CUENTOS SOBRE EL DÍA MÁS LARGO DEL MUNDO


EL DÍA MÁS LARGO DEL MUNDO

¡Ocurren cosas! Dicen que un día el sol se equivocó de hora, se levanto a las doce de la noche creyendo que ya era la madrugada. ¡Uf! La gente se levantó a las tres, porque con el sol en las narices nadie puede quedarse en la cama. Los animales de los establos fastidiaban para salir de los corrales.

Oiga usted, ¡cómo duró el día!

¡Cómo duró la mañana!, ¡cómo duró la noche! Hubo tiempo para todo. Para regar los campos, recoger las frutas, para sembrar, para llevare al mercado las verduras, para pescar, para nadar, para hacer el pan, para ir a la escuela.

Los relojeros y hoteleros estaban turulatos, no sabían qué hacer con sus relojes y sus platos, caminaban de aquí para allá, daban vueltas y revueltas sin saber qué hacer.

El sol brillaba, requetebrillaba como nunca, parecía que se reía de los apuros de la gente.

Todos desayunaron una y otra vez, limpiaron sus casas dos veces, cocinaron tres, almorzaron, cuatro, salieron de paseo, prepararon otra vez la comida, lavaron los platos, y recién eran las dos de la tarde cuando realmente eran las once de la noche.

Las abuelitas se caían de sueño en las mecederos, de pie, o apoyadas en sus bastones, o cuando estaban hablando.

Los niños se quedaban dormidos en las calles, en los jardines, bajando las escaleras, comiendo, cantando, saltando.

Las cocineras moviendo la sopa, haciendo el arroz, pelando los patos, preparando las tallarines. Se sentía por todas partes olor a quemado.

En cambio, los papás se hacían los valientes, decían que no había ocurrido nada, que sólo se morían de hambre. Se tuvo que volver a cocinar; pero sobre la mesa servida tenían que disimular: un poquito de sueño, una cucharita de sopa y otra de cabeceo con ronquido.

Por fin llegó las once de la noche cuando ya era realmente las doce de la mañana y no quedó un solo habitante despierto, todos, toditos cayeron dormidos como soldaditos de plomo, cansados de trajinar.

A las cinco de la mañana se levantó como de costumbre el sol pero con pereza y descontento, y vio con asombro que todo el pueblo se había quedado dormido.

Entonces, recién despertó de verdad y dijo:
-¿Qué paso? ¿Qué es todo esto? ¿Qué habrán comido para quedarse dormidos?

Sólo el campanero de una parroquia que era madrugador tocaba la campana llamando a misa:

-Tanqui, tinqui, tan, tan, tan –y llegó el curita en su burro y abrió la iglesia, y el campanero seguía llenando de sonidos el ambiente:

-Tan, tan, tanqui, tin, tan.

El curita, con mucho sueño, esperó y esperó sentado, cabeceando, a que la gente llegara; y como nadie llegó, echó la bendición al pueblo, diciendo:

-Qué así sea. Tal vez yo tenía adelantado el reloj. Tal vez es mi culpa. De todas maneras: Amén, Amén.

Que así sea.

Dicen que cerró la capillita, cogió su burro y seguido de su campanero, entre sombras, salió del pueblo. Cerró su breviario y se echó a dormir sobre las ancas del burro, que lo llevó a una ciudad desconocida.

Felizmente, todo se normalizó porque comprendieron que después de un día interminable hubo un día chiquito para compensar las horas en que nadie se quiso despertar.

Fue cuando el sol recuperó las fuerzas.

Entonces, para no estar en este conflicto de días largos seguidos de días cortos, colocaron un gallo en el tejado para despertar al sol a la hora exacta, diciendo:

-Nada de días largos ni de días chicos. ¿Qué en este pueblo los días sean todos iguales.

Desde entonces no ha vuelto a suceder otra equivocación, porque el gallo, aunque nadie entienda, cuando dice quiquiriquí, canta a la misma hora todos los días despertando primero al sol, y el sol alumbrando fuerte nos saca a toditos de la cama.


Rosa Cerna Guardia.

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