LA PREGUNTA - CUENTOS SOBRE PREGUNTAS


LA PREGUNTA

Una vez, un rey musulmán envió a cobrar tributo a los cristianos de una provincia de su dominio. Los cristianos consultaron con sus monjes si no habría medio alguno de evitar el pago, ya que ese año las cosechas fueron escasas.

-Iré a la corte del rey musulmán -dijo uno de los monjes consultados- y le diré que estamos listos a pagar el tributo, siempre que uno de sus visires conteste a la pregunta que yo le haré. Y como la pregunta es difícil, es casi seguro que no pagaremos nada.

Los cristianos se mostraron de acuerdo y el monje se puso en camino, cargando una gran bolsa que contenía el tributo y unos regalos para el rey, Cuando el monje estuvo en presencia del rey, se postró a sus pies, le entregó los obsequios y le dijo:

- Señor: los cristianos estamos prestos a pagar el tributo, a condición de que uno de vuestros visires responda a la pregunta que le haré: pero si nadie responde, no toméis a mal que me vuelva sin pagar un céntimo.

- De acuerdo -dijo el rey-. Tengo en mi corte hombres muy sabios, y muy difícil habrá de ser tu pregunta para que no la conteste ninguno.

- Cristiano. ¿Cuál es tu pregunta? -dijo el rey cuando sus visires estuvieron presentes.

Entonces, el monje les presentó la palma de su mano derecha con los dedos hacia arriba y, a continuación, señaló con los mismos hacia tierra.

- Adivinad -dijo- lo que esto significa, Tal es mi pregunta.

- En cuanto a mí -dijo el rey-o me doy por vencido.

Los visires se pusieron a pensar, pero por mucho que repasaron en su memoria los versículos del Corán, no supieron hallar la respuesta que demandaba el monje. Todos guardaban penoso silencio, cuando un esclavo, indignado de ver a tan altos personajes en tan incómoda situación, se adelantó hacia el rey, y dijo:

- Señor, no había necesidad de reunir aquí a tanta gente para tan poca cosa, Que el monje me haga a mí la pregunta.

El monje volvió a presentar la mano abierta, con los dedos hacia arriba, El esclavo, por su parte, le mostró la mano izquierda con el puño cerrado. El monje bajó, entonces, los dedos hacia el suelo, a lo que el esclavo contestó abriendo la mano y levantando en alto los dedos. El monje, satisfecho de la respuesta, sacó de la bolsa el dinero del tributo, lo entregó al rey y se retiró.

El monarca, muerto de curiosidad, preguntó al esclavo lo que significaban todos aquellos extraños ademanes.

- ¡Oh, rey! -respondió el esclavo-. Cuando el monje me presentó la mano abierta, quiso decir: “Te vaya dar una bofetada que te hará ver las estrellas”, Yo cerré entonces la mano para darle a entender que si me daba la bofetada, le pegaría un puñetazo. Después, cuando bajó la mano y dirigió los dedos hacia el suelo, quiso decir: "Está bien, si me das el puñetazo, te derribaré a mis pies y te aplastaré como a un gusano". A lo que yo respondí, levantando los dedos y la mano: "Si me tratas así, te lanzaré por los aires, tan alto, que te devorarán las águilas' antes de que llegues a tierra". Como veis, señor, el cristiano y yo nos hemos entendido perfectamente por señas.

El rey, encantado de tener, un esclavo tan sabio, extrajo de su bolsa quinientos cequíes y se los ofreció, diciendo:

- Toma este oro, pues a ti te debo que los cristianos hayan pagado el tributo.

Por la noche, el rey contó a su esposa lo sucedido. Esta, que poseía una gran claridad de juicio, escuchó al rey con mucha atención, pero antes de que hubiera acabado su relato, se dejó caer en un diván con un ataque de risa.

- Va sabía yo -le dijo el rey- que lo encontradas muy divertido.

- Lo más divertido es el modo con que el esclavo se ha burlado de todos vosotros -replicó ella, todavía risueña.

- Lo que me decís no es posible -repuso el rey, amoscado.

- Enviad por el monje y os convenceréis - alegó ella.

El rey envió a buscar al monje. Pronto éste estuvo en presencia de los soberanos.

-Cristiano - le dijo la reina-, nuestro esclavo ha comprendido, el sentido de vuestros gestos, pero queríamos que nos los explicáseis vos mismo.

- Majestad -dijo el monje- cuando mostré mis dedos hacia arriba, quise preguntar al esclavo: "¿Crees que las Cinco oraciones que rezáis diariamente los musulmanes, llegan a Dios?" Entonces, vuestro esclavo me ha presentado el puño queriendo decir: "Sí lo creo y estoy dispuesto a sostenerlo por la fuerza", Al bajar mis dedos, le he vuelto a preguntar:

"¿Por qué la lluvia cae del cielo a la tierra?" Y él me ha contestado, muy bien, poniendo los dedos hacia arriba: "Para hacer crecer la hierba".

Al o ir al monje, la reina volvió a tener otro ataque de risa. El esclavo conservó sus, quinientos cequíes, pues su treta había obligado a los cristianos a pagar el tributo.

(DEL FOLCLORE TURCO)

Fuente: Coquito

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