UN DIABLO TÍSICO MUDANDO TEMPERAMENTO - RESUMEN - TRADICIONES CUSQUEÑAS DE CLORINDA MATTO DE TURNER


UN DIABLO TÍSICO MUDANDO TEMPERAMENTO


I
Antaño cuando el Perú estaba gobernado por la patriarcal autoridad de los Emperadores; diz que estos trabajaban por sí mismos en favor de los pueblos, y atendían de cerca las necesidades de los súbditos, cosa que, ogaño quedó para contado de indirecta al señor Presidente y máxime al señor Ministro.

Así pues, con todo ese entusiasmo que distinguió a los fundadores del imperio peruviano, emprendió uno de los Incas, aunque no sabré decir son fijeza cual de los antecesores de Atahuallpa, la obra de dotar la ciudad del Sol con una corriente de agua que, principando en los linderos de Chinchero, atravesase el Sacsay-Huamáil y descendiese a la plaza mayor por la parte más escabrosa, y para el efecto comisionó a los principales, Curacas encargándoles la inmediata vigilancia y realización de la apertura de una acequia ancha.
Al siguiente día de este mandato se encontraban diez mil indios, con sus respectivos Curacas o guardianes, ocupados en la obra que hoy demandaría proyectos, comisiones, vista de ojos, ingenieros norte-americanos, ingeniosos, y sobre todo, mucho, producto del guano de "Mauricio". Hallábanse en lo más árduo del trabajo los entusiastas operarios, cuando se presentó un personaje a hacer lo que muchas veces hacen nuestros Congresos: oponerse a la obra y pedir interpelaciones.

El presentado era un ser misterioso en cuyo semblante tísico ceniciento relumbraban dos ojuelos de gavilán, y cuya mirada producía el mismo efecto desagradable que hoy sentimos a la vista de un acreedor que rechaza los nunca bien despreciados billetes. Su voz tiple moribunda penetraba hasta la médula de los huesos, causando una horrible crispatura en los nervios de sus desgraciados escuchadores, dejándoles además una cosquilla de agujillas.

Y aquí punto, pues bástenos lo apuntado para que los lectores juzguen las demás cualidades del sujeto; y ahora repitamos lo que dijo dirigiéndose a uno de los Curacas, alzando lo mejor que pudo su desagradable vozarrona: Yo soy Ccorcca-Apu dueño y señor de esta comarca, y soberano de los montes y codilleras. Estas aguas que manos atrevidas quieren llevarse al pueblo donde abundan mis enemigos, son propiedad mía y nadie podrá arrebatármelas, pues una maldición lanzada por mi boca, bastaría para derruir la obra de tantos hombres. Ccorcca-Apu, respondió el Curaca interpelado: quien quiera que seas, yo te ruego en nombre de mi Soberano, que dejes pasar estas aguas y a trueque, pídeme lo que desees, que al punto satisfaré. -Condescender por tu Soberano, contestó Ccorcca-Apu: yo bien sé que el nombre de las autoridades justas y paternales es respetado hasta en el imperio del mal, y por ello cederé, mas a mi vez, también en cambio de una doncella perteneciente a la nobleza del reino. Estoy condenado a vagar víctima del enflaquecimiento y de una pasión maldita, mientras no respire el aire helado dé estas mis cordilleras, y goce de las caricias de una noble.

- Mañana la tendrás ¿qué no se puede en la vida?, ofreció el Curaca y se fue camino del Cuzco.

Allí sedujo a una pobre doncella india, hija segunda de Polli-Auqui Ttitu llamada Illa-Suya y quien se ofreció al sacrificio para reportar el bien dé la Patríá. El Curaca vistióla con ropas finas, adornóla con atalayas, llevó la donde Apu el que dándose por bien servido, dejó que la corriente de las aguas se precipitase por Sacsay 

- Huamán llegando a la plaza mayor.

II

Tres lunas habían recorrido la, esfera, cuando no sé merced a qué circunstancia, descubrió Apu que Illa Suya no pertenecía a la nobleza, y que había sido engañado por el Curaca.

En aquél momento lanza -una maldición cuyo eco repercutió en la montaña: el curso de las aguas varía su dirección para no correr más hacia el Cuzco: el Curaca recibe el castigo de su fraude siendo con vertido en un enorme peñón; y la infeliz Illa-Suya es condenada a vivir colgada por sus hermosas trenzas al tronco de un árbol!

La pobrecita imploró a su vez el auxilio de Pacha-Camac, sus lágrimas recibieron gracia delante de él, y Apir tuvo la misma suerte que el Curaca, quedando ella libre de su terco y cruel amante.

III

Hasta hoy se alzan, desafiando los tiempos, dos gigantescos peñones sobre la cima del cerro contiguo al Sacsay - Huamáfi, a los que, los descendientes de Manco designan con los nombres de Ccorcca - Curaca Ccorcca - Apu. Asimismo existe la acequia derruida por cuyas ruinas hemos paseado, y es fama que los jóvenes amantes iban a depositar sus quejas al lugar donde sufrió el cautiverio la desventurada Illa-Suya, cuyo amante según les conquistadores, diz fue un diablo tísico salido a mudar temperamento en la sierra del Rodadero, y que se volvió al averno después de aquella pequeña repunta.
Al menos, como tal lo consignó en un cartapacio don Miguel Antonio de la Coruña Soliz, y si falto al octavo, suya será la culpa; que yo, aquí me lavo las manos.

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