AMIGO LÁPIZ - ESQUIVEL BLAS, R.C.


AMIGO LÁPIZ


Cansado, el lápiz amarillo duerme sobre un cuaderno. Antes de salir, el niño cegó al foco de la habitación. Todo quedó en penumbra. Afuera, el ojo del poste proyecta su luminosa lengua que ingresa por la ventana.

¡Snif! Se escuchó en el silencio. En la otra habitación Luis duerme.

Distante se oye el paso de los bomberos; algún niño se queda sin hogar.

¡Snif! Se escuchó nuevamente. Dos voluminosos libros despertaron.

- ¿Qué sucede? - preguntó el matemático.
- No sé. Parece que alguien llora -respondió el libro de gramática.

Un zancudo hambriento y sonoro voló sobre el lápiz y se perdió en el oscuro rincón.

- ¿Escuchaste eso?
- Sí - contestó el matemático.
- ¿Qué será?
- No losé.
- Es un díptero que se alimenta de sangre -dijo el libro de biología.
- ¿Qué significa díptero? - preguntó el matemático.
- Significa -intervino el gramático- que son insectos de dos alas.

¡Qué desgraciado soy! Se escuchó una voz. Los libros guardaron silencio.
¿Por qué lloras? Preguntó el libro de gramática al lápiz; mas la aflicción ahogó su respuesta ¿Por qué no respondes? Intervino el biólogo; pero el pequeño madero no podía evitar el sollozo. Mientras tanto, el cuaderno seguía soñando con el poema que Luis escribió para su difunta madre.

¡Despierta! Gritó el matemático.

- ¡Qué! ¡Qué! Despertó el conjunto de hojas.

Su reacción graciosa hizo que todos rieran. El zancudo se acercó para averiguar la causa de tal algarabía y se posó sobre el lápiz. Todos se bañaban con la amarilla lengua del poste. En la casa vecina un gato maulló. El insecto parecía cabalgar sobre el lápiz que, ya sosegado, explicó la causa de su desdicha.

- Qué infeliz soy.
- ¿Por qué?
- Yo era parte de un hermoso árbol de pino.
- ¿Qué te pasó?

Unos hombres crueles -dijo el lápiz- llegaron al bosque con terribles máquinas que, insensibles, talaban los árboles. Entre sollozos -agregó que en su dura caída, con desesperación pretendían sujetarse, mas, oh destino aciago, no podían. Luego de-su silencio agregó: no contentos con uso, acercaban silbando, cortaban las ramas y desnudaban al tallo, y luego.

... ¡Buuuaaaaa!"

Los libros escucharon con nostalgia pues también ellos provenían de un vegetal. El zancudo los vio: y quiso volar;' pero algo lo detuvo. En el cuaderno había un poema y un dibujo hermoso.

- ¿Quién hizo esta maravilla? - preguntó el díptero.
- El niño que apagó la luz -contestó el cuaderno.
- Sus manos son ágiles cuando se inspira. Mas por su culpa tendré que morir.
- ¿Por qué?
- ¡Sníf! -Sollozó el lápiz - por cada dibujo tendrá que decapitarme hasta que de mí no quede ni el recuerdo. Lo mismo les pasarán mis hermanos; como a mí, ros morderán, ros pisaran, los romperán, los ... ¡Snif! - ... ¡Snif!

Los libros empezaban a llorar. El zancudo imaginaba a los otros lápices maltratados, mordidos por nerviosos; niños; quebrados por crueles mano y finalmente olvidados en algún tacho de basura. Compungido, se puso a meditar. Una idea brilló en sus reflexiones.

- ¡Un momento! -Dijo.

Todos guardaron silencio. ¿Qué sucede? Preguntó el matemático enjugando sus lágrimas. El insecto dijo que el niño sería célebre. ¿Cómo lo sabes? Preguntaron todos y respondió que era por el sabor de su sangre. Ja, ja, ja, reía el biólogo; je, je, je, el matemático; ji, ji, ji, el gramático; ju, ju, ju, el cuaderno; jo, jo, jo, se escuchaba la risa del voluminoso diccionario desde el librero. El lápiz parecía sonreír. Pero el zancudo no se amilanó.

¿Acaso no se desvela estudiando? Preguntó con serenidad; todos dejaron de reír.
Se inició una tertulia. El diccionario narró que dos meses antes de su deceso la madre aconsejó a Luis mientras le ayudaba con su tarea; inclusive, le hizo prometer que sería un hombre de bien. Por eso es tan dedicado, dijo el cuaderno. "Amar a los padres' es seguir sus consejos" Intervino el filósofo que estaba al lado del diccionario.

- Además, es perspicaz -dijo el gramático.
- ¿Qué significa eso? - preguntó el conjunto de hojas
"Perspicaz -dijo el libro de palabras- es un individuo que tiene ingenio agudo". Al ver que no entendían, agregó que perspicaz es sinónimo de inteligente. El cuaderno entendió finalmente.

Extenso fue el coloquio que terminó al llegar la aurora. El zancudo tenía hambre; mas, esclavo del cansancio buscó un rincón para dormir. Los libros callaron. Cuaderno y lápiz se alistaban para salir.

Dos días después de esa charla, los párpados vencidos por el sueño cubrieron los ojos de Luis, tenía el rostro pegado al cuaderno. Un zumbido llegó hasta su mejilla. El zancudo bebía la sangre infantil.

"Luis" llamó el padre al ingresar. Su hijo tenía el lápiz en la mano. Se acercó y vio al insecto alimentándose de su niño. Al sentir peligro el díptero voló hasta la esquina del escritorio. ¡Maldito! Exclamó don Rubén y con furia dejó caer el diario sobre el insecto y la sombra llegó a él. ¡Paf! Sonó y el niño despertó ..

- Buenas noches papá -dijo, frotándose los ojos.

Al ver don Rubén el dibujo que su hijo había hecho, se llenó de orgullo y lo abrazó. Estirándose, Luis vio que el diario estaba manchado con sangre.

- ¿Qué pasó?
- Un zancudo.

Mientras el niño se aseaba el padre alistaba la cena. Era viernes, el pollo despedía su olor en diminutas moléculas. "Uhmm, que rico" -Dijo Luis trayendo los cubiertos.

Tomaron asiento y empezaron a saborear las papas fritas, la ensalada, la mostaza, el pollo, el sabor de la pimienta y de la sal, hasta los minutos pasaban unos tras otros devorando cada porción del suculento plato.

- Papá, saqué veinte en dibujo.
- ¡Excelente, hijo! Eres tan bueno como lo fue tu madre.

Era una de las mejores artistas, una madre ejemplar y una persona muy buena, dijo con triste voz. En el comedor había un autorretrato de la difunta: sus ojos destellan con ternura; su cabellera de sencilla elegancia adornaba su rostro pequeño, ovalado y lindo; sus labios ligeramente abiertos, con dulce sonrisa parecía decir "Por siempre los amaré". Luis no recordaba bien que fue en casa donde aprendió a dibujar, que en su primer cumpleaños su madre le puso un lápiz en la mano e hizo trazar sus primeras líneas que don Rubén guarda en un cajón.

Mirando a su hijo recordó los últimos minutos de vida de su esposa. Los médicos habían anunciado el triste desenlace. Todos los recursos se agotaron en su lucha contra el cáncer; pero la tirana e insensible enfermedad los empobreció y los privó de ella. Su rostro se había demacrado por el sufrimiento. Ese día, sus manos estaban muy frías por la cercanía de su noche eterna.

- No quiero ver tristeza en tus ojos.
- Te amo -dijo don Rubén sin contener sus lágrimas.
- Bien lo sé, lo has demostrado siempre.
- Te amo -volvió a decir y besó sus manos.
- Mírame -dijo ella- Sabemos lo que va a ocurrir; sólo lamento no quedarme para ayudarte con nuestro sueño.
- Sí, que Luis sea un buen profesional.
- Habla con él, aconséjale siempre. No lo descuides; promételo.
- Lo prometo.
- Que él decida su destino. Le agrada dibujar, por eso le dejo una caja con lápices.
- Es verdad, ayer me enseñó su lápiz favorito.
- Hazle recordar que con ese lápiz sólo debe hacer los primeros trazos y que su madre siempre lo querrá.
- Así lo haré.
- No lo olvides.

Luego que dijo estas palabras la señora sufrió un ahogo. Don Rubén llamó al médico pero nada pudo hacer. Estas imágenes lentamente se fueron alejando de su memoria.
En la mesa Luis recordaba los cuadros de famosos pintores y en su fantasía se imaginó como ellos. Su colección contenía revistas sobre las obras de Picasso, Leonardo, Rafael, Dalí, Rembrand, y otros. 

Pensando en ellas sentía fluir la inspiración por sus venas.

Alejaron sus recuerdos y, bromeando, terminaron la cena.

El huracán de experiencias llamado vida ha traído la hojarasca de los años. Luis es un joven vigoroso y notable promesa para la pintura peruana; Rubén, un padre orgulloso castigado por el látigo de la vejez. En cada concurso que ha participado estuvo presente su pequeño lápiz amarillo al cual guarda en un estuche transparente que tiene una inscripción.

"Sólo los primeros trazos" siempre le recuerda el padre y se ha convertido en su amuleto pues generalmente obtiene algún triunfo.

Cierto día la inspiración abrigó sus venas y movido por una alada sensación cogió su diminuto lápiz, trazó las líneas e inició el maravilloso cuadro que está a la entrada del Museo de Arte de Lima. En él, dos personas son observadas por el alma de una mujer. El adulto contempla el retrato de su difunta esposa; ella, en espíritu, lo abraza. La obra irradia compasión, piedad y nostalgia, en especial por la expresión de desamparo con que el niño observa el retrato de su madre. A pesar de la muerte, la unidad familiar, la proporción, el ritmo, la perspectiva y los colores maravillosamente combinados contribuyeron a que Luis obtuviera el primer puesto en el concurso que promoviera la Casa de la Cultura, la Escuela Nacional de Bellas Artes y la entidad financiera más prestigiosa del país.

¡Gané! ¡Gané! Ingresó gritando lleno de felicidad. Abrazó a don Rubén, quien henchido de emoción y orgullo estuvo a punto de llorar.

- Mira lo que gané.
- Qué dichoso soy, hijo mío. Ahora podrás comprar el automóvil que tanto deseas.
- No, papá. Este dinero es para tu tratamiento en la clínica.

Don Rubén se puso a llorar, su salud dependía de ese dinero.

- Gracias, hijo.
- No debes darlas. Fuiste buen padre, ahora me toca ser un buen hijo.

El momento de compensar el sacrificio había llegado. Por su creciente prestigio pronto se convirtió en uno de los pintores más cotizado del país; su trabajo se hizo intenso y el dinero no faltaba. Su nombre y su estilo viajaron a lejanas regiones. En su pequeño taller hizo innumerables bocetos que luego formarían parte del libro "Aprendiendo a dibujar" y fue tal la acogida que dos editoriales se disputaban el derecho de publicación. Así, en corto tiempo hizo una pequeña fortuna.

Cuando todo era prosperidad, el joven pintor partió a la eternidad. En un accidente automovilístico empezaría su partida. La colisión lo postró dos semanas en aguda agonía, finalmente dejó de respirar.

Durante los funerales un pintor amigo se acercó a don Rubén y le dijo:

- Luis me entregó esta nota para usted.

En ella, el joven pedía que a su deceso colocaran en su ataúd el lapicito que se encontraba en la caja de óleos. El anciano caminó acompañado por el amigo, ubicó al lápiz en un estuche transparente, luego lo colocó en la mande su difunto hijo. Todos se acercaban y leían la nota en el estuche:

"Siempre juntos, amigo lápiz".

Así partió Luis. Sus cuadros actualmente valen una fortuna. Muchos hablan de la nueva escuela: de la pintura peruana. En su sala, don Rubén se pasa los días conversando con su soledad y su tristeza, contemplando los autorretratos de la esposa y del hijo.

FIN.

Esquivel Blas, R. C.

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