EPISODIO DE MONASTERIO - RESUMEN - TRADICIONES CUSQUEÑAS DE CLORINDA MATTO DE TURNER


EPISODIO DE MONASTERIO

Si sabido y notoriamente recibida, que en el monasterio de Carmelitas descalzas de nuestra Madre Santa Teresa, es donde. Con mayor rigor se observan, todas las reglas de su, institución, consta también a todos que la separación de la sociedad, ha despertado en las monjas el más vivo deseo de saber todo lo que en su seno pasa.

Y como prueba de ello va el presente episodio.

I

Al aproximarse el libertador Bolívar, en 1825 al Cuzco, no había otra conversación en la ciudad que la referente al héroe de .América cuyo nombre puso, por consiguiente, también en alboroto, el monasterio de Teresas.

Nunca hicieron más viajes las mandaderas: ni mayor número de veces giró sobre sus goznes el torno, ni las cortinas del locutorio se corrieron jamás con tanta ansiedad que el día de la llegada de don Simón.
Las esquelas llovían a las amigas de las monjas, casi todas como la siguiente.

"Hermanita en el Señor:

Temo molestar a usted, pero la ruego me haga la caridad de avisarme con alguna minuciosidad, qué color de cara tiene el señor Libertador, si es alto o bajo, si es gordo o flaco y si está educado, qué tales maneras tiene, y si habla con caridad de los conventos. En fin hermanita, usted ya me dirá lo demás, porque queremos saber para regalarle una banda y unos escapularios que estamos bordando para él y no crea usted que solo de curiosa es la pregunta.

La paz de nuestro Señor, sea con usted, así lo desea su hermana en Jesucristo.
Sor María de los Angeles.
Adición.

Recibirá usted ese mi cariñito de unas pastillas hermanitas y me dirá si el señor Libertador tardará en el Cuzco, Y si vendrá con tropas de caballerías o infanterías" .

Bolívar, que no era de los tontos; sabiendo el comején que su nombre había metido en la cabeza de las reclusas del monasterio de Carmelitas dijo a uno de sus capellanes.- .Padre, diga usted a la abadesa de Santa Teresa que el domingo próximo, después de oír la misa en su iglesia, pasaré a hacerla una visita.
Dada la noticia por el capellán, que poco tenia de lerdo y oída por la madre abadesa, que ansiaba la llegada de tal recado volvióse el convento una loquería.

Locas las mandaderas que entraban Y salían, locas las monjitas, en el jardín, unas, las mejillas color de rosa poco amor tenían a la reclusión, otras en la cocina y no pocas en la despensa, campanario; sacristía, etc.
Ese día era viernes, y si las monjas rezaron el oficio parvo Y la vía sacra, Y si las campanas se movieron para llamarlas a ellas, gracia fue ya del cielo.

II

Amaneció, como era natural el domingo, dichoso día para los niños de escuela y por entonces también para nuestras Carmelitas. Echáronse a volar más temprano que lo debido las campanas del monasterio, ya bien relucientes y cuentan que hasta la abadesa se lavó también la cara en quella ocasión.

Sor Circuncisión, la sacristana, vaciaba los cajones de ornamentos para escoger entre los más lujosos el digno de los ojuelos de D. Simón y propio también para el Dr. oficiante que era todo un real mozo.- Lógralo como para el caso y el sacerdote se reviste con uno bordado de diamantes y aljofares. En ese momento se presentaba Bolívar en la Iglesia, con su respectivo séquito de engalonados.

Oh! nunca se agolparon al coro con más entusiasmo mis monjitas; jamás sus ojos, muy hermosos algunos, se asomaron a las rejas con más investigadoras miradas.

Todo querían abarcarlo en una sola ojeada. Concluída la ceremonia religiosa, dirigióse don Simón al locutorio donde se le había preparado un espléndido banquete. Allí después de los ponches de diversas clases que se sirvieron, púsose un almuerzo o píparo, almuerzo de aquellos de... monasterio!

Apoyado Bolívar en la licencia que llevaba con sigo y que presentó a la abadesa, para pasear el con venta la rogó hiciese abrir la puerta. Esta, que según parece solo de mañana permanecía cerrada, se abrió sin necesidad de llave ni de segunda orden, y nuestro héroe se lanzó por los limpios y misteriosos claustro celdas, etc., y también en medio a las variadas flores del hermoso jardín.

Pero mientras el libertador hablaba con la madre abadesa, mujer de ejemplar virtud y muy docta en latinidad, Julián Núñez capitán de caballería, habíase encargado de sacar de sus trece con palabritas almibaradas a una joven novicia, que bajo su alba toca dejaba ver unos bucles medio rizados aunque cortos, ojos verdes, encantadores y una cara tostada por el solar, diente, que alumbró a los incas nuestros padres.

Las palabras del capitán fueron endulzando a nuestra novicia, quien acabó por enamorarse del sujeto y enloquecerle también.

Bolívar se retiró muy contento del convento de Carmelitas, y según dicen malas lenguas, tampoco con el juicio cabal, pues su cabeza que no era fuerte para las bebidas alcohólicas sentía los efectos de los ponches, aun pasadas algunas horas.

El capitán por su parte salió en disposición de declarar la guerra al convento para libertar a su linda novicia.
Don Simón no debió haber tomado solo, pues poco de su salida decía la abadesa a sus subordinadas:
-"No sé hijas mías, no sé lo que tengo, pero llevad me a la celda”.

Estas por su parte, no quisieron ser menos y comenzaron una nueva fiesta en el jardín, alegrada con el vino de la sacristía.

Dormida la abadesa, solos los claustros, profesas y novicias en el jardín medio en los, brazos de Baca, y teniendo estas últimas las llaves del convento, no eran oportunidades que perdiera la de ojos verdes, para recobrar su libertad y amar a su antojo al simpático Núñez, que ocho días después se llamaba su esposo.
Caro, muy caro costó a la abadesa el almuerzo de Bolívar!

Desde entonces, prohibiendo convites y condescendencias que llevan al camino de la perdición, ajustó la cuerda a las novicias.

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