EL NIÑO TOÑITO - ESQUIVEL BLAS, R.C.


EL NIÑO TOÑITO


Había caminado una hora mientras la umbrosa nube lloraba sobre la ciudad. El mismo clima temblaba de frío, Las lágrimas del cielo inundaban las calles limeñas. Callado y triste: el niño va acompañado por sus reflexiones. El agua le mojaba los pies y sus huesos ya sentían los síntomas de la gripe.

Desde que salió de casa pensaba en su madre. La angustia parecía estrangular su corazón pero una voz interna le decía: "sé valiente, el miedo es la corona del cobarde". Esa misteriosa y cálida voz le daba ánimo para llegar a la escuela.

Con el cerebro lleno de ideas, con el alma castigada por la miseria y con el estómago golpeado por el hambre se detuvo repentinamente; una inquietud sujetaba sus pies. ¡Mi tarea! Repitió en voz baja el alumno predilecto del quinto "A"; Tenía el alma aplastada por la culpa pero aún así, nada podría disuadirlo de llegar a su destino.
Entre personas presurosas y estruendosas bocinas caminaba el mejor alumno del centro educativo "Dos de mayo 440", el niño que ganara los últimos concursos de matemáticas y que colocara, después de varias décadas, nuevamente el nombre de su escuela en primer plano, como antaño lo hicieran ilustres peruanos, aquellos que tuvieron el honor de representar al país en certámenes internacionales.

¡Hola! ¡Hola! Saludó al ingresar al salón. Aprovechando que el Director tenía una reunión con los maestros, se puso a realizar su tarea. ¡Talán! ¡Talán! ¡Talán! Sonó la campana más vieja de la ciudad cuyo sonido golpeara los tímpanos de tantos peruanos célebres. De pronto ingresó el maestro, un viejito de blanca cabellera, de mirada intelectual y comprensiva, con su chaleco azul y camisa blanca como la que solían usar los maestros de antaño. En sus acciones había generosa sabiduría. Los libros voluminosos que llevaba parecían demasiado para su anciano cuerpo. Los alumnos, puestos de pie saludaron. ¡Buenos días, maestro!

El señor Calderón los miró con serenidad y cortésmente contestó al saludo. Toñito movía los dedos de su pie derecho; su media estaba completamente mojada. "Tomen asiento", dijo en voz solemne el maestro.

Los miró y con palabras paternales preguntó:
- ¿Listos para aprender?
- Sí, maestro.

La respuesta estudiantil golpeó las paredes amarillas. Tomaron asiento, colocaron los codos en las carpetas, la mirada fija y la audición dispuesta a escuchar una nueva información cultural o nuevos relatos sobre la vida de un ilustre personaje. El maestro ordenó sus apuntes sobre el vetusto mueble y escribió un cuadro sinóptico en la pizarra. ¡Apúrate! Le decían en voz baja a Toñito.

- ¿Qué hace, Antonio?
- Mi tarea, maestro.

Respondió avergonzado el niño. Su voz sonaba nerviosa, su rostro mestizo se enrojeció y sus pequeñas manos sudaban; el deseo de llorar inundó su alma.

- A ver criatura ¿Por qué no has hecho tu tarea?
- Estuve trabajando hasta la noche, maestro.

Los ojos del anciano docente se llenaron de lágrimas. Sintió pena por el alumno más inteligente que había tenido en veinticinco años de docencia.

Conocía el infortunio por el que había pasado Antonio; además, ¿cómo amonestar a quien le dio el orgullo de ser designado como el mejor maestro de la ciudad?
Antonio Ramírez tenía una vida muy triste; había perdido a su padre en un accidente de tránsito, un hombre hogareño y cariñoso mas el culpable de su muerte pronto salió en libertad y ni siquiera indemnizó a los deudos. Don Manuel, fue un diestro carpintero que siempre reparó las- carpetas de la escuela sin costo alguno, por ello era apreciado por maestros, padres de familia y los amigos de Toñito.

El niño se encontraba frente al maestro en una actitud respetuosa ante la mirada de los demás escolares. "Bien, muchachos -dijo el maestro- si Ramírez incumplió con su tarea ¿qué harían en mi lugar? “Perdonado"

Dijeron todos a una sola voz.

- y tú, BIas, ¿por qué lo perdonarías?
- Porque no tiene papá, su mamá está enferma y él tiene que trabajar.
- Bien muchachos, no dudo que son solidarios y altruistas, serán buenos peruanos, pero recuerden que mucha compasión produce hombres apáticos y perezosos.

Los alumnos sintieron orgullo. Todos menos Marcos, el envidioso, el que nunca perdonaría a Toñito ser el mejor estudiante.

- Aceptaré la sugerencia, pero recuerden que es malo ser bueno.
- Bien, bien - se escuchó en voz baja.

Al día siguiente el maestro narró la hazaña del niño héroe, aquel adolescente que ofrendó su vida para rescatar a los hermanitos de las enormes lenguas de fuego que devoraba al edificio. Lástima, al rescatar al último quedó atrapado y murió.
Al término de la clase Antonio y su maestro iniciaron un diálogo que duró quince minutos. Reconfortado por los consejos, el niño se fue a casa.

Encontró a su mamá caminando pero aún con síntomas de debilidad. Se acercó a ella y le dio un-beso en la mejilla.

- Aún tienes fiebre.
- Ya estoy mejor, hijo.

Doña Juana estuvo a punto de caer. Antonio la sujetó y la llevó hasta In endeble silla.

- Descansa mamita, yo terminaré la comida.

Con prisa trajo una chalina para su madre y con esmero se dedicó a la cocina. Doña Juana lo miraba con ternura pues en él encontraba rasgos de su esposo.
Tres meses antes que Antonio terminara su educación primaria el maestro Calderón dejó de existir. Sus alumnos fueron a las exequias. Toñito se acercó al féretro y ante el rostro pálido de su maestro prometió:

- Estudiaré mucho y seré tan inteligente como usted.

Apenas dejó de hablar se puso a llorar; al vedo, sus compañeros se contagiaron y se produjo un llanto colectivo. Enjugando sus lágrimas, cerca del ataúd susurró: ¡Lo prometo! ¡Lo prometo!

Veinte años después, al cabo de haber vencido un millón de adversidades y haber superado mil necesidades el doctor Antonio Ramírez es un eminente profesional. En sus momentos de descanso escribe cuentos que tratan sobre los valores sociales, las virtudes, los ideales, la vida de los pobres, el poder de la amistad, la magnitud del amor filial y de los padres que partieron antes del tiempo debido.

Un día pasó por su escuela y la nostalgia le hizo evocar el pasado y a sus amigos. Una idea nació en su mente y subiendo a su automóvil se dirigió a su estudio y empezó a escribir uno de sus cuentos más hermosos, ese que empieza así: "El río no es el agua que se pierde en el mar, es simplemente el hijo que regresa al hogar".

Esquivel Blas, R. C.

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