CUENTOS DE ANCASH EL EUCALIPTO CUENTOS SOBRE EL EUCALIPTO


CUENTOS DE ANCASH EL EUCALIPTO CUENTOS SOBRE EL EUCALIPTO

Rememorando muchas escenas de mi vida, recuerdo cuando era muy pequeño y estaba en un lugar con muchos otros arbolitos; de pronto un niño me tomó, viajé con él por un buen rato. Al día siguiente me buscó un lugar en la parte alta de una colina, hizo un hoyo muy profundo, me acarició y me plantó allí. Al divisar me di cuenta que no habían árboles cerca. ¡Estaba solo!
El buen chico no me abandonó, cada semana me llevaba un galón de agua y para protegerme me hizo un cerco y ese líquido preciado y el cariño con que mi dueño me cuidaba hicieron que creciera rápidamente.
Me convertí en un árbol muy grueso y alto y tenía muchísimos amigos: pastores que se cobijaban bajo mi sombra, ovejas y reses que rumiaban a mi amparo, avecilla s que se abrigaban en mis ramas y colgaban sus nidos con huevecillos multicolores, también venían las abejas a hacerle reverencia a mis flores y "robarme" un poco de polen y otros insectos que pensando hacerme daño me hacían un bien.
Mi vida ha sido muy feliz gracias a todos mis amigos ya mi bienhechor, quien tampoco me abandonaba, de vez en cuando venía y con sus rugosas manos acariciaba mi tronco, las avecillas que son grandes viajeras me contaban todo lo que veían en sus viajes: Me hablaban de inmensos trigales de doradas espigas, pampas de papales de flores perfumadas, bellos jardines de claveles multicolores, espejos de agua donde peinarse, bosques interminables, vastos mares y montañas tan altas casi hasta el cielo.
Por mi parte yo también divisaba, pues mi alta copa me lo permitía. A lo lejos muy abajo había una gran ciudad, los pajarillas me dijeron que se llamaba Huaraz, junto a ella corría un gran río, el Santa, cuyas riberas eran pobladas por amigos míos.
Los grandes nevados también me miraban con simpatía ya su tiempo la lluvia bienhechora me lavaba el polvo y me alimentaba. La neblina también jugaba conmigo, enredaba su blancura en mis verdes ramas y resbalaban cual sedosos vellones, se acostaban en mi alta copa y al irse me cubrían de rocío. Y el sol ¡oh el Sol! se divertía derramando sus rayos dorados entre mi follaje y jugaba a las escondidas con el viento que pasaba.

¡Qué hermosos días! doy gracias a Dios el haberlos vivido.
Un día me di cuenta que mis ramas se poblaban mucho más de pajarillas y pude percibir que me miraban apesadumbrados y me negaban una explicación. Pero, un valiente jilguerito rompió el silencio y me contó que muchos hombres, con estrepitosas máquinas cortaban a mis hermanos sin compasión y terminaban los bosques.

Me puse muy triste al ver también muy cerca mi fin.

Mi viejo bienhechor ya no venía, entonces ¡ya no tenía quien me protegiera!.

Pronto llegaron unos hombres: me miraron, dieron vueltas a mí alrededor, me midieron con sus brazos, trazaron líneas en el suelo, discutieron, se frotaron las manos y se fueron. Desde aquel instante mi vida fue una constante agonía.
Al poco tiempo llegaron otros hombres, traían sogas, hachas, machetes y una gran sierra. Me amarraron, tiraron de mí y empezaron a cortarme. ¡Qué dolor tan GRANDE!, pero me resistía a morir; los hombres renegaban y proferían mil disparates, en eso uno de ellos comentó que si no fuera por ayudar a mi bienhechor no hubieran subido tan lejos hasta donde yo estaba. Dijeron que mi precio podría salvarle la vida, pues alcanzaba justo para pagar su tratamiento. Ese comentario me hizo volver en mí. Recapacité que si ese anciano, me plantó, me amó, me cuidó, hoy era mi turno para cumplir con él y me dejé cortar. Me despedazaron y yo, estaba inconsciente. Algunas partes gruesas fueron al aserradero y los demás fueron a los hornos para dorar el pan para los hombres. ¡Y yo estaba vivo!
En el aserradero me convirtieron en tablas y un día alguien me compró, me llevó a un lugar e hizo de mi un ataúd y de mis restos hizo una linda cunita. En eso, alguien llegó, me miró, me tocó, y me compró. Llegué a una casa llena de gente, me asusté, me acomodaron y colocaron en mi seno un cuerpo muy frío, lo miré y ¡era mi bienhechor! había muerto, mi sacrificio había sido envano. Lleno de profundo dolor, en aquel momento me dejé morir para siempre.

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