EL SUEÑO - ESQUIVEL BLAS, R.C.


EL SUEÑO

El viento que giró sobre mi cabeza me dijo al oído "Algo te ha pasado" y ¡zum! convirtiéndose en remolino subió a las estrellas.

Mi curiosidad montó en la ansiedad y fue en busca de la realidad; más, al no encontrada me llevó hasta la acuosidad de las albinas nubes. ¡Paf! ¡Paf! sonaban mis pasos. El paisaje estaba formado por extrañas figuras de vapor.

Mientras mi alma pintaba sibilinos seres el sol lanzaba sus tórridas flechas. "Quiquiriquiquí" la voz de un gallo gigante llegó a mis oídos; En ese momento el cielo empezaba a desollarse para mostrar su pecho azul.

Sentado sobre la nube observé que la brisa cantaba a los árboles que ahítos de felicidad bailaban con alegría.

Estuve reflexionando cuando un destello entre los árboles llamó mi atención. Raudo, me lancé al vacío pues en otras ocasiones ya había hablado con esa luz. La curiosidad saltaba en mi pecho. Bajé como la gota de lluvia que desea saciar la sed de la árida tierra. ¡Crac! Gritó la rama en cuya espalda me había posado. ¡Diaaantreeee! Dije mientras mi cuerpo llegaba a la hojarasca. La luminosa figura se acercó y dijo:

- Ven hijo, dame tu mano.

Azorado por el golpe no distinguí su rostro. ¡Tum ... tum ... tum! Se agitó mi corazón. Mis eritrocitos conducían tiernas sensaciones; todo parecía un sueño. Lentamente mi conciencia lo reconoció hasta que por fin pude distinguirlo. Quedé pasmado y confundido.

- ¿Por qué me miras así?

Al no poder contestarle mis ojos se llenaron de lágrimas y me puse a plañir. Me miró serenamente y dijo: ¿No te enseñé que los hombres no deben llorar? Mi mano temblaba de ansiedad. Balbuceando apenas pude decir:

- Papá... tú… tú... estás muerto
- ¿Aún te acuerdas de mí? -preguntó
- Sí -contesté
- Entonces, aún no he muerto.

Aunque su imagen era real mi confundida conciencia se obstinaba en la suspicacia. Esclavo de la duda me acerqué para tocarlo y recién noté que sus manos y las mías eran transparentes.

- Papá… ¿No serás solamente un sueño?
- Los sueños son los deseos hechos realidad.

Quedamos silentes. Un canario asombrado miraba desde la rama. El cuerpo de papá no pisaba el suelo. Mi razón quería comprender por qué a pesar de su partida aún tenía la mirada sonriente.

- Te extraño mucho -dije apenado.
- ¿Mis consejos fueron semillas vanas?

¡Snif! sollozó en silencio mi alma. Tenía razón, muchas veces me dijo:
"Los hombres no viven del dolor". Pero en ese momento sus palabras habían huido de mi mente; sentí vergüenza y quise llorar. La culpa se aunó a mi pena y al disculparme dijo: "La disculpa es el borrador de los que suelen equivocarse". ¡Snif! ¡Snif! sollozó mi alma.

- No llores -dijo con voz firme.

Para distraerme agitó mis cabellos como cuando era niño, eso me hizo recordar los momentos infantiles cuando sentados a la mesa él, mis hermanos y yo platicábamos a la luz de la solitaria vela mientras su débil flama se agitaba al ritmo de su voz. El invierno convertido en frío se adhería a los huesos. El viento entraba por el techo de cartón.

Cada noche narraba cuentos nacidos en su imaginación. Su voz pausada de pronto se detenía; nos miraba fijamente y golpeando con fuerza la mesa, misteriosamente se apagaba la vela. El terror tocaba la puerta de nuestros corazones. Al volver la luz mis manos temblaban de miedo.

En la sala mamá nos miraba desde el sillón, tejiendo una chompa para mi hermano menor. Siempre pensé que si papá no hubiera tenido que alimentar a cinco hijos hubiera sido un gran escritor.

- ¿En qué piensas? -su pregunta ahogó mis recuerdos
- En tus cuentos, en la mesa, en el techo…
- ¡Éramos tan pobres! -La culpa brilló en sus ojos.
- Pero felices.
- Sí.

Su entristecida afirmación golpeó a las hojas que, marchitas, caían presurosas a sus pies.

- ¿Cómo está mi esposa? -continuó
- Triste
- ¿Cómo vas en tus estudios?

Horas enteras dedicadas a leer y escribir aparecieron en mi mente.

Aquellas madrugadas en que luego del segundo canto del gallo, papá o mamá despertaban y me obligaban a dormir. Me fascinaba observar el orgullo de mis padres al ver mis notas. En una ocasión, cuando llegué a casa con mi diploma, mamá se puso a llorar.

- ¿Por qué lloras?
- Porque soy muy feliz.

Ese recuerdo fugaz se evaporó de mis pensamientos. Papá esperaba mi respuesta; al no escucharla insistió.

- ¿Cómo vas en tus estudios?
- Ya soy profesional.
- ¿Y tus hermanos?
- También.

Un gurriato miraba desde su nido mientras dos lágrimas de felicidad recorrían la mejilla de papá. Una pregunta saltó a mi mente ¿No tendría que saber sobre su familia? Sin esperar mi pregunta respondió: "Hijo, las creencias no siempre coinciden con la realidad. Por ejemplo, a mi muerte una agradable sensación aligeró mi peso, como si un calor inexplicable me obligara a volar sobre las nubes". Mirándome, se quedó callado.

- Papá ¿Cómo es la muerte?
- Como una luz de serenidad.
- ¿Duele?
-No.
- Yo le tengo miedo.

Me miró y dijo: "Quien teme morir no merece vivir". En su mirada había algo misterioso. Las ideas pasaron por mi mente como una bandada de sombrías criaturas del pensamiento. "En realidad la muerte es serena tranquilidad" -agregó.

- ¿Por qué algunos sufren y gritan?
- Porque son cobardes.

Habló con tal convicción que finalmente entendí que la muerte es liberadora. Se detuvo y lo vi sonreír. Mientras eso ocurría, me preguntaba si otros hijos tendrían, como yo, la suerte de dialogar con su difunto padre.

Papá me miraba con aflicción. La mano del presentimiento azotó a mi corazón. La luz se filtraba entre los árboles. ¿Qué sucede? Pregunté, pero no respondió. Su silencio me bañó de ansiedad.

- ¿Qué pasa?
- Hijo -sonó triste y preocupado.
- Estoy feliz con este sueño -dije temeroso.
- No es un sueño, hijo.
- ¿Qué?
- Esta es la realidad.
- ¿Quieres decir que estoy…?

Finalmente comprendí: También yo había muerto. La angustia corrió por mis venas y desesperado grité:

- ¡No! ¡No quiero morir! ¡No quiero…!
- ¡Despierta! ... ¡Despierta!

Papá gritaba a mi lado. Al verlo, lo abracé con fuerza. "Soñé que habías muerto", dije preocupado y él sonrió. Mamá venía con él. Al rato ingresaron mis hermanos, preguntando por lo ocurrido.

- Ha tenido una pesadilla.
- Soñé que habíamos muerto.
- Cada cosa a su tiempo -dijo con tranquilidad.
- Tú tienes la culpa viejo, tú y tus cuentos.

Todo empezaba a tener sentido. Mi mente recuperaba la lucidez y la razón ubicó cada idea en su lugar. "Guauu" "Guauu" ingresó mi mascota moviendo su cola.

- Debes dormir hijo, mañana irás a estudiar -dijo mamá.

Era verdad, sería mi primera clase en la universidad; por eso estuvimos recordando los días de pobreza. Una catarata de felicidad me bañó pues la vida me había regalado la oportunidad de mostrar a mis padres cuanto los quería, de poder expresar la magnitud de mi amor filial. Todo eso me hizo comprender que no hay riqueza más importante para un hijo que tener a sus padres vivos.

Los recuerdos de esos días marcaron mi vida. Ahora, al cabo de diez años, cuando voy a visitados siempre tengo un motivo para decirles "Mamá, te quiero", "Papá te quiero".

Esquivel Blas, R. C.

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