EL BUEN RECTOR - ESQUIVEL BLAS, R.C.


EL BUEN RECTOR

I

El tiempo ha cubierto de olvido la vida de un niño nacido en una misteriosa región de la sierra. La distancia y los días rodearon sus sueños, sus penas y su gloria.
El valle moría en la sarnosa piel de la miseria. Había vuelto la maldición de los cien años. "El suelo se comerá a los niños" era el rumor de la comunidad.

El Alcalde, un hombre de mirada fiera, estaba angustiado. Eran inútiles las ofendas a la Pacha Mama. Los insultos, hijos de la desesperación, eran violentos, proyectiles lanzados contra la vida.

- ¿Qué puedo hacer? -dijo en quechua.
- Debe ir a la capital, señor Alcalde -exigió un anciano

Ante el mandato popular fue en busca de ayuda, sólo que en una quebrada, oculta tras una roca oxidada, esperaba la fría y oscura muerte.

¡Zas! Se le apareció y su corazón se detuvo. Nadie supo lo que había pasado con el infortunado Señor Fortunato. La población entró en anarquía y la cristalina solidaridad se quebró.

Aunque el hambre se convirtiera en hambruna el pueblo no perdía la esperanza. Los campesinos sabían que la vida acaba cuando la voluntad duerme en la apatía y, aunque sus almas afligidas bailen en algún huaynito, no estaban dispuestos a morir; por ello, antes que el ojo del día apareciera tras las montañas, Jacinto salía con su alforja y en su trayecto se encontraba con Alfonso.

- ¿Te acuerdas de la antigua arbolada?
- Claro.
_ ¿No te aterra ese viejo árbol que es lo único que queda de ella?
-No.
- Dicen que es la maldición.

Sus ojos miraron el árbol con forma humana, el miedo circulaba en sus arterias. Silbando se unieron a otros campesinos. Sus manos empezaron a surcar la tierra. Con el sudor llegaba la sed. Al atardecer todos volvían a sus hogares. Don Jacinto vivía en la última casa del pueblo; caminaba contento porque su hijo lo recibía lleno de gozo.

- ¡Taita! ¡Taita!

Hijito, decía dejando la alforja, el pico y la azada. Le daba un beso; lo lanzaba al aire y lo recibía entre sus brazos. ¡Taita! ¡Taita! Gritaba mientras subía y bajaba como el cóndor que remonta los cielos. Doña Adelaida los miraba orgullosa. Su costumbre se extendió por toda la región.

Dos años habían transcurrido desde la desaparición del Alcalde. La situación se hizo dramática. "Me voy" dijo a Teodoro pateando por última vez la vieja pelota. Corrió, empujó la puerta y vio a su madre sentada, callada y triste. ¿Mi taita? Su pregunta sonó agitada por la carrera. Los ojos maternos se inundaron de lágrimas. ¿Mi taita? Insistió con miedo; al no escuchar respuesta buscó en la casa. Su voz insegura volvió asustada.

-¿Por qué lloras?

Su acento' pueblerino tocó las paredes del humilde hogar. La madre lo abrazó.

¡Buuuaaaaa! Lloraba el niño y entre llantos preguntaba por su taita.

Ha ocurrido una desgracia" dijo la madre conteniendo la respiración.

Los ojos del niño brillaron con acuosa mirada. Algún fantasma pareció robar sus voces, luego continuó la madre.

- Hubo un accidente. Se produjo un deslizamiento.
- ¿Qué quieres decir?
- Que tu taita ha partido al cielo.
- ¿Por qué?
- Porque Dios lo ha llamado a su lado.

Con llorosa voz infantil llamaba a su padre hasta que se quedó dormido.

Horas después despertó en su cama. Escuchó murmullos en el comedor, salió. En la mesa una caja negra era rodeada de velas encendidas. Algunas personas lo miraron con pena. Teodoro quiso consolado pero no sabía cómo.

Una vecina se acercó al ataúd e hizo la señal de la cruz.

- ¿Qué hace?
- Reza por tu papá.

Fue hasta el ataúd. Dos veces pidió a su madre que lo alce. Desde los brazos maternos vio a su padre. Estaba tendido, pálido, estático y tieso. Con desesperación inefable lo llamó ¡Taita! ¡Taita! ¡Despierta!. . . ¡Por qué no despiertas! . . . ¿Ya no me quieres?.. ¡Buuuaaaaa!

Al oír las súplicas algunas señoras empezaron a sollozar. Desde el rincón Teodoro dijo: "No amigo, tu papá no escucha. Está. .."

¡Mientes!.Gritó y bajando de los brazos maternos se puso a llorar. Doña Adelaida quiso acariciado pero su comadre dijo que sería mejor que su ahijado se desahogara. En efecto, poco a poco se fue calmando al evocar lo que solía decir su padre "Debes proteger a tu madre". Enjugó sus lágrimas, se acercó y tomó su mano. Mientras se dirigían al entierro alguien dijo "Se ha iniciado la maldición". Cuando inhumaron a don Jacinto volvieron a casa y se quedaron solos. Al mes siguiente varios niños fueron enviados a la capital, entre ellos estaba Teodoro.

II

Gracias a la gestión del último Alcalde la economía agrícola mejoró. Finalmente, después de ocho años, parecía volver la prosperidad. Doña Adelaida estaba orgullosa de su hijo. "Cómo se parece a su padre" decía en silencio.

La timidez del niño le obligó a refugiarse en el estudio. Cada mañana recorría tres kilómetros para ir a clases. En el camino se encontraba con Alicia. ¡Tum! ¡Tum! ¡Tum! cantaba de gozo su corazón como lo hace el suelo cuando la primavera acaricia su piel.

_ ¿Qué sucede? -dijo al verlo tan callado.
- Debo decirte algo.
- ¿Qué es?
- Lo diré al volver de clases

Guardó silencio al ver que las pupilas de Alicia tenían un destello tan brillante como el fulgor de las estrellas cuando titilan en las noches claras.

Sus pasos los llevaron tras las montañas.

Al atardecer llegaron hasta la enorme piedra que el sol había entibiado.
En la distancia se divisaba la vieja carretera, las ramas del extraño y salitroso árbol parecían fuertes brazos suplicando al cielo. Un sombrío misterio lo mantenía vivo pues cuando querían talado algún fenómeno lo impedía.

Según la creencia popular, era el quinto de los hermanos Ayar quien, por haber sido borrado de la historia, cada cien años azotaba al pueblo con hambruna y desolación.

- ¿Por qué tan callado?

Guardó su temor en el frasco de la indecisión. Mientras su sentimiento se convertía en palabras el sol pintaba con bellos colores las esponjosas nubes.

Dubitante, el viento giraba para presenciar lo que iba a suceder.

- ¿Me quieres? - preguntó en quechua.
- Bien sabes que sí -respondió ella.

Dos lágrimas brotaron de sus ojos mientras ella acariciaba su mentón.

- ¿Por qué lloras?
- Debo estudiar en la capital.

Cansado, el disco dorado del cielo se fue a dormir. La pareja se unía con el cálido beso del amor. Deseaba ser médico y no tenía más remedio que viajar. De la mano se fueron hasta el pueblo.

Los días, juguetones hijos del tiempo, corrieron uno tras otro tratando de alcanzar a la eternidad. Así, montada en el frío de la sierra llegó la despedida. No había causa de preocupación pues en la capital vivía Teodoro.

Estaba decidido a trabajar y estudiar para ingresar a la universidad.

- ¿A qué horas te vas?
- A las seis.
- ¿Escribirás?
- Siempre.
- No quisiera que te vayas, pero.
- Volveré pronto.
- Junta tus manos.
- ¿Qué?

Mientras juntaba sus manos ella dijo con suave voz: "Por el cielo que nos cubre, las montañas que nos rodean y el suelo que nos alberga, prometo esperar hasta tu retorno. Llévate mi corazón en tus manos".

Él, mirándose en las pupilas de Alicia dijo: "prometo volver tan pronto haya triunfado; en tus manos dejo mi felicidad". El viento, que se había escondido tras un verde cactus, tomó las promesas y las dejó en una mina, al lado de una veta de oro.
El voraz tiempo ingería los minutos finales, en la melodía del tic tac insensible se ahogaban los segundos y el brillo de la felicidad moría en sus miradas. Los pequeños ríos asomaron a sus ojos.

- ¿Por qué tiemblas?
- Tengo miedo que me olvides.
- Ni con la muerte -dijo ella.
- Pero el tiempo mata al amor.
- Menos al mío.
- Pero me haré viejo y tú más
- Me cuidaré para ti.

Finalmente llegó la hora de partir. En dos maletas colocó sus escasas prendas, revisó la dirección de su amigo. Alicia esperaba a un lado mientras Adelaida decía a su hijo "Cuídate, los limeños son perversos". Abrazó y besó a su madre y salió. Alicia lo acompañó hasta la salida del pueblo y lo vio alejarse rumbo a la carretera.
Mientras esperaba, fue llenando el vaso de sus ilusiones con diminutos deseos. Un destartalado vehículo trabajosamente se detuvo. En ocho horas llegó a la capital. La ciudad hervía en la agitación, preguntó a un policía cómo llegar a la dirección anotada en un papel estrujado. Subió al vehículo que dio mil vueltas; por cuarta vez pidió que le avisaran al llegar a la cuadra diez de la avenida Argentina. "En la siguiente esquina bajas dijo irónicamente el conductor". Caminó hasta que finalmente tocó una puerta.

Con el sueño pegado en los ojos apareció Teodoro.
- ¡Hola!

La humilde sala estaba en fárrago. Había un extraño olor a humedad.

¡Crac! protestó la silla cuando dejó en ella su equipaje. Su amigo había engordado.

III

Había transcurrido tres meses. A su habitación sólo llegaba para dormir; el estudio y el trabajo le quitaban fuerza para la diversión.
El deseo de ser universitario se convirtió en pasión. Leía mientras viajaba en algún vehículo.

No obstante su esfuerzo, a los días del examen de admisión, en la lista de ingresantes no estaba su nombre ¡Pummm! Golpeó el fracaso a su alma. Una herida se abrió en su amor propio. "Mis padres no criaron a un inepto" se decía para darse valor. Era necesaria una preparación plena y sacrificada. Se convirtió en una máquina procesando datos, una ambición creando su destino y un sueño soñando su sueño. Ya ni siquiera escribía cartas.

Transcurrió un año. Durante el examen sus manos sudaban, su corazón miraba a través de su pecho andino cuando marcaba una respuesta. Dos días después, la felicidad saltó con él, finalmente era universitario. Tomó una taza y frente al espejo hizo un brindis por él. En su mente apareció la imagen de su madre, de Alicia y las calles de su pueblo.

Un día, luego que los años le robaran la juventud, dejó sobre el escritorio su título profesional. La idea de volver a su pueblo fue capturada por el tomado de la investigación. Terminó publicando dos obras; por tal motivo, recibió una invitación para formar parte de la plana docente de la Facultad donde estudió. Su didáctica sorprendió gratamente a sus discípulos. Pronto atrajo la atención de un grupo de estudiantes que luego formarían la pléyade nacional.

En clases se contagió del entusiasmo juvenil. Su siguiente publicación estimuló a varios discípulos a realizar una primera publicación colectiva.

Su corazón se ocultó para el amor. La prueba del chocolate fue su pretexto para mantener vivo el amor por Alicia. Cuando una mujer le atraía le invitaba un chocolate; si no lo compartía, es egoísta, decía, en tal caso no le importaba; si lo recibía de mala gana era una mujer ordinaria. La única que compartió el chocolate falleció en un accidente meses después. Ahogó sus sentimientos en el recuerdo. Había decidido volver a su pueblo cuando el Decano de su Facultad cesó en sus funciones, dos meses después que su último libro se convirtiera en una obra polémica e innovadora. El tiempo ya había pintado canas en sus sienes.

En reñida asamblea fue designado Decano. En su discurso ofreció impulsar el desarrollo intelectual de los futuros médicos.

A los dos años premiaba a los primeros puestos de los juegos florales de su facultad. Había contactado con algunas empresas para el incentivo económico, Se despertó el espíritu de investigación. Pronto se ennobleció la actividad estudiantil. Varios alumnos fueron becados para seguir estudios en el extranjero.

Al año siguiente volvían y llenos de alegría saludaban a su catedrático.

- Todo se lo debo a usted; gracias, maestro.
- Nada debe agradecer quien conquistó sus sueños.

Una nueva generación de intelectuales empezó a brillar en el Perú. Tres meses después de navidad fallece el Rector. Se proponen varios candidatos.

Luego de analizar las contribuciones a la cultura, es designado Rector. Al año siguiente, para los juegos florales universitarios compromete a tres editoriales para la publicación de los libros ganadores. Para facilitar la venta de las obras premiadas estableció un convenio con diez librerías; ahí está el origen de la semana de la cultura. De lunes a jueves se vendían las obras a costo normal y de viernes a domingo el precio era especial. Se inició una nueva etapa en la difusión de la cultura. Algunas librerías colocaron un letrero en su fachada "Bienvenido al reino de los intelectuales". La universidad recuperó el prestigio que ilustres peruanos habían sembrado.

Un día de abril llegó cansado a casa. Sentado en el sofá recordó a su pueblo, a su madre y su amor juvenil, se levantó y ante el espejo vio su rostro herido por los arados del tiempo y sus cabellos ya blancos por los años. La nostalgia estrujó a su corazón. "Volveré" dijo y alistó dos maletas; tomó las prendas más sencillas y subió a su vehículo. La infinitud de luces se perdía en la distancia. Al día siguiente ingresaba a una zona eriaza y abrupta, la carretera antigua ya no se usaba, por lo que tuvo que abandonar su automóvil tras una enorme roca. El viento serrano acariciaba su arrugada piel. Su corazón se alegró cuando sus ojos vieron las montañas pues tras ellas estaba su pueblo. El trayecto fue largo, agobiado por el peso decidió descansar, tendió una manta sobre el suelo y se durmió.

Cuando los rayos del alba acariciaban la zona continuó su viaje. A dos kilómetros divisó el altozano donde tantas veces .subiera de niño. Sus pasos corrieron hasta el pueblo. La ausencia de personas no lo sorprendió; era tiempo- de cosecha. A paso lento llegó a casa de Alicia. El tórax presionaba su corazón; tomó del aire el valor que necesitaba para tocar la apolillada puerta. Se preguntaba si aún se acordaría de él. La puerta se abrió. Su sangre viajó a los confines de su ansiedad. La sorpresa abrió sus ojos cuando una joven salió "Es igual que mi Alicia" -pensó.

- ¿Puedo hablar con su madre? - dijo balbuceando.

Ella lo miró y sonriendo tiernamente le dijo ¿No te acuerdas de mí? Soy yo, tu Alicia, la que abrazada al amor aún espera tus caricias. ''No puede ser" dijo al ver que su piel tersa y sus carnosos labios se acercaban a él.

- ¿Por qué te asombras, cariño?
- Porque aún eres joven.
- ¿No prometí cuidarme para ti?
- Pero ha pasado tanto tiempo.
- ¿Qué son treinta años para el amor?
-E... e... e...
- No hables; ven, abrázame y bésame

Confundido por la inefable situación la abrazó. Mientras la estrechaba tiernamente, la mujer desaparecía entre sus brazos. Abrió los ojos y sólo encontró el vacío de sus esperanzas. Buscó en la frágil casa sin hallar más que débiles rastros de una antigua moradora. Desilusionado, fue a casa de su madre. Ella, mirando el horizonte, lo esperaba sentada en la vieja mecedora.
- Mamá. .. He vuelto.

La senil mirada por fin encontró al hijo esperado, estiró la mano y el rector se postró, sus ojos se anegaron mientras pedía perdón a lo que ella replicó: "Al buen hijo siempre se le perdona sus errores" y luego acarició las canas de su hijo. Como si fuera niño apoyó la cabeza en la falda de su madre y al ritmo de la mecedora se fue durmiendo. Cuando despertó la madre no estaba. La buscó, pero la casa se encontraba abandonada. Cargando las pesadas maletas pasó por el parque, al ver una piedra redonda evocó las infantiles voces: ¡pásala! ¡Pásala! Sonrió con nostalgia y se dirigió al cementerio mientras el azulino cielo lo miraba impaciente. Llegó hasta la tumba de su padre y luego de colocar algunas flores silvestre oró un instante.
Se iba a retirar cuando una cruz captó su atención, en ella estaba el nombre la fecha de deceso. ¡Mamá! Dijo con angustia culposa, dos lágrimas viajaron por su mejilla. Después de tantos años los tres estaban en una extraña y lastimera unión. Estuvo mucho tiempo arrodillado, luego tomó sus maletas y decidió volver: Mientras salía del cementerio veía los nombres en las cruces:

"Allí descansa el flaco, allá, Beto, en esa tumba el señor López... “quedó mudo, destruido por la misteriosa fuerza de un extraño huracán. En la cruz estaba el nombre de Alicia. Se arrodilló para limpiar el epitafio que decía:

"Mientras me quieras, te seguiré amando".

El viento se convirtió en terroso remolino y subió al cielo. Su corazón palpitó con infausto augurio. Caminó hasta que un dolor perforó su pecho, dobló la rodilla derecha y así quedó. Un extraño fenómeno ocurrió en ese momento, el remolino bajó y cubrió la región de polvoriento salitre finalmente murió a cien metros de la vieja carretera. Quienes van por la vieja carretera central han visto una especie de figura humana con dos objetos como maletas queriendo levantarse, esos son los restos del Rector a quien dieron por perdido y ahí quedó olvidado en una misteriosa región de la sierra.

Esquivel Blas, R. C.

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