CUENTO SANGAMA RESUMEN

CUENTO SANGAMA


¡Brannn!... Cayó del techo, a mis pies, una serpiente qué, rápida, se irguió en actitud amenazadora. Ví sus chispeantes ojillos malignos y su lengua fina moverse en todas direcciones. Estaría, quién sabe, cazando ratones en el techo de la casita abandonada, en cuyo emponado hallábame tendido negligentemente, procurando dar descanso a mis miembros doloridos y ponerme a cubierto de los quemantes rayos del sol.

Un escalofrío de terror recorrió mi cuerpo. Esperaba de un momento a otro la mortal picadura si la serpiente notaba el más leve movimiento de mi parte. El instinto me hizo quedar absolutamente quieto. Esa cabecita en forma de diamante, levantada con insolente fiereza, fijó en mí las dos gotas de sangre de sus ojos con marcada desconfianza; pero al cabo de un momento que me pareció interminable, se posó en el suelo quedando al parecer tranquila. Sentí gran alivio, pues pensé que estaría alejándose, mas mí angustia se hizo mortal cuando percibí su contacto frío en uno de los tobillos. Lo peor fue que, confundiendo la abertura inferior de mi pantalón por un hueco en que pudiera guarecerse, principió a deslizarse reptando por mi pierna. Pronto me llegó al muslo, y siguió avanzando….. forzó paso hasta mi cintura y, luego, incomodada por la presión de la tela, retrocedió hasta el lugar que encontró conveniente, donde se revolvía, ora con suavidad, ora frenética, tratando de hacerse al espacio.

Posiblemente, muy pocas veces un hombre se ha visto en trance tan desesperado. Ese día, de seguro, envejecí diez años. No sé cuanto tiempo duró esa angustia agravada ante la certidumbre de que nada ni nadie, podría auxiliarme.

De rato en rato, oía distante ruido de remos que pasaban por el río; pero ¿quién habría de detenerse a visitar esa choza abandonada?

-¡Y esa víbora que se había metido entre mis pantalones, confundiéndose con un madero hueco, no tenía cuándo aquietarse!. Al menor movimiento que yo hiciera, me clavaría los colmillos inyectándome todo su veneno. Su inquietud me decía muy a las claras que la incomodidad iba irritándola cada vez más. Todo mi cuerpo temblaba interiormente a impulsos del vibrátil estremecimiento del reptil.

-¡Joven, su canoa, mal amarrada, estuvo bajándose con la corriente!
Aquél que, por extraño designio del destino, venía en mi ayuda con tanta oportunidad, hablaba desde la orilla del río. Como no le contestara, se aproximó levantando la voz:

-¡Joven!... ¿Se ha quedado dormido?
Oí el ruido de sus pasos que penetraban a la casucha, y apareció ante mí un hombre que se detuvo a mirarme asombrado. Mis ojos debieron impresionarle por la indescriptible expresión de terror y esperanza que reflejaban. Afortunadamente, el movimiento de mis pantalones le reveló mi tragedia.

-¡Estése quieto! –me dijo con acento imperioso.
Seguidamente, prendió un enorme cigarro y comenzó a envolverme en densas bocanadas de humo. La víbora se tranquilizó y, poco a poco, fue extendiéndose hasta quedar casi exánime.

Y el hombre continuó la fumigación con más fuerza, hablando durante los intervalos en que la boca le quedaba desocupada del humo que expelía.

-No tardará en quedarse muerta. Esta es la cosa más rara e inexplicable que puede acontecer en la selva. Sin duda, se trata de una víbora enloquecida. No; debe ser viejísima y ciega por la edad. ¡Confundir los pantalones de un hombre con un tronco hueco!.... ‘Inexplicable! Un momento más, quedará usted libre. Todavía le palpita la cola.
De repente dio un fuerte tirón. La víbora, sacada de golpe, fue a revolcarse a cierta distancia, con la boca blanquecina mordiendo en el vacío.

¡Ya era tiempo! Cuando me levanté, empapado en sudor frío, la cabeza me dolía terriblemente y todos los objetos, que bailaban frenéticos ante mí, tenían un pronunciado matiz rojizo. Ahí estaba la víbora revolviéndose en el emponado. Y el hombre, provisto de un palo, la remató de un certero golpe en la cabeza, mientras decía lamentándose:

-Hubiera sido más fácil vencerla con la música, pues no hay cosa que gusté más a estos bichos. Nada habría sido más sencillo que sacarla llamándola con las notas de una quena.

-Ha llegado usted a tiempo para salvarme la vida –le dije agradecido.
-La víbora tiene el color cenizo de la vejez y hasta podría asegurar que era miope –continúo calmadamente como si no hubiera escuchado mis palabras-. Milagrosamente ha vivido hasta ahora sin ser cazado por un gavilán. ¡Es un jergón! Verdaderamente, ha vuelto usted a nacer.
-Me llamo Barcas… Abel Barcas –volví a interrumpirle-. Recién en ese momento se dio cuenta el hombre de que le estaba hablando.

-Mucho gusto, joven –me contestó-. Mi nombre es …. Las gentes de por acá me llaman SANGAMA. Pero, y esto téngalo muy presente, en la selva nada vale el nombre.
Alto, musculoso, el hombre revelaba virilidad hercúlea. El semblante aguileño, de grandes pupilas oscuras, y la palabra, sentenciosa y persuasiva, denotaban al profeta o al iluminado.

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