UNA MUJER EN SUS CALZONES - RESUMEN - TRADICIONES CUSQUEÑAS DE CLORINDA MATTO DE TURNER


UNA MUJER EN SUS CALZONES

I

Qué disparate tan grande el que nos quiere contar la revistadora de pergaminos, dirán los que vean el título de la presenta tradición; pero paciencia señores míos, y bien luego juzgareis si no tuve mis razones para escribir esto.

Entre los Corregidores que tocaron a la histórica ciudad del Cuzco en la época colonial, unos figuran por, obreros, otros por estrictos observantes de la justicia, y hasta hubo uno (El Visconde del Portillo) que sentó reales de buen mozo, pero el que en 1725 se distinguió Flor pegadizo a la descendencia de la madre Eva, fue nada menos que el muy ilustre don Francisco Arias del Saavedra, Marqués del Moscoso, joven de buen personal, decidor, dueño de abundantes pesetas, y del corazón de su muy, celosa consorte doña Juliana Macedo dama de alío tono, muy querida por el vecindario cuzqueño, y que según opinión general, era aficionada a levantar la voz al Marqués, cuando éste andaba entretenido en sus Iíviandades.
El Corregidor dio pues, en la manía de hacer frecuentes, sus excursiones conquistatorias, y como quiera que el amigo Dinero, ha sido en todo tiempo el allanador de dificultades, don Francisco corría por una senda de placeres que iban sembrando con su fortuna.

Pero, como dice el adajio vulgar, "un clavo saco otro"; la señora Corregidora se propuso, abrir las arcas conyugales, pagando doble contra sencillo a favor de los que le ayudasen a dar un sustazo al andariego de Arias.

A la llamada de la Corregidora influyeron muchos comedidos y entre ellos don Gabriel de Castilla y Lugo, Juez de naturales de la ciudad, a quien dio doña Juliana una, comisión no honrosa, pero lucrativa.

Era el caso que su señoría el Marqués estaba muy empeñado en la conquista de una jovencita llamada María, y entre familia "la venturosa", hija de don Pascual Portillo y Sánchez. Parece que la ninfa no le hizo buen gesto al Corregidor, y que éste al verse despreciado se propuso emplear todo el contingente de su autoridad para doblegar la altiva flor: llamó a don Gabriel de Castilla y Lugo, le persuadió que debía prestarle su apoyo, y se echó tras su presa favorita.

- Aquí os quiero ver Corregidor y Corregidora, a cual afloja más, se decía don Gabriel.

No cabe duda de que doña Juliana fue más pródiga porque Lugo se decidió a prestar el servicio en obsequio de ella. ¡Siempre condescendiente y amable el sexo fuerte con el débil!

El bueno de Castilla tramó una cita en avanzada hora de la noche: la Marquesa se encargó del prendimiento del Corregidor, y todo preparado no había más que esperar.

Llegó el momento, don Francisco acudió con el corazón palpitante de gratas esperanzas, y Se paseaba al pié de las ventanas de María, la venturosa, envuelto en su ancha capa, jalado el sombrero hasta el entrecejo y con paso cauteloso. Media hora llevaba dé impaciente ronda nuestro Corregidor, cuando aparecieron seis hombres con uno que los comandaba: todos ellos armados y embozados en largas capas españolas. Al verlos, don Francisca se replegó contra la pared, pero ello no le valió de nada porque apurando él pasó los encubiertos, lo rodearon y le dijeron con voz firme: ¡preso de orden del Corregidor!

Don Francisco vaciló por la primera vez de su vida y asiéndose al brazo del que parecía el Jefe: Marchemos, le dijo.

En el camino se llegó al oído de su acompañante y muy despacito le habló así: Vaya, paisano, que es graciosa la broma, pero ella no la sabrá nadie más que vos. Soy el Corregidor en persona que andaba rondando una gentil hembra que hace, tiempo me tiene desconyuntada el alma, y por fin esperé qué esta noche terminase todo. Con que, ve en paz con tu gente tomando estos doblones .para un buen refrescante, y ten cuidado que ya sabes que debes callar, y que la señora Marquesa ni lo malicie siquiera.

Diciendo esto, había llegado a la puerta del Cabildo. El hombre oyó impacible las palabras del Corregidor, y en respuesta pidió una luz. Esta no se hizo esperar, y cuando podían verse perfectamente bien, arrancó el policial el sombrero y la capa a don Francisco.

Este se sorprendió, y amostazado y colérico reprochó al que tanto atrevimiento tenía. Entonces la Corregidora, que no era otro el atrevido, sacó su antifaz y dijo a don Francisco:

- Conque señor Corregidor, que teneis descoyuntada, el alma y no osais dar un tan vil ejemplo a vuestros subordinados, sabed que es necesario corregir esta vuestra, vida disipada y no chistéis, porque sabeis bien que cuando una mujer se mete en .sus calzones, es inflexible en sus resoluciones, y yo estoy ahora en los míos. ¡Ea muchachos! haced sin demora lo que os he mandado.

Los seis comisionados hicieron que montase el Corregidor, en un brioso alazán que estaba listo y cargaron con caballo y jinete hasta el pueblecito de Paruro, donde debía sufrir don Francisco tres meses de amesto en la casa parroquial, quedando doña Juliana con cargo de reintegrar las faltas del servicio con propios que volaban unos tras de otros.

Dicen, que esta lección corrigió verdaderamente al Marqués del Moscoso, y que en adelante vivían como dos tortolitos pico a pico, el Corregidor y la Corregidora.

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