EL ORIGEN DE LA LLUVIA - CUENTOS DE ANCASH


EL ORIGEN DE LA LLUVIA

El Sapientísimo Rey reunió a sus cuatro hijos: el Fuego, el Agua, el Aire y la Tierra, les dio muchos consejos y les asignó una misión, luego se ausentó a recorrer el gran universo, donde le reclamaban asuntos de suma urgencia. Durante un tiempo los cuatro hermanos vivieron en armonía respetando el mandato paterno.
Mas, como nada bueno ha sido durable aún, desde los primeros tiempos, surgieron las desavenencias. Cada uno creía ser el mejor y con esa disputa sembraban a diario el caos y la desdicha. Pero los seres vivientes usuarios de aquel universo sabían que ninguno tenía la razón por separado y sufrían a diario el fruto amargo de la discordia.

Los más perjudicados eran los árboles que eran derribados, quemados y los diezmaban.
Un mal día fue tan grande la disputa que el Aire se enfureció de tal manera que sopló y resopló y las aguas se desbordaron de sus cauces y enloquecidas arrasaron la Tierra y apagaron el Fuego. No quedó ser viviente en pie.
Todo era desolación.

Entonces hizo su aparición el Rey Omnipotente y contempló con incredulidad y tristeza la desgracia ocurrida y con su bondad infinita e inagotable sabiduría reunió a sus tres hijos y los desterró a galaxias lejanas y sólo dejó a la Tierra, su hija más amada.

El caos reinaba por doquier y aún el mismo Creador sentíase abatido y acompañábale el más triste silencio. Se sentó sobre los escombros pensando en la nueva vida que crearía sobre nuestro planeta. En eso sintió que algo mullido caía incesantemente a sus pies.

¡No podía Creerlo! [Aún entre tanta desgracia esas pobres hojas habían sobrevivido levantó los ojos y vio surcar el espacio miles y millones de hojas de toda clase de árboles que vagaban azoradas. Las contempló con ternura y renació en él, el poder de la vida y la fuerza de la organización.

Lleno de compasión convirtió a esas millones de hojas vagabundas en cristalinas gotas de lluvia, que bajaban por los aires danzando alegremente un nuevo canto de amor y esperanza y besaban la Tierra con un murmullo de oraciones que pronto dio sus frutos. La tierra se cubrió de verdor, flores y frutos como jamás los había existido.

El Sapientísimo Rey contempló su obra complacido y para completar la dicha de la naturaleza, cogió manojos de flores de distintos colores y los arrojó por los aires convirtiéndolas en avecillas que poblaron el Paraíso de plumajes y trinos bellísimos y su mano divina surcó la  Tierra de mansos riachuelos y miles de animales. Y como corolario a esa obra creó al hombre, lo hizo de la tierra y le infundió el poder del fuego, la velocidad del viento, la bondad del agua; es decir hizo al hombre hijo suyo, con todos sus atributos.

Cada otoño las hojas suben a los cielos llevados por el viento para caer en el invierno como gotas de lluvia, trayéndonos el pan de cada día.

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