LAS ANTIPARRAS DE UN ESCRIBANO - RESUMEN - TRADICIONES CUSQUEÑAS DE CLORINDA MATTO DE TURNER


LAS ANTIPARRAS DE UN ESCRIBANO

I

Tiempos de la ruda en maceta eran aquellos, en los que se cultivaba la honradez a campo raso, y con todo, hubo un escribano cuyas antiparras dejaron aro chivada la fe pública.
Y vaya la tradición con haches y erres para corrección de propios y extraños.

II

Año de 1721, nada menos que ahora 162 eneros: campeaba en la ciudad del Cuzco un notario mayor, de nombre Juan de la Cruz y de apellido Sahuaraura, no sabemos si pariente del prójimo, su colombroño, que hoy sirve en despacho de fe pública en la villa de Sicuani.

Recién advenido al oficio, escribano flamantito, dióla de escrupuloso, puntual, pundonoroso y demás comas que hacen al hombre respetable y honrado, pero que en nuestros días no dejan tela para vestir un San Benito ni abren gotera de metal acuñado.

Cierto día entróle el comején de la avaricia, y rasgó el corazón de Juan de la Cruz la uña de Judas, por mano de un rematista de sisa de Chilques; y, así, antaño pasó en pellejo de Escribano lo que ogaíio se repite en estómago de mandatario.

Parece increíble la influencia que en nuestros días ha venido a ofrecer la mesa. La elocuencia del Padre Torres ha sido trocada con la de los banquetes para asegurarse la estimación de los que, en grande o en pequeño, manejan el bastón de la autoridad, que sea dicho de paso y en puridad de experiencia, no es ya vara de San José para dar azucenas, sino la penca que produce abrojos.

Y bien. Era preciso que el Escribano firmase y sellase un protocolo sin ver, las letras y, como tenía ojos, era prudente asegurarse de que ellos no viesen, circunstancia que observó el rematista y mandó fabricar un par de antiparras de oro bruñido con dos magníficos diamantes, que lucían en competencia de las más dilatadas pupilas, que lucían en competencia de las con joya tan valiosa, apuró pasos hacia la escribanía de Sahuaraura, Que el rematista supo acomodarse para traer a tela de codicia, las antiparras, está claro, porque el notario, calándoselas y con sorna entendida, declaró que aumentaba la visual de tal manera que era capaz de ver las orillas del Apurímac, donde vuelan moscas de cuatro patas. En aquel momento el rematistale presentó el protocolo diciéndole: es de estas antiparras de que vuestra señoría necesita para tan arduos trabajos de la notaría; y nuestro hombre, sin reclamo estampó una rúbrica más larga que la de D. Agustín Alvarez Sanchez Pérez de Caria Gonzales Ferreto Andino Merida Moreno y Wite, autor de un tratadito de veterinaria que nuestros lectores deben haber fajeado.

Quien lo creyera! El brazo del enemigo debió trabajar pues dizque desde aquella fecha, muchos escribanos miran al través de grueso cristal metálico que aumenta las proporciones de la fe, que reparten con más abundancia que bendiciones de obispo.

Lo peor del caso es, que las tales antiparras del escribano han dejado descendencia numerosa, cayendo sobre los ojos de los que más claro debían ver en materia de administración pública y de justicia, conservándose la moda por más que los croniqueros griten que es nociva.



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