CUENTOS SOBRE COMO APRENDER UNA LECCIÓN


LECCIÓN APRENDIDA


Antonio sólo pensaba en jugar, divertirse y pasarlo bien. No podía oír hablar del colegio, ni libros, ni de maestros.
Tenía ya ocho años y apenas si sabía deletrear. Pero él no sentía la menor vergüenza. Antonio andaba lo más satisfecho, llevando a cuestas su ignorancia. Pero papá no aguantó más , y , a pesar de los lloros y pataleos del perezoso chiquillo, lo, llevó al colegio.
Al entrar en clase, por todo saludo, dice a su profesor: “Yo no quiero trabajar”.
- Bueno, bueno – le responde el maestro -, poco a poco te irá entrando las ganas.
Pero pasa la mañana, y Antonio no mira ni siquiera un libro; por la tarde, lo mismo; al día siguiente repite la función.
El profesor le promete algún regalito si se pone a trabajar: ¡Inútil! Antonio responde: “Yo no quiero trabajar”.
El asunto llega a conocimiento del señor Director, el cual hace llevar a su oficina al perezoso, recién llegado.

- ¿Qué me han dicho de ti? – le pregunta.
- Que yo no quiero trabajar.
- ¿Qué no quieres trabajar? Está muy bien, voy a darte gusto. Toma asiento, Antonio, ¡quédate ahí sin trabajar!
El chiquillo quedó satisfecho de la acogida que se le hizo y más al ver que no se le obliga a trabajar.
El señor Director trabajaba sin cesar: escribía, revisaba documentos, entraba, salía, llamaba al personal, no paraba un momento.
Así transcurrió una hora: Antonio empezaba aburrirse. El Director que lo notó, dejó caer al suelo un libro de cuentos. El niño se levantó para recogerlo; pero el Director le contuvo en el acto, diciéndole:
- No Antonio, no: no te molestes; tú no tienes que trabajar.
Y se levantó él y recogió el libro, limpiándolo con cuidado.
Pasó otra hora. Antonio se aburría grandemente. Lo notó el Director y dejó caer un lapicero que fue a pasar debajo de una mesa.
Berryer corrió a recogerlo, pero el Director lo contuvo en seguida: “No Antonio; tú no debes trabajar; quédate sentado”. Y recogió el lapicero, después de remover la mesa.
Empezó la tercera hora de clase. Antonio seguía sentado, si hacer nada. Hasta la oficina del Director llegaba al animado murmullo de todas las clases del colegio; todo el mundo trabajaba; aquello parecía colmena. Sí, una colmena con un solo zángano que era Antonio Berryer.
Pasaron breves minutos. De pronto, el Director llama a un empleado, y le habla al oído, dándole órdenes. Sale el empleado.
Momentos después aparecen en la oficina dos niños.
- Bueno días, señor Director.
- Buenos días, niños, ¿qué desean ustedes?
- Nos ha enviado el profesor para que le presentemos esta tarea.
- A ver, a ver sus trabajitos.
Examinó con interés las tareas de los niños y los felicitó por su aplicación. Ellos muy complacidos, se volvieron gozosos a sus clases.
Berryer, que no tiene nada de tonto, no puede resistir más tiempo; se levanta repentinamente, se acerca respetuoso al Director y le dice:
- “Señor Director, he comprendido la lección. Déjame volver a mi clase. Quiero trabajar”.
Berryer cumplió fielmente su palabra; fue desde ese día un alumno modelo. Llegó a ser un gran abogado y uno de los más notables oradores de su época. Fue la honra de su familia y de Francia, su patria, el astrónomo Berryer.

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