LA TUMBA DE MIS ABUELOS - ESQUIVEL BLAS, R.C.


LA TUMBA DE MIS ABUELOS


Una misteriosa sensación oprimió mi alma infantil. En quince años papá no había pisado su tierra. Me habló de una lagartija de cabeza roja. La idea de atrapada, como inquieto perro de caza, saltaba en mi cerebro. Durante el viaje observé una estrella fugaz que se perdía en el pecho de la noche.

Llegamos cuando las luminosas manos de la aurora asomaban tras una enorme nube. Luego de hospedamos salimos a recorrer la ciudad. Me crucé con un extraño niño que caminaba como perro. ¡Pobrecito! Dije al ver su columna arqueada. Papá me hizo una señal para que mirara a otro lado. Dos ancianos nos saludaron y hablaron con papá y luego se despidieron.

- Quiénes son
- Vecinos de tus abuelos.

Más allá una señora joven sonriendo le dijo "Buenos días, caballero"

- ¿Otra vecina?
- No -respondió volteando a verla.
-¿Por qué saludó?
- Es costumbre de mi pueblo -fijo sonriendo con pícara mirada.

Me llevó a conocer la plaza de armas, la Huaca del dragón y pasamos cerca de una hacienda azucarera. Cuando al medio día nos dirigíamos a visitar a mis abuelos empezó a contarme que el año 1929 la corriente del Niño originó el desborde del río Moche y "fue tal el caudal que la fuerza del agua convirtió los cajones en botes, los cadáveres terminaron regados por la calle”, dijo con pena. Un remolino de ansiedad atrapó sus palabras. Mi mente infantil imaginó calaveras y otros huesos diseminados por la ciudad.

- No sé si los encontraremos -dijo
- ¿Por qué?
- A veces entierran un ataúd sobre otro.

Caminamos en silencio. Miraban mis ojos las calles, las casas y la gente.
Caminábamos por una trocha cuando gritó como si fuera un niño ¡Allá va! ¡Allá va! Y corrió. Era una enorme lagartija de cabeza roja. Parecía un niño, cogió un tronco y corrió tras el despavorido animal; tomé dos piedras y le seguí hasta que, cansados, nos rendimos.

- Se escapó -dijo jadeante
- No importa; ya encontraremos otra.

Sin damos cuenta el reptil nos había llevado al solitario cementerio. El viento llevaba el polvo de un lugar a otro. La voz de un búho hizo que el miedo corriera por mis venas. Las pupilas de papá miraban aquí y allá. En sus ojos había ansiedad; en sus pasos, desesperación. Por algún misterioso motivo miró al cenit y algo pidió al cielo. Luego continuó.

- Por aquí estaban - dijo

La ciudad de los muertos había cambiado en quince años y cada habitante aprovechó cualquier lugar disponible. Como no había una distribución ordenada yo temía pisar el ataúd de mis abuelos.

- ¡Aquí están! ¡Aquí están!

Su grito eufórico fue seguido por la señal de la cruz y luego se arrodilló.
Una sombra oculta en mi conciencia me obligó a imitarlo. Quitó la maleza y levantó las piedras.

_ Aquí descansa mi padre -dijo con llorosa voz
- Hola -dije en silencio

Así conocí a mi abuelo. Mientras la cuita sometía a mi alma, en mi corazón la sangre se agitaba de nostálgica emoción. Papá se puso a llorar como un niño al ver que la tumba contigua no tenía cruz.

- ¡Mamita!

Su voz fue estrangulada por la pena. Sollozando se puso a caminar de un lado a otro; preocupado y desesperado. Sus ojos, ya rodeados por sus párpados arrugados buscaban con angustia y pena. El árbol que agonizaba pareció compadecerse y dejó caer dos ramas. Papá las cogió para formar una cruz y con unas piedras puso el nombre de su mamá.

- "Hola, abuelita" -dije apenado
Mientras imaginaba el rostro marchito de mi abuela papá quitaba la maleza y las piedras. Cuando mis ideas se ahogaron en el mar de la imaginación le ayudé en la limpieza, eso pareció calmarlo.

La tarde cantaba su lastimera agonía y lloraba sus minutos finales. En la distancia, los arreboles se apagaban sobre el océano. A lo lejos se podía Ver las ruinas de Chan Chan. ¡Amén! ¡Amén! Sonaron nuestras voces. ¡Plaf!¡Plaf! Escuché las alas del búho que pasó sobre mi cabeza. Claramente sentí que mis cabellos protestaron y mi conciencia quiso desmayarse.

Ese día quedó pintado en mi memoria. Recuerdo que al año siguiente volvimos a visitarlos. Las cruces fueron nuevas y las tumbas quedaron muy bonitas. Hizo planes para construir dos nichos mas la muerte decapitó su deseo. Sus últimas palabras aún viajan en el viento que me rodea, se detienen ante mí y me dicen "No olvides a tus abuelos"; por eso, tan pronto pude, cumplí el sueño de papá. Ahora, mis abuelos descansan en sus nichos y cada año voy a la hacienda Laredo en el hermoso pueblo trujillano, con mis hijos a visitar con orgullo a los seres que hicieron posible mi existencia.

Esquivel Blas, R. C.

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