EL ÚLTIMO PASAJERO SEBASTIAN SALAZAR BONDY


EL ÚLTIMO PASAJERO

El conductor del tranvía 413 de la línea Lima – San Miguel sabía que algunos seres desamparados eligen un vehículo nocturno para dormir, pero ignoraba que había gente tan desgraciada que carecía en su última hora de un lecho cálido en el cual expirar.

- Oye – le dijo atropelladamente el motorista que, tras refregarse las manos para procurarles calor, encendía un cigarrillo -, a este tipo le pasa algo raro.

El otro volvió soñoliento la cabeza, con un gesto que fluctuaba entre la incredulidad y la indiferencia.

- ¡Oiga! ¡Se acabó el viaje! – insistió con cierta aspereza, sacudiendo a aquel anciano que se había desplomado en el cuarto asiento de la fila izquierda.

El motorista se acercó con lentitud, curioso.

- ¿Dónde subió? – preguntó.

-En judíos . . . – le respondió su compañero tras una pausa de perplejidad.

- A lo mejor está muerto – insinuó el motorista con un desatinado dejo de humor, al tiempo que se inclinaba sobre el pasajero.

Su amigo lo miró interrogante. Luego, repuesto, afirmó :

- Bah . . . En el Paseo de la República estaba más vivo que tú.

-¿Es conocido? – repicó el motorista contemplando melancólicamente al caído.

- No... No lo he visto antes.

El otro se colocó el cigarrillo en los labios y con la mano derecha, tomándolo de la barbilla, levantó la cara del viejo.

-¡Oye! ¡Esta muerto! – exclamó con ingrato tono triunfante.

- ¡Caracho! ¡Hay que llamar a un policía! – dijo el conductor . Mira si hay alguno por ahí.

El motorista descendió de prisa del tranvía y se dirigió a un grupo de compañeros que charlaban junto a la garita.

-¿Hay un guardia por ahí? ¡En el carro hay un hombre muerto!
-gritó.

- ¿Muerto?

- ¡Estará en tranca! – comentó alguno.

El grupo se agitó. Alguien fue en busca del policía. Cuando el motorista retorno al lado del conductor, éste había acostado al cadáver en un banco de madera y le frotaba los puños.

- Puede ser un ataque – explicó - , y los masajes lo harán reaccionar.

- Debe tener como setenta años.

Reparó por primera vez en el rostro del pasajero. La tez de las mejillas, agrietadas de arrugas finas, tenía el tono amarillento de papel expuesto largo tiempo al sol. La frente y las sienes, tersas le brillaban. Los ojos se hundían en las órbitas y la nariz afilada le nacía rectamente de entre las cejas canas y desordenadas.

- Pobre . . . Venir a morir acá – fue todo lo que se le ocurrió decir.

Otros tranviarios se habían acercado.

-Echale aire – añadió un segundo - , ¡si ya no respira!

El conductor continuaba frotando los puños del viejo, pero ya no pensaba sino en la muerte. Recordaba a su padre que había fallecido de cáncer en el Hospital Dos de Mayo cuando él apenas tenía quince años. Las facciones del viejo no se parecían en nada a la del rostro paterno, pero descubría ahora que todos los cadáveres eran semejantes: la misma expresión vacía, silente, impasible, los emparentaba, les daba un aire de familia. “Cara de bueno”, pensó. “Todos tienen cara de bueno”. Y pensó también en la miseria, y encadenando imágenes en la vertiginosa memoria evocó a su mujer y a sus tres hijos.

- Está muerto – dijo el policía con seguridad – Hay que llevarlo de todas maneras a la Asistencia Pública –Y añadió: - No está herido, ¿no?

Lo palparon. El cuerpo del anciano era reseco, los huesos pugnando dentro de una piel sementosa y crujiente.

- Le harán la autopsia – disertó uno. – Lo abrirán como a una gallina. Después, a la fosa... Es lo que hicieron con un borrachito de Chacra Colorada al que le dio un síncope en la calle.

-¿Y qué quieres? El que muere, se muere, y no sirve ya para nada – completó un inspector.

El conductor, el motorista y el policía levantaron el cadáver. Era un cuerpo leve resbaladizo. Al viejo se le cayó un zapato. Uno lo tomó del suelo y lo repuso en el pié flácido que se balanceaba como un péndulo inerte.

Lo primero que hizo el conductor cuando estuvo libre, efectuados los trámites y prestadas las declaraciones de rigor, fue a tomarse un pisco doble en el primer cafetín que encontró abierto a esas horas de la madrugada. El incidente lo había entristecido.
Lo deprimía aquello de la “cara de bueno”, esa tontería y otras ideas que e había desatado en su pensamiento. El alcohol lo entonó un poco. “A mí, por lo menos – se dijo – me llorarán mis chicos”. Y más tranquilo ya, se fue a dormir entre los suyos.

Sebastián Salazar Bondy
(Peruano)

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1 comentario:

  1. recuerdo haber leido este relato en un libro llamado LECTURAS BREVESY ME PARECIO UN CUENTO HERMOSO..QUIEN EN ESTA VIDA NO SE SINTIO COMO EL CONDUCTOR DEL TRANVIA?

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