AGUA MANSA COMPLETO DE RICARDO PALMA


AGUA MANSA COMPLETO DE RICARDO PALMA

El teniente Mantilla, del “Húsares de Junín”, habíase portado como un bravo en la guerra de Colombia y después en la de Perú. Era un llanero de las pampas de Venezuela, gran jinete y lanza certera. Nadie lo vio jugar en guarnición ni en campaña, y sus amigos se burlaban de él porque hacía ascos al aguardiente. Tan solo las hijas de Eva lo hacían pecar de vez en cuando, y eso al vuelo, que no era el teniente hombre de echar raíces en ningún jardín ni de poner casa con azulejos a ninguna moza.
Era lo que se llama un oficial cuartelero, respetuoso con los superiores, cumplidor de su deber, y tenía la ordenanza en la punta de la uña. Dotado de un carácter servical y benévolo, bautizáronlo sus compañeros, de quienes era muy querido, con el apodo de “Agua mansa”.
Su bravura la empleaba sólo en el campo de batalla; pero pasado el fragor de ésta, volvía a ser un buen muchacho, sin gota de hiel, y listo siempre para hacer un favor a un camarada.
Tal es el retrato que de él me hizo en comandante Gatiesa, que fue alférez de su escuadrón.
Ahora voy a contar a ustedes el cómo, de la mañana a la noche, se convirtió el agua mansa en agua brava.

II

A principios de 1826, cuando la Independencia del Perú era hecho consumado, pues apenas si quedaba en todo el territorio sombra de realistas en armas, creyó el gobierno oportuno practicar arreglos en el personal del ejército, arreglos que, por lo pronto, dejaron sin colocación a una docena de oficiales.


El teniente Mantilla fue uno de los desventurados a quienes, por falta de padrinos la cesantía partió de medio a medio.
Paso varios meses en Lima comiéndose los costos y esperando la bienaventuranza: es decir, que el Gobierno lo destinase en filas, que para oficinista no tenía vocación ni aptitudes de llanero.

Una mañana apuróle la gazuza, se abotonó el raído uniforme, y paso a paso fue a estacionarse de plantón en la puerta del Ministerio de Guerra.

Era a la sazón ministro del ramo el general Tomás Heres, antiguo capitán de Numancia y favorito de Bolívar, hombre de talento, audaz para la intriga, sereno para el combate y en ocasiones, áspero de genio.

Aquella mañana traía el señor ministro los nervios sublevados, cuando le salió al encuentro Mantilla, y cuadrándose militarmente le dijo:

-Dios guarde a usía, mi general.

-¿Qué dice el teniente?

Señor, el teniente dice que no puede aguantar más miseria, que quiere volverse a Colombia, y ruega a usía que, como paisano y jefe, lo atienda y socorra mandándole dar las cuatro pagas que se le deben, para con ese dinerillo y la superior licencia aviarse y no parar su tierra.

- No hay plata –contestó con sequedad el ministro.

-¿Y cómo vivo, mi general? ¿Del aire? – repitió Mantilla como interrogándose a sí mismo.

-Sí, señor; del aire... o échese usted a robar.
-¿Hablo latín? – repuso amoscado su señoría- Sí señor: métase a ladrón, que es un oficio como otro cualquiera.

- Sí ¿eh? Pues con su permiso, mi general.

Y el teniente Mantilla se llevó la mano a la gorra, saludó militarmente, y se marchó a su posada.

III

Tres días después celebrábase en Lurín la fiesta de San Miguel, fiesta que duraba una semana, que era romería para los limeños, y en la que había corridas de toros, lidia de gallos, ancho jolgorio y “timbirimba” en grande. Hasta las ratas creo q emigraban de la capital.

El General Heres, que no se si era jugador de ocasión o vicioso, estuvo en una de las “bancas”, y fuele tan halagüeña la suerte la suerte, que onza tras onza encerró sesenta peluconas en la maleta, colocó ésta en la grupa del caballo, y seguid de su ayudante y un par de soldados emprendió a las seis de la tarde viaje de regreso a Lima, calculando hacer en cuatro horas, y favorecido por la claridad de la luna, las siete leguas que hay travesía.

Al pasar los viajeros por el sitio llamado la Tablada, se encontraron de improviso rodeados por un grupo de diez jinetes armados de daga y trabuco.

-¡Alto, y pie a tierra! – gritó el capataz de la cuadrilla.

Heres calculó que toda resistencia era inútil y obedeció la intimidación.

Acercósele el bandolero, y le dijo:

- Buenas noches mi general. Moléstese en pasarme la maleta.

-¡Usted, teniente Mantilla! ¡Un vencedor de Junín! ¡Usted, mi teniente!- exclamó don Tomás tartamudeando de sorpresa al reconocer al sujeto.

-Yo mismo, mi general. Usía me mandó que robase; y yo, que nunca puse peros a las órdenes del superior, he obedecido como previene la ordenanza. La subordinación antes que todo, mi general. Ahora conversemos menos, y deme la “mosca”.

No hubo circunloquio valedero, y la maleta cambió de dueño.

IV

Tal fue el primer robo en despoblado que hizo el famoso capitán de ladrones “Agua mansa”, cuya cuadrilla fue hasta 1829 el terror de los caminantes.

La afición a las “ninfas del toma y daca” lo perdió al fin. Una Dalila que habitaba un cuarto de reja en la acera fronteriza a la iglesia de Santo Tomás lo entregó inerme a la policía.

Quince días después fue fusilado Mantilla en la plaza de Santa Ana.


Ricardo Palma
(Peruano)

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