una fiesta, pero contrariamente a las fiestas de nuestra sierra se celebraron sin el consabido sacrificio de los cuyes. En aquella casa se abolió esa costumbre y los cuyes resultaron siendo mimadas mascotas.

La noticia cundió en la comarca. Los amos de la casona ¡tenían un bebé, eso era un milagro!.

Desde ese día los cuyes vivieron felices y no han perdido la hermosa costumbre de dialogar.

Hagamos pues todo lo posible por imitarlos.

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