MIRA, GATO - CUENTOS INFANTILES


MIRA, GATO


Hubo, una vez, un hombre de modesta condición que se casó con una joven rica, pero con la promesa de que ella no trabajaría nunca y de que jamás le levantaría la mano.

De esta manera, el hombre tenía que trabajar de sol a sol, con días de lluvia o de viento, y cuando volvía al hogar tenía que ponerse a arreglar la casa, ejecutar la limpieza y, finalmente, poner las ollas al fuego y cocinar la comida.

Al comienzo, como es obvio, el hombre hizo alegremente sus tareas, y resignadamente después. Pero, por fin, se cansó de lo que hacía y comenzó a pensar, y con razón, que el hombre se casa para que la mujer atienda los quehaceres del hogar.

- Mientras yo trabajo como un buey, mi mujer sale de visita de casa en casa, sin preocuparse de cómo marcha la casa y cómo se atiza el fuego -pensaba él para sus adentros.

Un día, por la mañana, el hombre salió rumbo al campo, como siempre. Pero, antes de irse, se dirigió al gato, delante de su mujer:

-Óyeme, gato, perfecto haragán: Mientras tú pasas todo el día dormitando, yo me saco el alma en la tierra y todavía tengo que venir a mi casa a hacer el aseo y preparar la merienda, i Mira, gato! i Cuando vuelva, a la noche, deben estar barridas todas las habitaciones y lista la cena!

Si el gato entendió la amonestación de su amo, no lo sabemos. Pero sí que el engreído animal ni siquiera abrió un ojo; siguió ronroneando como si con él no fuera la cosa.
La mujer, que lo oyó todo, creyó que su marido estaba ya en vías de la locura. Pero no hizo nada por remediar la situación, de modo que cuando el hombre volvió por la noche, todo estaba como él lo había dejado. Ella, como siempre, salió a cumplir sus cotidianas visitas.

El hombre se enfureció y comenzó a gritar delante de su mujer y del gato. Y como éste no había obedecido sus órdenes, lo ató a la espalda de su esposa, y tomando un grueso cinturón de cuero" trenzado, le propinó soberana tunda al gato. El pobre animal maullaba a más no poder, y su mujer lloraba a más no escuchar. Le pedía se apiadara del gato, pues, cómo se le ocurría, decía, que el animal hiciera los trabajos caseros.

Pero el hombre seguía descargando inmisericordes golpes sobre el lomo del pobre gato y, de paso, sobre la espalda de su mujer. Tanto lloró y suplicó ella, que el marido dejó de pegarles, pero con la condición de que su mujer haría todos los quehaceres encomendados al gato.

Al día siguiente, cuando salió su marido, después de encomendarle al gato todos los trabajos, la mujer se fue a la casa de su padre para contarle lo brutal que era su esposo.

Pero el padre, en vez de apoyarla, y entendiendo lo que se proponía su yerno, la envió de nuevo a su hogar, diciéndole que toda buena mujer debe estar atendiendo a su marido.

Cuando el hombre regresó del campo, se encontró con la grata sorpresa de que todo estaba en orden, la casa barrida, los muebles limpios y de la cocina salía un olorcillo agradable del guiso que se cocinaba.

Marido y mujer comieron con grandes muestras de complacencia y dicha, mientras el gato, el pobre animal, les guiñaba un ojo entre sus intermitentes ronroneos.
La esposa haragana se convirtió en una mujercita hecha y derecha, amante del hogar y tan excelente ama de casa, que no habla quién la igualase en toda la comarca.

Fuente: Coquito

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