LEYENDAS INFANTILES DE LAS OREJAS DEL CONEJO


LAS OREJAS DEL CONEJO

Cuando el Dios de los animales terminó su trabajo les preguntó a todos:
- ¿Están contentos?
Y el león le dijo:
Estoy muy contento con esta enorme melena y la garras que me diste.
- Y yo me siento muy bien con mi poderoso rugido – rugió el tigre.
- Estoy feliz con estas alas que me hacen volar hasta el sol, dijo el águila.
- Me gusta mi canto a más no poder – cantó el tordo.
- A mí el color de mis plumas – dijo el faisán.
- Yo estoy contento con mis colmillos y fuerza – dijo el elefante.
- Nada mejor que esta joroba para vivir en el desierto, que es donde pienso vivir – dijo el camello.
- A mí me alegra la rapidez de mis patas – dijo la gacela -, así no habrá tigre que me alcance.
Así siguieron todos. Bueno todos no.
El conejo, con sus largas orejas, escuchaba lo que iba diciendo cada uno de los animales, y cada vez estaba menos conforme con lo que le había tocado en suerte.
Entonces protestó:
- Mire, don Dios, usted les dio a los otros la mejores cosas. A mí me hizo chiquito, sin garras, ni melena, ni alas, ni fuerza, ni rugido. Apenas si me dio estas enormes orejas. ¿No le parece que fue injusto?
- ¿Te parece, conejo?
- Estoy seguro. Cualquiera tiene más que yo.
- Vamos a ver qué se puede hacer. Antes que nada vas a tener que cumplir tres trabajos, y después conversamos.
- Siga nomás, que comienzo.
- Quiero que me traigas una pluma del águila, un huevo de una víbora cascabel y un puñado de pelos de la melena del león.
Entonces veremos.
- Voy corriendo-gritó el conejo. Y corrió y corrió, hasta que encontró al león. El león rugía de una manera que asustaba al conejo.

Entonces se le ocurrió una idea.

- Buenas, don león – saludó amablemente-, vengo con un pedido del águila, que es una gran admiradora de su fuerza. Dice que le encantaría tener un mechón de su melena para llevarlo a volar hasta el sol.

Al león le gustó la idea de algo suyo volara hasta el sol. Se arrancó un puñado de los más hermosos pelos de la manera y se los dio al conejo.

- Y dígale que yo me muero de envidia por su vuelo tan alto.

El conejo corrió y corrió. Y subió hasta la montaña donde vivía el águila.

Cuando estuvo cerca y vio el enorme pico curvo y las poderosas garras, las patas le empezaron a temblar. 

Pero se dio ánimo pensando que él también se volvería poderoso.

- Buenas, buenas – saludó poniendo voz de tener miedo-, le traigo un mensaje del león.
- Ajá – dijo el águila mirándolo con sus enormes ojos redondos-, ¿qué mensaje?
- Aquí le manda un recuerdo. Son sus pelos.

Los arrancó de su melena que es lo que él más aprecia en éste mundo, y dice que nada lo haría más feliz que tener dos plumas se sus alas.

El águila no dudó ni un segundo. Se arrancó con el pico las dos plumas más hermosas y se las dio al conejo.

El conejo corrió y corrió con las plumas.

Bajó de la montaña y se fue a donde vivía la víbora cascabel. Aquí la cosa era más complicada, porque no es lo mismo conseguir unos pelos o un par de plumas que un huevo de víbora cascabel.

Entonces se le ocurrió una idea. Escondió en un tronco hueco un puñado de pelos del león y de una de las plumas del águila. Con los pelos restantes y con la otra pluma siguió corriendo.

Cuando llegó donde estaba la víbora saludó desde lejos, mostrando lo que traía.

- Esto es un mensaje del león y del águila dijo acercándose y dejando en el suelo los pelos y la pluma. Le mandan una señal de amistad, los mejores pelos de la melena del león y la pluma más hermosa del águila, y dicen que la están esperando por allá, al lado del árbol seco, porque tienen urgentes cosas que conversar con usted.
- ¿Qué cosas, conejo?
- No me contaron nada. Sólo me dieron esto como comprobante y me dijeron que era un secreto que sólo debían saber ustedes tres, que eran los más poderosos. Y ya hace rato que la están esperando.

Y el conejo salió corriendo para el lado opuesto del árbol seco. Pero apenas encontró unas matas que quedó esperando, mirando que hacía la víbora.

La vio acomodar su nido y partir hacia el árbol seco. El conejo miró bien que estuviese lejos, y corrió, robó de unos de los huevos del nido y desapareció más ligera que nunca.

Después fue hasta el hueco del árbol donde había guardado los pelos y la pluma, y con los tres problemas resueltos corrió a ver al Dios de animales.

- ¡Los tres trabajos terminados! – mostró con orgullo.

Y le entregó los pelos de la melena del león, la pluma del águila y el huevo de la víbora cascabel.

- ¡Ajá! – dijo el Dios de los animales.
- ¿Ahora voy tener el tamaño del león, el rugido del jaguar y la fuerza del rinoceronte?
- Ni loco – dijo el Dios de los animales -, si teniendo nada más que esas grandes orejas fuiste capaz de hacer todo esto, me parece que no te hace falta nada. Anda nomás conejo, y deja de protestar, que todo está bien así como está.

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