LA PLUMA CAÍDA - ESQUIVEL BLAS, R.C.


LA PLUMA CAÍDA


Llegaron a la vetusta cabaña, con el pánico dibujado en sus infantiles rostros. Algunas plantas andinas dibujaban extrañas sombras en esa región umbrosa. Las montañas parecían una cadena de jorobas rocosas que se perdían en la fría inmensidad de la noche.

Tocaron la apolillada puerta. Esperaron mientras los diente del menor tiritaban. Un anciano hombre los recibió; era un solitario personaje que vestía prendas anticuadas. Su voz compasiva y suave era como la fresca brisa del verano. Marcados por la desesperación no sabían qué decir.

- ¿Qué ha pasado?

No supieron que contestar. El recuerdo de lo sucedido laceraba sus almas, el dolor brillaba en sus pupilas. El anciano insistió. El recuerdo los hizo llorar.

- Calma. . . calma.

El mayor, ahogando su llanto enjugó sus ojos. ¡Snif! Sollozó mientras retornaba su calma.

- Mis padres -dijo con adolorida voz
- ¿Qué ocurrió?
- Un accidente, señor.

El niño narró: "De pronto desperté, estaba en la parte posterior del automóvil, al lado de mi hermano, papá en voz alta maldecía a Dios por haberle dado un hijo lisiado y decía otras cosas que no puedo repetir, pero mamá con su tierna voz lo acalló. "No blasfemes, ten fe y verás que Luis sanará". En el silencio sólo se escuchaba el motor del vehículo serpenteando las montañas. Y a me estaba durmiendo cuando de pronto escuché a mamá ¡Hijos! ¡hijooooosss!

Tarde llegó el aviso; el auto caía por la ladera. ¡Plach! gritaba el metal y ¡Crach! lloraban las lunas al sentir el duro pecho de las rocas. Y vueltas y golpes y dolores y gritos y pánico; un instante de agonía que el indolente destino utilizaba para separarlos. Y caían y gritaban y lloraban y salió uno y luego otro por la ventana mientras el vehículo se dirigía al río Mantaro. En su violento y doloroso trayecto Miguel y su hermanito colisionaron con una gran piedra. Luisito estaba quieto. Miguel lo llamó con voz silenciada por el dolor mas al no oír respuesta intentó alcanzarlo, estiró la mano y ¡zas! Se nubló su conciencia.

- ¿Y luego? -preguntó el anciano
- No sé cuánto tiempo pasó, sólo recuerdo que desperté cerca de Luis.
- ¿Y tus padres?

Miguel quedó en silencio, evocó los desesperados gritos de su madre y los metálicos golpes del auto. No sé, repitió buscando en su memoria y luego recordó que en su dolor y sorpresa llamaba a su hermano "Ven; Luis" y al verlo inerte pensó en lo peor, mas el alivio llegó a su corazón cuando lo vio reaccionar; los ojitos de Luis presenciaron infinitos fulgores en el cielo.
Luego, con llorosas voces llamaron a sus padres más un eco adolorido volvía sin respuesta. El frío látigo del invierno azotaba sus cuerpos y la sombra del miedo gritó en sus oídos. Caminaron hasta que en la distancia divisaron una tenue luz.

- Por eso llegamos hasta aquí.

Así terminó su relato Miguel, a punto de llorar. El anciano escuchó con aflicción. Estaban sentados en tomo a una mesa endeble, iluminados por la amarilla luz de una obsoleta lámpara.

Sus ojos infantiles brillaron en la noche bruna. Afuera, el viento lamió la andina zona y chocó con la cabaña. De miedo Luis se sujetó de su hermano
"Tranquilo" dijo Miguel observando el polvoriento sombrero del anciano y su raído hábito. El hombre los miraba entristecido.

- ¿Por qué usa hábito?
- Es una costumbre antigua

La voz del anciano salió por la vetusta ventana. Quedaron en silencio; la llama de la antigua lámpara bailaba con el viento que ingresaba al recinto.

La garra del temor sujetó el corazón de los niños.

- ¿De qué tienen miedo?
- Es que en las montañas escuché un lamento.
- ¿Un lamento?
- Sí, era una voz que salía del suelo.

El hombre quedó pensativo. Por su mente, más vieja que su cabaña, cruzaron mil recuerdos y cien angustias. Sus ojos cubiertos de párpados marchitos se apenaron. Sus labios, ajados por los años, preguntaron:

- ¿Qué pasó luego?
- Un ave negra voló sobre mi cabeza.
- No era ave.
- ¿Qué era? - intervino Miguel
- Era la muerte... en busca de almas.

Luis sintió miedo, Miguel, intrigado, pensó en sus padres. El anciano continuó su relato: "los lamentos son voces de almas deseando huir y al lograrlo caen en forma de pluma y al llegar al suelo se transforman en personas, algunas dedicadas al bien y otras gozando con el mal.

- ¿Usted no tiene miedo? - preguntó Miguel
- La fe en Dios te da valor.
- Papá no cree en Dios -dijo Luis
- ¿A qué se dedica?

"Es ingeniero de minas, gana mucho dinero y es muy valiente". Sin inmutarse el canoso hombre escuchó al niño que hablaba con orgullo del ateísmo de su padre. Repentinamente se escuchó un lamento mortecino.

- ¡La muerte! ¡La muerte!

Luis estaba asustado. Los hermanos se pusieron a rezar. El anciano se puso al lado de los niños e hizo la señal de la cruz. El lamento se perdió en la distancia y hasta el mismo viento se ocultó bajo la mesa.

- ¿Cómo es la muerte?
- Tiene muchas formas.

Sagazmente el anciano cambió de tema y contó sus aventuras juveniles.
Llegada la noche los niños se durmieron. A lo lejos sonaron diez lamentos.
Los niños ignoraban que del anciano algunos decían que era un heraldo de la muerte y otros que era la pluma caída de un ángel.

Con lentitud se acercó a Luis, tocó su mano lisiada y oró con fervor; rogó a Dios que cure la mano del niño. Del cajón que esperaba en el rincón más sucio extrajo una Biblia del siglo pasado, un rosario amarillento y una cruz de bronce; por varios minutos rezó hasta que finalmente besando la cruz, el rosario y la Biblia los dejó cerca del niño y salió de la cabaña. El aire gélido calaba sus huesos, tomó asiento al lado de la puerta y mirando el horizonte se quedó dormido mientras que en la cabaña la luz moría con lenta agonía.

Mientras dormían con la cabeza apoyada en la mesa un rayo de luz ingresaba por un orificio del techo iluminando la mano de Luis.

Al llegar la aurora algo tocó la mano de Miguel; entonces, con pereza, abrió los ojos y quedó sorprendido.

- ¡Luis! ¡Tu mano… está curada!

Por primera vez podía mover su mano. La felicidad quería estallar en su corazón infantil, deseaba contarle al anciano. Con el sueño adherido a sus ojos observaron el interior de la cabaña; estaba en abandono, con telaraña, polvorienta y sus paredes eran maderos apolillados. Se sorprendieron "Así no estaba anoche" dijo Miguel. Al sentir que el miedo llegaba en oleadas, salieron. En la puerta estaba el viejo, lo llamaron pero no contestaba; insistieron, mas como seguía durmiendo se acercaron y lo vieron, estaba muerto, más que muerto, era un esqueleto que había quedado así durante cien años. Llenos de pánico corrieron.

- ¡Mamáaaaa! ¡Mamáaaaa!

El sol ya mostraba su rostro tras las montañas cuando los niños se encontraron con sus padres.

- ¡Gracias a Dios! -dijo la madre
- ¡Tu mano está curada! -agregó sorprendido el padre.
- Un anciano de hábito morado nos cuidó.
- Sí, pero era un esqueleto.

Los padres escucharon como el anciano los había recibido y cuidado.
"Nos protegió de la muerte -dijo Luis y agregó- pero después se murió".

"Pero ya estaba muerto" -replicó Miguel.

Una sensación inexplicable ahogó la voz del padre y una calma que nunca había sentido inundó su alma. Luego la madre dijo:

- Dios bendito, era el alma del sacerdote que murió hace cien años y que revive para hacer milagros.
- ¿Cómo se llamaba? - preguntó Miguel.
- Nadie lo sabe, todos le dicen la pluma caída.

Este acontecimiento, racionalmente indecible, terminó con el ateísmo de papá y lo convenció que allá, en las alturas, existe una fuerza omnímoda, sapiente y bondadosa llamada Dios.

La mano de mi hermano menor ha pintado innumerables cuadros hermosos, el que más me agrada es uno donde hay un anciano con la mirada serena mirando el horizonte como si esperara la visita de un amigo.

Esquivel Blas, R. C.

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