LA LEYENDA DE ILLACA Y LAICAS - ESQUIVEL BLAS, R.C.


LA LEYENDA DE ILLACA Y LAICAS


Caminaba bajo el oscuro manto de la noche mientras el miedo corría por sus venas. En la distancia se distinguen las gibas rocosas que todos llaman montañas. En esta región abrupta hay una leyenda heredada de la época en que los Incas gobernaban la inmarcesible tierra peruana. La civilización se deslizó por el pueblo cuyos habitantes aprendieron a cuidar sus tradiciones y al misterioso tesoro que vive en sus tierras.

A pesar del esmero de su gente el secreto se había roto. Algún indiscreto difundió la leyenda en la capital; mencionó la región donde se solía dejar ofrendas de oro. La codicia despertó al turismo y la amical población pronto aumentó. Las aguas termales de la región avivó la codicia por el huidizo tesoro.

El guía divisó un relámpago a la distancia. El miedo oprimió su cerebro supersticioso. Los ancestros están molestos, pensó mientras los turistas platicaban en una lengua apenas entendible. El furioso ventarrón levantó el polvo que golpeó en sus rostros. Un gringo dijo algo y todos rieron. Con la mirada cetrina reflexionaba cuando una voz le sugirió detenerse; pero no podía, la deforme y tiránica miseria le obligaba a continuar.

En silencio evocaba la imagen de sus hijos. Habían quedado solos, en la vetusta casa castigada por el frío de la sierra. En la pantalla de sus recuerdos se dibuja la serena expresión del mayor y la irónica sonrisa del menor. La garúa ahuyentó sus pensamientos. Una turista maldijo en abstruso castellano; la fatiga había doblegado su voluntad.

- ¿Es cierta la leyenda? -preguntó un gringo.
- Sí. Por aquí pasó el gran Pachacútec con su ejército. Según decía mi abuelo -agregó el anciano guía- cerca de aquí murió un Pachaka Kamayoc muy querido por su pueblo, sus restos se inhumaron en una improvisada tumba andina o chullpa. Fue tan bizarro y abnegado que su espíritu aún actúa como paladín de los desventurados; por ello, le ofrendamos objetos de oro.

También se dice que ahí se ocultó el oro, de la ambición española.

- Orouuu -exclamó una turista con la codicia adherida a sus verdes ojos.
- ¿De qué murió? - preguntó otro gringo.
- Amaneció con tremenda contusión en la cabeza. Su cuerpo inerte nadaba en sanguinolento charco. Tras dificultoso proceso se condenó al homicida.

El guía se detuvo; el frío hacía surcos en sus achacosos huesos y luego continuó. Según la tradición, el alma del asesino viene a estos lugares para matar a todo viandante que pise estas tierras -el temor inundó su rostro-.
Pero no teman -agregó-; el alma del Pachaka Kamayoc aún vive para proteger a los desamparados.

- ¿Cómo se relaciona eso con la leyenda?
- Ella dice que la chullpa se convirtió en montaña aurífera y su asesino en un rayo de apariencia humana. Quien vea el caer el rayo sobre la cúspide encontrará el tesoro perdido de los incas.

En la mente de cada turista bailaban ideas sobre el destino que darían al Moro. Luego de fantasear un turista preguntó:

- ¿Cómo se llamaba el asesino? Illaca; el dios del rayo y del trueno. La envidia lo hizo malo.
- ¿y la víctima? -preguntó otro.
- Laicas, el genio bienhechor de los incas.

Cuando el crepúsculo moría, a lo lejos cayó un rayo. Los ojos del guía brillaron cuando el miedo ahorcaba su alma. En silencio maldijo al destino por haberle ubicado en la pobreza y tuvo temor que sus vástagos mueran de inanición como ocurrió con sus sobrinos. Aquella tragedia vivía nítida en su memoria. Durante las exequias, sus hijos sollozaban. Un nuevo rayo lo trajo a la realidad. En su demacrado rostro se dibujó la aflicción.

Cansados, decidieron pernoctar. Los turistas dormían mientras el baquiano, sentado en una gruesa manta y cobijado con su vistoso poncho seguía pensando en sus niños. Anhelaba verlos crecer y saborear, henchido de orgullo, cada uno de sus logros.
En la distancia otro relámpago iluminó la región. En el viento cabalgaba el metálico olor de la montaña. En el oscuro velo de la noche millones de ojitos resplandecen con ansiedad. A cien metros se escuchó el ululato de un ave nocturna. "Es la muerte" -pensó el guía- quiere hurtar nuestras almas.

Su sangre se congelaba en sus arterias; raudo se levantó. ¿Debería despertar a los turistas? Dudó; lo haría después. Aciaga sensación hirió su mente. El frío caló sus enfermizos huesos. El tiempo que se derretía en la noche saltaba de montaña en montaña. Las sombras finalmente huyeron al otro lado del mundo.

- Ya es hora, señores; pronto llegará la aurora.

Todo el día caminaron rumbo al este; al llegar la noche estaban agotados.
Pasaban por una quebrada cuando una voz rompió el silencio.

¡Socooorrooooo! ¡rooo! ¡rooo! El grito desesperado de una mujer hizo eco.
Había tropezado con una piedra y estaba a punto de caer por el barranco; sus manos albinas se asían fuertemente a los tobillos del guía. La Luna pintaba el pánico en su rostro. Una voz andina salió del abismo y la mujer pronto estuvo a salvo. ¡Laicas! Gritó el guía ¡Nooooo! Se escuchó en la oscuridad.

Azorados, lívidos y trémulos vieron como el guía se arrodillaba agradeciendo la protección de Laicas. Los turistas lo imitaron. En breve diálogo decidieron actuar con prudencia pues habían llegado a la quebrada de la muerte, del que muy pocos habían salido con vida.

Mientras caminaban, el anciano guía se puso a llorar. Había visto el risco donde perdió a su querida Octavia. Ante la insistencia por saber la causa de su llanto les narró lo ocurrido. Recién comprendieron por qué fue difícil persuadirlo para que los acompañe. Sólo cuando vio a sus hijos con prendas andrajosas y desnutridos cuerpos él aceptó.

El viento pasó con mucha prisa y con un silbido bronco. ¿Qué es eso?
Gritó una turista y entró en histeria. Con dificultad lograron calmarla.

Cuando le preguntaron por la causa de su reacción ella dijo "Una sombra"
"una sombra" y señaló a un costado. Al voltear, todos vieron una enorme, deforme y horrenda sombra.

- ¡Illaca! - gritó el guía.

El pánico se adueñó de ellos y corrieron en todas direcciones.

Obnubilados, olvidaron la prudencia; abominaban el momento en que decidieron buscar el tesoro. ¡Maldición! ¡Maldición! Gritaban los gringos.

Una turista, sus ojos verdes y su exótica voz caían por el oscuro abismo.

¡Socooorrooooo… rooo… rooo!

¡Alto! ¡Alto! --Gritó el guía-, Illaca está aquí y no descansará hasta matamos, a no ser que… Las linternas pintaban la angustia de amarillenta luz. El lugareño extrajo de su alforja unas hojas consagradas al rito desde épocas pretéritas. Cinco hojas que cada uno se puso a mascullar.

Querían huir pero el guía dijo que eso sería fatal. Pronunció una oración en quechua y lanzó un escupitajo-verdoso. Los turistas, conturbados, caminaron tras él; entonces, la sombra se puso a retroceder y terminó escapando cuando los demás expectoraron la coca masticada. En su huída la sombra les gritó:

"Lo pagarán. ¡Morirán, morirán, ya verán!" Nadie supo de donde salía esa voz gutural.
La sombra vadeó el río de la muerte, se ocultó en una cueva donde la luz alumbraba algunos dibujos rupestres, tomó forma humana, sus ojos despedían envidia. Se acercó a su mascota alífera y mientras le acariciaba el plumaje le dijo "No seas impaciente, pronto morirán… Saciarás tu hambre y sus entrañas la comerán tus famélicas crías…"

Encadenados a la insaciable codicia los turistas escalaron peñascos, sufrieron caídas, peligró sus vidas pero nada cercenó su deseo de encontrar al tesoro. La noche caía por cuarta vez desde que salieron del pueblo cuando una lechuza voló sobre sus cabezas y se escondió en la oscuridad. ¡Uff! ¡Uff!

Decían mientras sus pasos los llevaban a las alturas. Temeroso, el guía se puso a masticar la coca al sentir que una fría sombra se escondió tras una enorme roca.
El espíritu de Laicas, convertido en remolino, atrapó a la misteriosa lechuza para evitar la muerte de los turistas. El cielo se hizo oscuro, la atmósfera se cargó de humedad y un rayo cayó en la cabeza de una montaña.
Un extraño brillo dorado apareció ante los ojos del guía. La voz de Laicas le susurró en quechua "Para ti está reservado el tesoro" y la necesidad le dio fuerzas para continuar.

- No puedo más. Descansemos -dijo una turista.
- ¿Continuaremos mañana? -preguntó el guía.
- Ya no; volveremos al pueblo.

Era ya poderosa la noche cuando todos yacían en el mar de los sueños. La sangre temblaba de frío; por ello volvía rauda a sentir el ardiente calor del corazón. La imagen sonriente de Octavia se acercó al guía y en voz suave le dijo:

_ Antonio, despierta cariño.
- ¿Octavia?
_ Sí. Escucha Toñucho, Laicas ha venido a llevarte.

El guía quedó pasmado, el genio bienhechor estaba vestido con sus prendas de guerra. "Ven hermano" -dijo en quechua- y tomándolo de la mano lo llevó a la zona más gélida de la montaña, le hizo ingresar en una pequeña cueva oculta tras una gran roca. Percibió el olor húmedo de las paredes mientras Laicas elegía varios adornos de oro.

_ Estas ofrendas -dijo- me las dio Pachacútec y estas otras me las dejó Atahualpa cuando se dirigía a Cajamarca. Tómalas, ahora son tuyas.
- ¿Por qué?
_ Porque nunca te avergonzaste de tu raza andina y, sobre todo, porque por tus venas corre mi sangre.
-¿Yo?
- Sí.
_ ¿Qué haré con esto?
-Úsalas en tus hijos, para que digan con orgullo "Peruano soy, en mis venas vive la sangre inca".

Cuando Antonio abrió los ojos pensó "Qué sueño tan extraño". Al levantarse sintió su alforja pesada mas creyendo que era el cansancio guardó silencio. En el pueblo recibió su pago, se despidió de los turistas y fue a casa. Sus hijos lo abrazaron y luego vieron los adornos que dejaba caer el pudre sobre la mesa; él mismo estaba sorprendido.

Los turistas nunca más volvieron. Dos años después Antonio viajó a la ciudad. Se dedicó al comercio y en poco tiempo formó un pequeño capital.

Desde entonces pasaron quince años para que sus hijos se reciban de profesionales.
Mi abuelo Antonio aunque cansado y golpeado por la edad, solía reunir a sus nietos para contamos sobre la leyenda de Illaca y Laicas y de los adornos dorados que pertenecieron al tesoro oculto los Incas, uno de los cuales tengo frente a mí, ahora que escribo este cuento, para contar el orgullo de mi prosapia andina, de una raza recia, indómita e inteligente.

Esquivel Blas, R. C.

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