LA PROLE TRIUNFADORA - ESQUIVEL BLAS, R.C.


LA PROLE TRIUNFADORA


Por fin su alma se durmió; el arrepentimiento guardó silencio. En su rostro había felicidad. Así partió el padre de ilustres profesionales cuya dedicación intelectual les privó del tiempo para estar Con sus padres en sus minutos finales.

Viajaron dos lágrimas por su rostro arrugado. Sesenta años su piel ha soportado el trabajo del tiempo. ¡Snif! -un sollozo se escuchó débilmente en la habitación- El viento, mirando por la ventana, encontró en los seniles ojos del anciano una tonelada de aflicción, en sus arrugas un enjambre de dolor y en sus labios la eterna voz del perdón.

"Luis", dijo con débil voz el silencio y luego ingresó. El anciano llamó a sus nietos, el segundo silencio llegó y al saludar al otro, lloró y con sus lágrimas lavó el largo cabello de la nostalgia que bajo el dintel esperaba.
Luis nadaba en sus ideas. El presente se tornó recuerdo y su recuerdo se hizo presente. En los ojos de Amelia brillaban tiernos fulgores; un lunar pícaro en su mejilla destacaba en su ovalado rostro y sus labios entonaban melodías cuando le oía decir "Te quiero". Luis sentía que su corazón pintaba la dicha en el lienzo de sus días y cuando algún dolor hería su alma se curaba con el manantial de sus recuerdos.

- Vas a ser padre -le dijo Amelia al segundo año de casados su alma viajó a la felicidad y volvió con los diamantes de la alegría. La cubrió de besos; la adornó con los rubíes de sus cuidados. Esposo así no hubo jamás y como padre ejemplar pocos pudieron imitado.

Cuando su primogénito empezaba a caminar solía tomarse del abdomen para mantener su equilibrio; el menor, al oír música se ponía a bailar. Cuanta alegría sentía al llegar; sus hijos lo esperaban en la puerta y, al verlo, corriendo lo -iban a saludar. Muchas veces lloró a escondidas cuando sus hijos crecieron pues la pubertad les hizo cambiar. Entendió que la conducta depende de la edad.

Un día, sentado al lado de Amelia contemplaba la agonía del Sol, de pronto ella lo tomó de la mano; vio desesperación en sus ojos. No podía respirar, su fulgor se opacaba, su mano cedía y el dolor le hizo proferir:

- "Te amo".
- Amelia -dijo angustiado.

Fue la ocasión en que empezó a perderla. El médico recomendó: "Evite las preocupaciones y estas comidas… “El tiempo, el ladrón de recuerdos, montado en el equino de la incomprensión robó los consejos.

Los hijos se hicieron esclavos del estudio; vivían preocupados por su vida intelectual que olvidaron la dolencia de su madre; sin querer descuidaron a quien terminó postrada a una silla de ruedas. Allí la encontraba Luis cada tarde al volver del trabajo.

Cuando los hijos culminaron sus estudios, emocionados, les hablaron de su fiesta de graduación. Doña Amelia, debido a su mal, no podía asistir ni Luis pues tenía que cuidada. Sin embargo, la dicha bailaba en sus corazones.

- Les compraremos una casa nueva.
- Sí, deben salir de este barrio -apoyó el menor Amelia tomó la mano de su esposo y se puso a llorar, y vio que también sus ojos se anegaron de orgullo. La sinceridad de los hijos sería asesinada por la dedicación. La promesa se ahogó en océano del olvido.

Un día, el ladrón de vidas ingresó por la ventana, estiró su esquelética mano y tocó los párpados de Amelia. "Luis... Luis" llamó a su esposo que presuroso sentóse a su lado.

- ¿Si cariño?
- Estoy cansada.
- Descansa; yo cuidaré de ti.
- No Luis. . . ya me quiero ir.
- No digas eso -Dijo y la besó.

La muerte miraba el reloj de la pared y supo que no tendría mucho que esperar. A su lado estaba la misteriosa dama encargada de cortar el corazón en mil dolores; con su mano tocó el pecho de Luis y el sufrimiento laceró su alma. La mejilla de Amelia ya no tenía vida. Sus ojos dejaron verter el caudal de su aflicción. La dulce energía
que huyó de su esposa se le acercó y en sonido imperceptible para sus oídos le dijo:

- Aunque hoy debo partir por nada me alejaré de ti.

Los hijos, ahogados por la pena, acudieron prestos a casa de sus padres.

La aflicción laceraba sus almas. El tiempo, borrador de recuerdos, sedó el dolor de la separación y las obligaciones profesionales distanciaron a padre e hijos. Luis, se alegró cuando nacieron sus nietos, en especial, cuando su hijo menor puso en sus brazos a Ingrid, la menor de sus nietas, pues tenía los ojos y la sonrisa de Amelia.

Don Luis disfrutaba cuando sus nietos llegaban a casa. Salía a pasear y como muchos abuelos, consentía a los vástagos de sus hijos. Cuando partían volvía a su soledad. Sus horas, pintadas de nostalgia se nutrían con sus deseos de estar con Amelia. En ocasiones solía escribir; cierta vez anotó en su diario: "Voy, una vez más, a soñar que ya no vivo, tan sólo, para volver a estar contigo... Por todo eso contigo vivo soñando, porque morir no es dejar de respirar, morir es dejar de soñar. "

Una montaña de recuerdos rodeaba sus solitarios días. Pedía a Dios que lo llevara al lado de Amelia pero nuestro Supremo Hacedor aún no había marcado la fecha de su último día. Finalmente la diana de su partida sonó.

Por la ventana, la muerte observa con alegría a quien pronto alejará de una prole que, por triunfadora, no tenía tiempo para papá.

- Hola Luis; he venido por ti.
- Te esperé mucho tiempo.
- Lo sé; pero la hora de tu sueño recién ha sonado.
- Llévame con Amelia.
- A su lado volverás.

"Ya pronto, quítame la vida aunque sufra mucho" dijo el anciano y la muerte pronunció "A los buenos hombres mi noche les llega sin dolor."

- ¿Entonces cómo partiré?
- Acompañado por la dicha.

Dos horas dialogó con la muerte. La luz de su vida, doncella de dulce voz, antes de dormir se sentó a su lado. El arrepentimiento ingresó y con grandes voces decía ¡Lo siento! Luego, llorando se fue al rincón repitiendo su consabida frase. También se presentó un heraldo del tiempo quien mirando su reloj parecía más apurado por salir que cuando llegó. La señora sorpresa, de expresión indecible, traía de la mano a una mujer.

- Amelia - dijo en su aliento final.

Esquivel Blas, R. C.

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