HERMANITO NINO - ESQUIVEL BLAS, R.C.


HERMANITO NINO


En el corazón de la vida social, allí donde la alegría es dolor, hay una página escrita cuya lectura voy a narrar. Cien lágrimas de pena y mil relámpagos de nostalgia han pasado desde el día en que mi hermano dijera “ya regreso".

Su fantasía no pudo ser lastimada por la vorágine de la pobreza ni el hambre había sometido a su alma generosa. Vivíamos en una humilde casa cuyo precario techo era rociado por el llanto de las nubes. Reía y saltaba en los muebles heridos por el dragón de los años.

Era la segunda semana de agosto cuando una perrita roñosa cruzaba por la calle, en sus ojos latían la angustia y el dolor.

- Pobrecita -dijo su voz infantil

Con dolorosa agonía la canina llegó hasta la pueril mano que con cariño la llamaba. Cansada por el esfuerzo se echó sobre el suelo. La dejó un instante para volver raudo con un camote cocido que sacará de la cocina.
Con voracidad inefable la perrita comió el tubérculo. Así sellaron una amistad cuyo brillo se grabó en la piel de mis recuerdos.

La gélida espada del invierno hacía álgidos surcos en los débiles huesos.

A la sombra de enormes nubes el anciano viento soplaba con empeño. Los vecinos no deseaban rendirse ante el clima; temperaturas más bajas habían soportado en la sierra para preocuparse por el invierno citadino. Don José despertaba antes que el gallo anunciara a la aurora; luego lo hacía doña Elvia y los hijos. Nino abría los ojos apenas oía a papá.

Un día de la tercera semana de agosto la garúa roció la ciudad. Mi hermano y su mascota saltaron de alegría. ¡Lluvia! ¡Lluvia! ¡Guau! ¡Guau!, mas la llovizna se hizo aguacero y luego de reposar volvió. La tierra de la calle se convirtió en lodo. Papá llegó preocupado por nosotros.

- Buenas noches cariño
- Buenas noches -dijo a mamá mientras fe daba un beso
- Buenas noches papá -pronunció mi hermano con la mirada triste.

Papá se le quedó-mirando y comprendió lo que su hijo quería. En la calle la mascota emitía ligeros ululatos.

- Buenas noches, hijo. .. ¿Tu perrita?
- Afuera

"Hazla pasar" dijo y abrazando a su esposa vio que el techo cedía ante el llanto de la nube. La lluvia, cual látigo apocalíptico, castigaba a la ciudad.
Ahora, el agua goteaba sobre la mesa, caía sobre la cama, mojaba la vitrina.
Los padres se miraban impotentes; arreglaron lo que pudieron y se fueron a dormir sin poder conciliar el sueño.

El gallo, con sus plumas rojizas y mojadas, cantó con ronca voz. La casa estaba anegada; en la calle la lluvia había formado un río. En la radio decía el locutor: "Debido a este fenómeno causado por la Corriente del Niño, el Gobierno del Comando Conjunto dispuso una tolerancia laboral de dos horas".

Los vecinos demostraron que la naturaleza no era más fuerte que su voluntad. Sacaban el agua de sus casas, los que estaban enemistados aunaron esfuerzos para encarar al problema. Había personas descalzas colocando piedras para que otros crucen la calle: el peruano nunca podrá olvidar su identidad andina.

Con Nino estaba la perrita, su alma hiperactiva pronto le hizo jugar saltando de una piedra a otra hasta que resbaló. ¡Ay! ¡Ay! gritaba ante las risas burlonas de otros niños. Ondina, con su hocico, trató de levantarlo mas al ver que no podía se puso a lamerle la cara; al rato mamá salió pana llevarlo a la casa.

Cuando abría sus ojos yo ingresaba con la comida. "Come, son las dos ti la tarde". ¿Y las clases? preguntó intrigado-, Las han suspendido –dije muy calmado-. En su espalda había quedado una marca muy fea.

La furia de la lluvia había derribado varias casas. El dolor en la espalda había pasado, al menos eso fue lo que respondió a papá.

Cuando llegó la primavera la perrita estaba sana y preñada. Se convirtió en guardiana de la casa; varias veces los ladrones huyeron de su iracundo mordisco: en una ocasión tres sujetos entraron a casa y al verse atacados por la mascota con un cuchillo la hirieron en la pierna pero aún así ella continuó atacando y tuvieron que huir. Su oreja se movía al oír los pasos de su amo; daba un bostezo canino, relajaba los huesos de su columna y caminaba tras Nino. Por las tardes solían corretear por la calle.

Para fin de año los cachorros jugueteaban con mi hermano; cierta vez una camioneta que transportaba leña casi atropella a un perrito; mi hermano, molesto quiso jalar uno de los maderos mas cayó y se golpeó fuertemente el abdomen. Se levantó soportando el dolor. Cuando lo vi triste le pregunté y con arrepentimiento me narró lo sucedido. Al, día siguiente cuando papá llegó del trabajo lo halló retorciéndose de dolor. El médico dijo que lo llevaran de emergencia al hospital del Niño. En casa alistaban las cosas mientras mi hermano decía en voz pausada "No olvides la promesa". Le dije que no se preocupara; mi voz debió sonar asustada pues con su típica sonrisa agregó:

- Vamos, hermano, no hay miedo si tenemos fe en Dios.
- Pero es que…
- No te preocupes.

Hizo una pausa ante el dolor y con sonrisa forzada -agregó- "Cuida a los perritos". Mis padres lo llevaron con la desesperación pintada en sus rostros.
Lo vi partir y cuando se alejaban mi mente evocó la conversación de la semana anterior. Hicimos una promesa para sacar a la familia de la pobreza.
A las siete, mamá llegó llorando y papá con el rostro imperturbable que siempre le caracterizó.

- Tu hermano está bien.

Luego de una conversación herida por la angustia fuimos a dormir. Al día siguiente papá solicitó permiso en su trabajo. Por la noche llegó preocupado y mamá llorando con más desesperación que el día anterior, mi sangre se agitó con trémulo augurio. Los dolores de mi hermano se habían intensificado "Siento algo en mi abdomen" repitió difícilmente, según contó papá. Mis padres preguntaron, insistieron, exigieron pero los doctores sólo decían "Son los efectos de la anestesia". Ante la presión de los, médicos firmaron una autorización para una segunda intervención si fuera necesario; salieron del hospital para volver temprano al día siguiente. Todo ese tiempo Ondina no comió, durante la noche se quedó esperando en la puerta. Miraba la Luna y con quejumbroso aullido llamó sin oír respuesta alguna. Serían ya las tres de la mañana cuando mi hermano me llamó.

- Tito... Tito. . . Despierta.
_ Volviste -dije medio dormido
- Te dije que lo haría

Su voz se escuchaba suave, segura y jovial. Pero no entendía por qué razón sólo veía su cabeza y sus hombros notoriamente grandes.

_ ¿No estabas en el hospital?
_ Sólo vine para recordarte la promesa.
- No lo puedo entender.

"Vamos… tranquilo" pronunció y puso su mano fría en mi frente y quedé dormido. A las siete de la mañana, nunca olvidaré ese domingo, alguien tocó la puerta ¿Quién? Preguntó mamá y al rato la escuché gritar:

- No... Mi hijito no.

El susto me levantó de la cama; no quería pensar nada. Papá salió al escuchar a mamá. Se quedó callado y disculpándose con el señor de la funeraria cerró la puerta y dio un duro golpe en la pared. Nadie lo quería aceptar, mi hermano había partido a la ciudad de los recuerdos. La perrita se puso a llorar con Voces de humana criatura. Los vecinos salieron y trataron de consolar a mis padres. Mis hermanos lloraron y no sé por qué extraña razón mis lágrimas no quisieron salir, tal vez sea porque traté de imitar a papá a quien en soledad le oí decir "Maldita sea mi vida".

Durante el velorio Ondina yacía al lado del féretro. Un fulgor acuoso en sus ojos indicaba que también ella sufría. Durante el entierro adonde la llevaron, su angustia fue desesperación al ver llorar a mis hermanos.

Un dolor agudo penetra el alma cuando fallece un ser querido. La alegría de la familia había partido. Durante varios días y noches Ondina aulló con agonía canina y, luego de mil voces, Un domingo, pareció enloquecer.

Correteó por toda la casa, salió a la calle; giró como un trompo lanzado del zumbel, Corrió tres cuadras a la derecha y volvió en sentido contrario, cuatro cuadras a la izquierda. Hizo esto varias veces hasta que se perdió en la distancia. Así aprendí que la amistad de una mascota es más sincera que la brindada por ciertos humanos.

A pesar de los años aún te extraño hermano Nino. Tus risas se han grabado en mi mente como una música de alegría que escucho cada vez que deseo motivarme. Jamás olvidaré tus palabras "Las mascotas también tienen derechos". Por eso escribo, porque debo cumplir con la promesa que hiciera la última vez que hablamos y porque he comprendido que la verdadera amistad es muleta en la adversidad y silla de ruedas en la invalidez de la voluntad. Sólo lamento no haber evitado que Ondina huyera, pero ¿sabes? uno de sus descendientes, ha nacido igual que ella, al verlo recuerdo los días en que corrías, pintando la casa con tu alegría, haciendo de la pobreza un pequeño obstáculo en la búsqueda de la felicidad.

Esquivel Blas, R. C.

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