LA NIÑA DE LA VIRGEN - CUENTOS INFANTILES


LA NIÑA DE LA VIRGEN


En una miserable cabaña del bosque, vivían un labrador con su mujer y su hijita de tres años.

Tan pobres eran, que a veces no tenían un pedazo de pan para saciar el hambre de la niña. Más, cierta mañana, el leñador se encontró con una hermosísima dama, vestida con un manto azul y con una corona de brillantes estrellas que aureolaban su cabeza. El hombre le preguntó quién era.

- Soy la Virgen María -le contestó la dama-. Corno eres tan pobre, me llevaré a tu hijita y la cuidaré como madre.

El leñador, con anuencia de su mujer, entregó su niña a la Virgen, y ésta se la llevó al cielo. Allí la niña comía muchas golosinas, bebía rica leche y, lo que era más hermoso, jugaba con los angelitos.

Luego de un tiempo, la Virgen llamó a la niña y le dijo:

- Querida pequeña: como tengo que ausentarme, te voy a dejar encargada de las trece llaves del cielo. Tienes permiso para que abras doce puertas y contemples lo que tras ellas existe, pero te prohíbo abrir la número trece. Esta llave más chica es la de esa puerta; pero ten cuidado en no abrirla.

La niña prometió ser obediente y cuando la Virgen se marchó, empezó a visitar las estancias del cielo. Cada día abría una puerta y contemplaba un maravilloso trono resplandeciente, en el cual había sentado un apóstol. La niña quedaba absorta ante tanto esplendor, y los angelitos que la acompañaban sonreían.

Sólo le quedaba abrir la puerta número trece, pero, acordándose de las palabras de la Virgen, se contenía. Sin embargo, curiosa, no pudo resistir la tentación, y dijo a los angelitos:

- No la abriré del todo, ni entraré; sólo quiero entreabrirla para mirar por un resquicio.

- ¡No, no! -exclamaron los angelitos-. Lo ha prohibido la Virgen, y tu desobediencia te traerá desdicha.

La niña calló, pero la curiosidad no le daba paz. Y cuando los angelitos se marcharon, pensó:

- Ahora que estoy sola, voy a mirar un poquito; entreabriré la puerta, echaré una ojeada y la volveré a cerrar.

Sacó la llavecita, la introdujo en la cerradura y la puerta se abrió. Pudo ver, tras ella, a la Santísima Trinidad en su trono, aureolada por cegadora luz. La niña quedó perpleja un instante; luego, tendió su dedo para tocar aquel resplandor y el dedo se le volvió de oro. Al momento, sintió una dolorosa inquietud en su corazón, y éste se puso a latir con tal fuerza, que parecía iba a saltársele del pecho. Cerró la puerta, pero su desasosiego no desapareció.

A poco, volvió la Virgen María de su viaje. Llamó a la niña y le pidó las llaves del cielo. Ella se las dio, y la Virgen, mirándola a los ojos, le preguntó:

- ¿No has abierto la última puerta?

-No. Virgencita – respondió, temblando, la niña.

La Virgen púsole la mano en el pecho, y, por el loco latir de su corazón, comprendió que la niña mentía.

- ¿De verdad, no lo has hecho? -volvió a preguntarle.

- ¡No, Virgen Santa! -reiteró la pequeña.

Entonces, la Virgen se fijó en el dedo que a la niña se le habla vuelto de oro, y le preguntó, de nuevo:

- ¿De verdad, no la has abierto?

- ¡De verdad! - mintió la niña, por tercera vez.

A esto, la Divina Madre de Jesús, con expresión de infinita tristeza en su bello rostro, dijole:

- Me desobedeciste y. además, has mentido. No eres digna de quedarte en el cielo.

Tras estas palabras, la niña se durmió y, al despertar, se encontró en la Tierra, en medio de un bosque. Quiso gritar, pero de su boca no pudo salir sonido alguno. Se levantó de un salto y quiso correr, pero las zarzas se lo impidieron. Vio que era inútil querer salir de ese lugar. Entonces, al verse tan sola y recordar a los angelitos con quienes había jugado, lloró sin consuelo. Sintió frio y se cobijó en el hueco de un tronco centenario. ¿Cuánto tiempo pasó allí? ... Tuvo que alimentarse de frutos silvestres, sus vestidos se convirtieron en jirones, y el cabello le creció tanto, que le ocultaba todo el cuerpo.

Cierto día, oyó el sonido de un cuerno de caza y, a poco, vio a un caballero que se acercó a ella. Aquel se detuvo sorprendido ante la muchacha, pues venia persiguiendo un ciervo.

-¿Quién eres? -le preguntó - . ¿Y cómo es que te encuentras en esta soledad?
La muchacha no poda hablar. Entonces, el caballero - que era el rey de aquellos dominios- le volvió a preguntar:

- ¿Quieres venir conmigo, a mi palacio?

La muchacha movió afirmativamente la cabeza y, poco después, llegaron al palacio, donde el rey hizo que la vistieran con los más lujosos atavíos. Así, la natural belleza de la muchacha se realzó tanto, que el rey la hizo su esposa.

Pasó .un tiempo y la reina tuvo un hijo tan lindo, como un angelito de aquellos con los que jugaba de niña. Cierto día, se hallaba acunándolo con todo cariño, pero muy triste, porque no podía cantarle una canción para arrullarlo, cuando se le presentó la Virgen Marta. y le dijo:
- Si confiesas que abriste la puerta prohibida, te devolveré el uso de la palabra. ¿No es verdad que lo hiciste?

La reina contestó diciendo que no. con la cabeza. Entonces, la Virgen tomó el niño en brazos y subió al cielo con él.

Al saberse, al d la siguiente, la desaparición del niño, corrió entre el pueblo el rumor de que la reina era una ogresa. Ella no podía defenderse, pues estaba privada del habla, pero el rey la queda tanto, que no hizo caso de aquel rumor.
Al año siguiente, la reina volvió a tener otro niño. De nuevo se apareció la Virgen y le dijo:

- Confiesa, hija, que abriste la puerta prohibida y te devolveré tu primer hijo y, con él, el uso de la palabra.

La reina negó, de nuevo, y entonces la Virgen volvió a subir al cielo con el niño en brazos. Con esto, los rumores del pueblo fueron tan intensos, que los consejeros de la corte pidieron se juzgase a la reina; pero como el rey la queda tanto, ordenó que no se hablase más de ello.

La reina dio a luz por tercera vez, ahora una niña muy bella. De nuevo, se le apareció la Virgen para preguntarle si habla abierto la puerta prohibida y, por tercera vez, negó la soberana.

Cuando, a la mañana siguiente, supo la nueva desaparición, el rey no pudo oponerse a los clamores del pueblo contra la reina. Esta fue condenada a morir en la hoguera. Se alzó la pira y ella fue atada aun poste, en medio de la fogata. Las llamas ya empezaban a quemarle la ropa, cuando la reina, a impulsos de su remordimiento, pensó; "¡Ay, si al menospudiera confesar, antes de mi muerte, que fui yo quien abrió la puerta prohibida!", Apenas plasmó este pensamiento, se abrieron sus labios y recuperando el habla, pudo exclamar, mirando al, cielo:

-¡Si, Santísima Virgen! ¡Yo abrí la puerta prohibida!

En ese mismo instante se rasgaron las nubes y una torrencial lluvia apagó las llamas de la hoguera. Un vivísimo resplandor cruzó el firmamento, y ante la reina apareció la Santa Madre de Jesús con la niña en brazos y los otros dos niños asidos a su traje azul.

-Quien se arrepiente y confiesa su pecado, merece perdón -dijo la Virgen; con su dulce voz, y devolviéndole los tres niños a su madre, volvió a desaparecer, en medio de vivísimos relámpagos.

Fuente: Coquito

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