LOBITO - ESQUIVEL BLAS, R.C.


LOBITO


I

¡Zas! despertó mi nostalgia cuando los aullidos golpearon mis tímpanos. En mis arterias aún viven las fantasías y los impulsos infantiles. Los pintores enviados por la Luna han cubierto de plata el verde lomo del bosque; la ventana abierta ingería luz y sonido que de él venían.

Las imágenes de mis travesuras aún destellan en mi memoria. Alegre, corría entre los árboles, respirando el aire puro de ese bosque aún no herido por la fría daga de la codicia. Los susurros de las hojas parecían voces de alegres criaturas que luego de llamarme se escondían tras la verdosa espesura del lugar.

- ¡Amigooosss!

Llamaba mi voz cuando un aullido repentino sorprendió a mi curiosidad.

Azotada violentamente mi alma rauda se fue a casa. ¿De qué huyes?

Preguntó papá al verme presuroso y jadeante. ¡Un animal! Dije. De seguro notó el miedo en mi rostro; puso su mano en mi hombro y sentí seguridad.
Al llegar la calma a mi corazón me dijo: "cuando era niño, con mis amigos ingresamos al bosque, había un lobo viejo que apenas podía caminar, cogimos piedras y troncos y correteamos al infeliz animal hasta que se ocultó tras un arbusto. Aún reíamos cuando un agónico aullido borró nuestras risas. Asustados, volteamos y vimos al viejo lobo devorado por sus parientes jóvenes.

- ¿Qué hicieron?
- Corrimos.
- ¿Cómo es un lobo, papá?
- Como un perro no domesticado. Es salvaje y cruel. ¿Recuerdas la cicatriz de tu abuelo?
- Sí
- Se lo hizo un lobo cuando evitó que mordiera a una niña.

Esa noche, cuando el .brazo de la Luna entraba por la ventana mi mente buscaba las diferencias entre el lobo y el perro. Tal vez ahí nació mi adicción a la naturaleza, esa necesidad de buscar la paz y ese- deseo de vivir en el silencio arrullador del alma. En el apogeo de la noche, mis párpados se rindieron ante los guerreros del sueño.
Atraído por la luz de la curiosidad salía como proyectil en busca de un blanco. Me fascinaba observar; me divertía persiguiendo mariposas y me cautivaba coleccionarlas. El año anterior a su deceso mi abuelo dijo que las mariposas nacen por metamorfosis.
- ¿Que es una meta. . . mor... fosis?
- La transformación que sufren algunos animalitos.
Como no entendí, agregó "al inicio es un gusanillo que se oculta en su capullo; luego de un tiempo sale convertida en linda mariposa. Sentado, al lado de mi abuelo entendí cosas que ni la amnesia podrá borrar. Muchas veces me deleité con sus narraciones. En un árbol cercano; años después, escribí "A la memoria de mi abuelo Jorge, por su amor a la naturaleza".

En una ocasión llevé a casa un capullo que colgaba de una ramita.
Durante horas lo miraba con la esperanza de comprobar el milagro de la naturaleza. ¡Una mariposa! ¡Una mariposa! Papá salió corriendo ¿qué sucede? -preguntó- mas al verme señalando al insecto sonrió ¡el abuelo tenía razón! -dije-. Sus ojos se humedecieron, acarició mi cabellera, me dio un paternal abrazo y dijo ''Nunca lo olvides".

Conversé con papá hasta el ocaso; tuve la sensación que el alma del abuelo nos miraba. Me contó que (mando su padre era joven salvó a dos niños atrapados en un incendio. Esa noche, antes que volviera a la ciudad me dijo "No vayas solo al bosque". Hecha la promesa me dormí; durante el sueño ella cayó por el barranco del olvido.

Tenía una colección de insectos. Sus formas y brillantes colores cautivaron mi atención; les puse nombres: manchitas, alitas, ojitos, etc.

El día que el sol lanzaba sus ardientes látigos yo corría entre los árboles y con una rama decapitaba a los imaginarios seres que impedían mi paso.

Repentinamente, la densa atmósfera de la sorpresa me detuvo. Una colmena colgaba de una rama, su miel caía por su costado, diez abejas custodiaban la melosa ciudad. Un impulso tirano y agresivo me obligó a lanzar piedras hasta que una de ellas dio certero golpe. Salió el furioso enjambre cuando un lobo pasaba bajo el árbol y con zumbido de ataque se dirigieron contra él; sus aullidos se perdían en la vegetación. Levanté mi espada y dispuesto a combatir me aleje cabalgando en el transparente caballo de mis fantasías.

Cansado, me senté en el esqueleto de un árbol viejo. Muchas veces estuve allí con mi abuelo. Miraba el baile de la fronda cuando una voz triste y débil sonó tras el follaje. Otro aullido lastimero llegó a mis oídos y, una vez más, llevado por la curiosidad di tres pasos. Tras las ramas un lobezno caminaba asustado y tembloroso alrededor de su madre; ella tenía una herida en el cuello. Cerca, dos cachorros me miraron con recelo. Me quedé quieto, se acercaron a su madre y aullaron a dúo. "Lobitos" pronuncié con pena" acerqué para acariciarlos, la hembra, que aún respiraba, intentó morderme.

- ¡Maamáaaaaa!

Mientras mi voz corría en busca de ayuda, la vida moría en la loba.

¡Joooséeee! Escuché mi nombre a la distancia mientras mi sangre huía por mis arterias. Los cachorros rodearon a su madre; uno le lamía la cara pero ella no despertaba; otro, con su hocico la empujaba mas el cuerpo no movía, el tercero, apenado, aullaba pero el cadáver no oía. Con pena me arrodillé, "lobitos" dije dos veces; uno de ellos me mostró sus caninos aún inexpertos en el arte de morder.

¡Joooséeee! Por segunda vez llamó papá mas no presté atención. Acaricié a un lobito y lo abracé. Estaba tan quieto, se veía tan manso que sus hermanos se sorprendieron. Finalmente ellos se dejaron acariciar. "Yo los cuidaré" ¡Joooséeee! Ahora papá estaba cerca; sorprendido solté a los cachorros; mi camisa estaba manchada con sangre ¡hijo! -gritó papá- y cogió un tronco para atacar. "Ven" -dijo Andrés y me hizo retroceder-. Sus ojos se sorprendieron al ver sangre en mi camisa.

- Papá, lo han mordido.
- ¡Malditos! -dijo y se dispuso a matarlos.
- ¡Mentira! Esta sangre no es mía.

Se detuvo. Los cachorros querían huir y yo quería ir con ellos pero Andrés me sujetaba.

- Vamos, su madre puede estar cerca.

Está muerta dije señalando. Mi hermano me soltó para ir con papá; había mucha sangre sobre; las hojas secas. Aproveché para acariciar a los cachorros. Algo dijo papá que no pude escuchar; se acercó y dijo "vamos".

En sus ojos brillaba "el reproche y en sus palabras saltaba el enojo. Mi alma se ocultó de vergüenza. Perdóname, cometí un error no debía hacerlo -dije- a lo que papá replicó; "El error es hijo de la inexperiencia". Cuando la calma reinaba en sus ojos le pregunté: ¿Podemos criarlos?

- No.
- ¿Por qué?
- Porque son salvajes y necesitan su libertad.

Mi deseo moría; era inútil insistir. Sería como subir a la montaña más alta y desde allí tratar de alcanzar al sol. Mi ilusión se convirtió en dos ríos que nacían en mis ojos. ''Ni lo intentes" -dijo con firmeza papá-o Guardé mis lágrimas en la copa de mis temores.

Andrés me llevaba a casa mientras el silencio sujetaba mi lengua. De pronto, una chispa de alegría evaporó mi pena; unos ojitos se ocultaban tras el follaje. En casa mamá nos esperaba. Su cabellera oscura coronaba su bello rostro; con dulce voz ordenó "deben asearse".

En el ambiente bailaba el olor a comida. Al sentarme comprendí el porqué la noche anterior hablaban del gallo colorado, su ala se veía deliciosa en mi plato y una pierna sería ingerida por Andrés. La sopa humeaba y provocaba en los platos, A la distancia unos aullidos alegraron mi corazón.
Terminado el almuerzo ayudé a limpiar la mesa. Salí con un poco de leche y caldo para los cachorros. Los días se abrazaron y formaron las semanas.
Aunque papá había advertido a mi hermano que no me descuidara nada pudo evitar el encuentro con mis lobos.

"Deja de silbar" -gritó papá desde su habitación y mamá agregó con dulzura- "descansa hijo". Guardé silencio; la fantasía inundó mis ideas. Lo temores del fin de las vacaciones huían cuando la imaginación reinaba en mis pensamientos. En la película de mis fantasías caminaba orgulloso, acompañado de mis lobos. Allí estaba Cometa, el más veloz, cuyo nombre se debía a la mancha blanca en su frente; Hurón, el lobito que huía de mis caricias y Cándido, el más dócil de ellos pues cedía con facilidad a mis indicaciones.

II

Los días, arenas del tiempo, robaron mi alegría. Una semana antes que terminen las vacaciones papá llegó alegre ¡Me repusieron en el trabajo! Entró gritando y abrazó a mamá. Al verlos descubrí lo importante que es la mujer en la vida del varón; como madre, protege y como esposa, apoya. Por aquel tiempo tenía once años. Papá había sido víctima de una injusticia laboral. Estuvo preocupado; un día lo vi llorar a escondidas.

- ¿Por qué lloras?
-Porque tengo rabia.
- ¿y por qué?
- Porque la solidaridad es un valor olvidado y la honradez un sueño que pocos quieren tener.

Aún vivos están los recuerdos de aquella época; los juegos, las risas, las carreras y los aullidos fueron sellando la amistad con mis lobos. Por eso me molestaba que justo ahora tuviera que dejarlos; ahora que Hurón se dejaba acariciar, ahora que los juegos con Cándido eran tan divertidos, ahora que felices acudían al oír mis silbidos. Ahora que éramos tan amigos, ¿separamos? ¿En qué piensas José? Papá interrumpió mis pensamientos. "En nada" contesté y volví a nadar en mis ideas. ¡Tranquilos! y se quedaban quietos. ¡Echados! y se tiraban mirando al cielo, ¡Vengan! y raudos llegaban a mí.

Terminaron las vacaciones, todo estaba listo. Nos subimos al auto y en mi desesperación silbé llamando a mis lobos. ¡Estás creciendo! Dijo papá.
Pronto escuché sus aullidos.

- Lobos -dijo mamá mientras sus ojos brillaban con temor.
- Son lobatos, cariño -dijo papá para calmarla.

Andrés estaba asombrado pues los cachorros nos seguían. "Son mis lobos" le susurré; él sonrió con ironía. Insistí mas no me creyó. Me alejé con la esperanza de volver al año siguiente. La carretera llegó a la ciudad. El trayecto fue látigo azotando mi alma. Finalmente llegamos; respiré el aire de la sala, el olor de la cocina y el de mi habitación. Ordené cuanto pude; triste y rendido me dormí.

III

El primer trabajo en la escuela consistió en narrar las vacaciones.
Escribí sobre la cabaña de mi abuelo, las abejas vengativas y mis cachorros. "Lindo cuento" dijo la maestra; con palabras protectoras me sugirió no repetir la palabra lobito. Mis amigos rieron y alguien murmuró "lobito"; así quedé bautizado por segunda vez.

Las Clases se sucedieron como el agua de una catarata. Perdido entre exámenes, trabajos, cuadernos y libros pasaron los días. Era uno de los mejores alumnos y mi apelativo pronto inundó la escuela.

Un día, llegué a casa y encontré llorando a mamá. ¿Qué pasa? Pregunté y la noticia, con la fuerza de un rayo, golpeó mi corazón; papá había sido internado de emergencia. A las dos semanas le dieron de alta. La vida familiar cambió. Sentado en su sillón me narraba historias muy divertidas.

"La vida -dijo- puede ser un bello manantial de experiencias o un infierno de tentaciones".

Finalmente terminó el año escolar. Quería volver con mis lobos. Pronto empezarían las vacaciones de papá e iríamos al bosque. Una noche durante la cena habló del viaje. Un enjambre de comentarios se escuchó en el comedor. Mamá, papá, Andrés y yo opinando, comentando y sugiriendo, hasta la empleada quiso ir.

La noche siguiente papá leía una carta en voz alta "Por la tarde tres lobos visitaban tu cabaña. A propósito, se han convertido en una plaga, hay que matarlos..." Platicó con mamá la conveniencia de ir o no a la cabaña.

Felizmente optaron por viajar debido a sus dolencias. En la sala rieron de algo que no pude escuchar. Mientras el artista de la imaginación pintaba los posibles cambios en mis lobos por un instante el pesimismo me mostró la imagen de sus cadavéricos cuerpos, tendidos sobre la sangre seca, muertos como su madre. Al rato ingresó Andrés sonriendo Con malicia.

- No viajaremos.
- Mentiroso

¿Yo? Preguntó. Él también quería ir, en especial porque allí vivía su amiga. La felicidad bailaba en mis arterias. La imaginación me llevó de visita a ese río cuyas cristalinas aguas permiten ver peces multicolores. Mi abuelo solía decir que un río con peces era agua no tocada por el hombre.

La voz de papá borró mi sueño y una extraña fuerza me bajó de la cama; ahuyenté a la pereza mientras estiraba mi cuerpo. En In cocina mamá cantaba dulcemente. Andrés miraba por la ventana mientras mi corazón latía con prisa. Dos horas después las llantas rodaban sobre el negro asfalto; mis ojos, ávidos de llegar al bosque se durmieron. Desperté cuando la aurora reinaba en el cielo. El olor de los árboles me decía que estaba cerca de la cabaña. En la puerta esperaba el señor Luis; algo le dijo a papá y rieron; se apagó sus alegrías cuando papá preguntó ¿qué era eso de la plaga?

- Hay problemas, amigo. Ayer atacaron al viejo-Miguel.

Mientras conversaban fui a continuar mi sueño, tendido en la cama oía lejanos aullidos. Las cortinas de mis ojos trajeron la oscuridad y en mi sueño apareció Cometa junto a Hurón, desesperados llamaban desde la "orilla opuesta de un caudaloso río; a mi lado Cándido con el cuerpo mojado movía su cola, me incliné para acariciarlo. "¡Andrés, José; a despertarse! Llamaba mamá cuando el alegre sol ingresaba por la ventana.

¿Escucharon? Si, respondió Andrés, antes de sorber la leche de su tasa.

Al comentar sobre los aullidos papá dijo que tenían que matar a los lobos.

Preocupado por mis lobitos eludí la vigilancia. ¿Aún se acordarán de mí? ¿Si papá tiene razón? ¿si me atacaban? Una extraña y nerviosa sensación quería asustarme. Recordé las carreras y los juegos. Empecé a silbar. En mi camino estaba la colmena que alguna vez golpeara con una piedra. Lejos escuché unos aullidos y con alegría llamé ¡Coomeeetaaaa! ¡Huurooonn!

¡Cáaandiiidooooo! Las voces se oían cerca. Llamé a mis lobatos y el sonido de un disparo se escuchó distante. Repentinamente estuve rodeado de una manada de lobos, busqué a los míos. Sus dientes blancos y mojados de furiosa saliva se alistaban a morder; sentí pánico. ¡Maaamáaaaa! Mi grito haciendo eco fue en busca de auxilio. En mi desesperación silbé, pero mis lobos no aparecían. El círculo se estrechaba. Cogí un tronco, volví a silbar y una vez más, nada. ¡Fuera! El peligro crecía, la muerte oculta tras los arbustos se frotaba las negras manos. Un lobo abría su boca para morderme cuando apareció Cometa, Hurón y Cándido y otros lobos más. Feroz batalla se inició. Ataques, mordiscos, ululatos y sangre. Estaba confundido, mis piernas estaban petrificadas. Hurón, ahora joven y fuerte, enfrentaba a tres enormes adversarios uno de los cuajes se prendió de su cuello, otro lo cogía de una pata y el tercero con burlona sonrisa canina lo miraba esperando su muerte. ¡Déjenlo! Al final el valiente Hurón cayó mortalmente herido.

Escaparon dos lágrimas de mis ojos. Al otro lado, Cándido venció a su enemigo, al verme se, acercó para que lo acariciara, ¡Baaaammm! ¡Aaammm! ¡Aaammm! Repercutió el eco. El disparo ahuyentó a los caninos menos a Hurón que se desangraba sobre la hojarasca, a Cometa que con lentitud caía de un balazo en el cuello, y a Cándido que se refugiaba entre mis brazos. Mi alma se ahogaba en la tristeza.

- Cuidado hijo, mataré al otro.
- No papito, no.
- Retírate.
- No lo mates. Por favor, no lo mates.
- ¿Por qué?
- Porque es mi lobo -dije sollozando.

Al lado de papá estaba Andrés ¿Sus Lobos? Dijo balbuceando. Tal vez recién comprendía por qué solía hablar de ellos. Abracé a Cándido. "no lo mates" pedía llorando a papá. Cometa agonizaba, me acerqué para abrazarlo, su herida me hizo recordar a su madre.

_ ¡Cometa, no te mueras!
- Déjalo hijo.
_ Se va a morir -dijo Andrés.
_ No, Cometa no morirá.

Mi lobo veloz parecía no escuchar. Sus ojos brillaron, emitió un débil aullido que salió por su herida y finalmente su vida se apagó. Mis lágrimas se mezclaron con su sangre. Andrés sollozaba a mi lado. Me acerqué a Hurón, lo acariciaba en su aliento final. ¡Hurón!

Esa infausta tarde el dolor pintó imágenes que no podré olvidar.

Sepultamos a mis lobos. Los encuentros con Cándido ayudaron a calmar mi aflicción. Aunque no lo admitían en la cabaña por las tardes solía visitarme acompañado de una loba. Mientras yo paseaba con mi lobo mi hermano tomaba fotografías una de las cuales tengo frente a mí, ahora que escribo este pasaje de mi vida, convertido en cuento al cabo de varios años. Quien hubiera pensado que con el tiempo, además de ser médico veterinario, me dedicaría a escribir cuentos con el seudónimo de Lobito.

Varias semanas después de haber perdido a mis lobos llegó el día de la partida. Vamos 'Lobito' me dijo papá. Ese apelativo me hizo conocido en la escuela, en mi barrio y una palabra usual en casa. Triste, con la idea de volver salimos de la cabaña. Mi lobo una vez más se quedaba en el bosque y mientras me miraba con tristeza yo le decía "Adiós Cándido, adiós"...

Nunca más pude verlo. Desde entonces han pasado quince años. Siempre vuelvo a esta cabaña que me trae tantos recuerdos-aquí en mi soledad, lejos de la agitación social pienso en mi abuelo, aún lloró por la muerte de mi padre, y mi alma gime de nostalgia por mis lobos.

Esquivel Blas, R. C.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada