ASÍ PAGA EL DIABLO A QUIEN BIEN LE SIRVE - RESUMEN - TRADICIONES CUSQUEÑAS DE CLORINDA MATTO DE TURNER


ASÍ PAGA EL DIABLO A QUIEN BIEN LE SIRVE

I

Cuentan las crónicas empolvadas y a ellas me atengo; que en 1707 se alborotó la ciudad del sol con la aparición de un indio famoso brujo, perito en la nigromancia, la magia blanca y la adivinación en general, llamado el Rochino o Callapero y que tal era la fama de este oráculo de más nombradía que el de Delfos, que a él acudían hasta las personas tenidas por sensatas, y aún los españoles que sentían comezón en
¡Oh! los celos) Calderón de la Barca lo dijo: "el mayor monstruo son los celos", y en efecto, es monstruo que con su presencia ocasiona bullangas de espantosos resultados.

-Rochino, te daré todo el oro que me pidas, satisfaré tus exigencias, si es posible tus caprichos, pero dime la verdad por terrible que sea, exclamó Castro con todo el frenesí del hombre que ama deveras y deveras se siente celoso.

Serio e impasible el brujo ante la contemplación de aquel desesperado, pidió a don Francisco algunos datos respecto de la manera de vivir de la señora de sus sueños o pesadillas; luego tomó trece hojas de una yerba amarilla y seca, y dos piedrecitas planas, al centro de las que colocó las hojas y las iba pasando de un lado a otro, murmurando palabras vagas y misteriosas, sin dejar de levantar los ojos al cielo, y siempre que repetía una misma palabra, destrozaba una hoja" en medio de ambas piedras. Por fin, con la gravedad del que sentencia un acto decisivo y fatal, dejó oír su voz el brujo, para decir a su cliente.

-No sabes, que cuando una mujer entrega su corazón a un hombre, le ha entregado para siempre?
Ella ahogará -tal vez sus sentimientos entre las caricias de otro hombre, pero el amor primero es el único que vive. Ella amó a don Francisco de Unzueta antes que a ti, ella le ama ahora mismo, y... le amará siempre!

-Gracias, sabio varón, contestó Castro y salió arrojando sobre un pequeño banco de madera su bolsa de terciopelo carmesí con algunas onzas de oro.

II

La multitud de ideas contradictorias que cruzaba por la calenturienta cabeza de don Francisco, no es fácil concebir.

Su primer propósito había sido el de asesinaa aquella mujer .ingrata: pero ¿cómo vivir sin la mirada de sus ojos, cómo sin escuchar la armonía de su argentina voz?

Fuera de sí, casi loco, llegó a su habitación y tirando sobre la mesa su fino sombrero exclamó: ¡Don Francisco de Uzueta! ¡Ah tocayo! tú eres, y contra ti caerá la cuchilla de mi venganza. Más... conviene sosegarse.

Sin otras reflexiones tornó a coger su sombrero y salió en camino al palacio episcopal, y después de besar la mano del ltmo señor Dr. D. Juan González de Santiago, Obispo XIII del Cuzco, le pidió audiencia secreta.
El Obispo González era un varón ejemplar en virtudes, casi un santo, al menos, por tal lo tenían sus diocesanos, y en tratándose del sexo débil, ni nombrarlo quería huyendo de ellas impresionado por las palabras del Eclesiástico: "a lo mismo da tocar una mujer que tocar un escorpión". Uno de los suplicios a que lo condenaba al Obispo su cargo pastoral, era el tener de entenderse a veces con sus mortales enemigos; pero, era un santo, lo hemos dicho, y se ofrecía al sacrificio.

-Aquí, amado hijo nuestro en J. C., dijo el virtuoso Obispo conduciendo al señor de Castro a un gabinete escusado.

Allí, el Alcalde manifestó a su Señoría, la gravedad de las cuestiones de su superchería que se estaban ventilando - ante el juzgado eclesiástico, y el peligro que amenazaba a. todos los incautos, por estarse generalizando las consultas a los hechiceros y también el número de ellos.

-Ved, señor Iltmo, dijo Castro con todo aplomo, cuán graves van haciéndose estos males, cuando hasta los más notables y pertenecientes a la casa del Rey nuestro señor que Dios guarde, ejercen este oficio del diablo.

-A la casa del Rey? interrumpió el Obispo

-Como V. S, Iltma lo oye, allí, está el notario mayor don Francisco Unzueta que practica la superchería, haciendo caer en sus satánicos lazos a damas de virtud y nobleza, como doña Luisa de Mendoza y Cisneros.
 
-Don Francisco de Unzueta: doña Luisa de Mendoza y Cisneros! El Señor me ampare! repetía por tres o cuatro veces el timorato Dr. González, Y sacudiendo una campanilla de oro que se estaba silenciosa sobre una mesa, continuó en voz baja. Graves, gravísimos... hay que poner pronto remedio. Luego, dirigiéndose a Castro; le ordenó .permanecer en la vivienda en que estaba mientras tomaba la declaración a los acusados.
A la voz de la campanilla, se presentó un familiar que, ni joven, ni viejo, manifestaba ciega sumisión y respeto hacia su Obispo e inclinándose respetuosamente: mande S. S. Iltma dijo y escuchó.

-Id y traedme en este momento a don Francisco de Unzueta notario mayor de la ciudad y a la señora Luisa de Mendoza y Cisneros. Decidles que graves asuntos los llaman, y a ella, encargadle que venga con el traje más recatado, de modo que oculte su personal.

Don Francisco de Castro había comenzado un drama que debía convertirse en tragedia para su corazón. El no sabía aquellos dos verse sitos de Cervantes.

"Hay casos que es menor no meneallas, y mujeres bonitas que es mejor no iocallas".

III

Momentos después se presentó el familiar acompañado de los acusados. El Obispo les puso al corriente de los graves cargos que sobre ellos pesaban, y con la santa unción de las palabras del virtuoso les decía.

-Ante todo vuestras almas, hijos nuestros. Primero el alma que nada. Y el señor de Castro repetía en la alcoba -¿qué me importa mi a1ma si la pierdo a ella?

Unzueta y doña Luisa hicieron concienzudas protestas y rogarán al Obispo que les dijese quien era el acusador para echarle en cara la falsedad de sus palabras.

-Yo señora! dijo saltando colérico, ciego y celoso el señor de Castro, y poniéndose de un brinco entre el Obispo y los acusados.

- Entonces doña Luisa se dirigió al timorato Obispo atreviéndose a descubrir su hermoso rostro, y le dijo: Si señor, ahora recuerdo que es, verdad la hechicería de la que me acusa don Francisco de Castro. Ella está en mis ojos, en .mis labios, en mis mejillas, en mi cuerpo todo y en el amor que profeso a este generoso caballero don Francisco de Unzueta a quien os pido por esposo.

Y yo, Iltmo. Señor, dijo a su vez Unzueta, no he hecho más brujerías que la de amar y ser amado de esta bella maga que debe pertenecer ante el altar...

_ Azorado el timorato Obispo con semejante desenlace, apenas acertó a decir Ubinan gentium sumus?
La explosión habla sido de muerte para Castro, quien habría cometido un crimen digno de encomendar su cabeza a las manos del verdugo; pero su confusión y sobre todo la importante y altiva mirada de doña Luisa, solo le arrancaron Un juramento de terrible venganza.

El Dr. González aún los amonestó cortos momentos y después les dijo: Id todos en paz y que no se arme zizaña entre vosotros.

Salieron Unzueta y doña Luisa del Palacio Episcopal, con el propósito de preparar sus bodas, y Castro llevando en sus mi-entes la ejecución de su juramento. Al verlos el familiar que conocemos dijo a otro cleriguito joven: "Así paga el diablo a quien bien le sirve: y, como dice S. S. Iltma., de todas las hechicerías la más temible es la de una mujer hermosa".
Las verdades del familiar, no eran pues las de Perogrullo.

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