LOS SIETE CAJONES - RESUMEN - TRADICIONES CUSQUEÑAS DE CLORINDA MATTO DE TURNER


LOS SIETE CAJONES


I
Don niego Sillerigo era un hombre honrado a las derechas, es decir a la antigua, porque en estos días en que se falsea: todo, principando por el vino que se elabora no de vid de palos y acabando por la dentadura que se roba a los muertos; la honradez se ha refugiado... no sabemos dónde.

Don Diego logró reunir algunos pesos fuertes y basado en aquella máxima jesuita que dice: la fortuna tu enemigo en dinero lo veas, buscó terreno que comprar y aseguró sus trabajos en una quinta situada en, Yucay.

Antes de pasar al grano consignaremos un dato de curiosidad histórica.

El 19 de Agosto de 1678 ocurrió un desplome de toda la sierra denominada Yahuarmaqui sobre el río Urubamba causando el desvío de sus aguas que inundaron la población de Yucay dejándola arrasada. Las aguas llegaron a una altura tan considerable que de los pisonaes, cedros y lúcumos solo se distinguía media vara de su copa. La población estuvo anegada duran te doce días hasta el 30 de Agosto. Los vecinos de Urubamba emigraron a las alturas llevándose la custodia con el Santísimo Sacramento y la imagen, de la Virgen del Rosario a depositar en la quinta de Sillerigo que ofrecía seguridades por su posición.

Diz que en aquella fecha la Virgen del Rosario realizó un milagro patente en favor de los urubambinos, y que de entonces data la devoción y festejos que los creyentes conservan hasta hoy en honor de la Señora del Rosario.

II

Después de algunos años da residencia en Yucay, don Diego resolvió trasladarse a la ciudad del Cuzco realizando su preciosa quinta, una majada de cabras y dos pares de caballos que durante largos años hirieron la travesía de Yucay a Urubamba llevando a cuestas a su amo y señor. Moviólo a tan repentina mudanza una quisicosa habida con el señor cura, que, dado a abogadear, abría pleito de dimes y diretes, como dijo mi maestro, pueblo chico es un infierno abreviado, hervidero de chismes, calumnias y murmuraciones donde los malos curas llevan la palmeta.

Llegando al Cuzco nuestro buen Diego, empleó producto de quinta, cabras y caballos en la compra de siete tenduchos en forma de cajones, situados en la acera fronteriza a la Merced, y allí se abrieron quincallerías que eran el enemigo malo de las señoras en estado productivo porque despertaban antojos más grandes que el pecado mortal.

Qué haber de sedas, cintas, lamas, encajes de basquiña, avalorios para zapatitos y encarrujados para, corpiños de raso, Los tales siete cajones hicieron dualidad al comercio antiguo, y ninguna niña de las que se llamaban bien paradas se creía en sus cabales si no vestía tela de los siete cajones.
Figúrese el lector la bullanga que alcanzó Diego Sillerigo con sus trapitos cuando acabó por bautiza la calle en que vendía.

Tan simpático se hizo el comerciante entre las mejorcitas de las muchachas, que le llamaban don Dieguito, en prueba de cariño y pagaban doble las telas vistosas con que venían alucinando. Qué de cuentos y anecdotillas!

En nuestros días solo hemos visto remilgos de la laya, entre las niñas, tratándose del Tunante con motivo de la tunda que arrimó a las famosas categorías, o hablando del gobierno que.se escapó sin decir buenas noches.

III

Tanta fama y tanta nombradía, no fue ojarasca para Sillerigo corno suele ser para nosotros los cronistas. Se vio con las arcas llenas, y pesando con madurez, regresó a Madrid para gozar en la corte del fruto de su industria y de su fortuna, dejando en el Cuzco la calle nueva que hasta el presente se llama, de los siete cajones, que mejor se hubiese, cargado éstos que dándonos la plata que hartos servicios nos hubiese prestado para despedir sin venia a los ingleses y mejorar la crisis que presenta con caracteres de crónica en incurable.

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