LA LUZ DE LA TIERRA - CUENTOS INFANTILES


LA LUZ DE LA TIERRA



Hubo, una vez, una casa tan grande y tenebrosa, que nadie se atrevía habitar porque corrían muchos rumores acerca de su embrujamiento.

El dueño de casa tuvo que ofrecer un premio a quien pasase toda una noche dentro de ella. Por el señuelo, muchos valientes de la comarca se atrevieron a pasar una noche; pero todos huyeron despavoridos al oír una voz cavernosa, que decía:

- ¡Alumbradme, por favor!

La casa continuaba deshabitada, con el natural perjuicio para el dueño, pues el edificio iba deteriorándose por falta de limpieza y cuidados. Pero, por fin, un buen día, llegó una mujer con su hijo, un listo muchacho de unos diez años de edad.

Eran muy pobres y tenían que dedicarse a pequeños trabajos, como recoger leña, limpiar los establos, mudar y dar de beber al ganado, vender artículos de primera necesidad, etc.

Cuando anochecía, empezó a llover a cántaros, con truenos, relámpagos y rayos, amén del fuerte viento que hacía crujir las puertas y ventanas y doblegarse los más robustos árboles. Al llegar la noche a su plenitud, el viento ululaba por entre los riscos enhiestos, y el ganado lanzaba sus inquietantes gritos.

Ante este desalentador cuadro, la mujer temió seguir su camino. Se puso a pedir albergue para ella y su hijo, pero nadie quiso cumplir con esa obra de misericordia. Hasta que un hombre le dijo, en tono de broma, que el dueño de la casa abandonada le cedería gustoso el hospedaje.

La mujer acudió al dueño de la casona y éste accedió de buen grado y madre e hijo se instalaron allí. Cuando comían su mísera cena, oyeron una voz suplicante:

-¡Alumbradme, por favor!

-Anda, hijo mío -dijo la madre-, toma este velón y dale luz.

El chico, obediente a las órdenes maternas y sin temor alguno, cogió el velón y, cruzando varios aposentos, llegó a un vasto salón, donde estaba sentado un anciano con un voluminoso libro en las manos.

-¿Ha pedido luz, señor? - preguntóle, comedido, el niño.

-¡Sí, por favor! Acércate y alúmbrame hasta que haya terminado de leer este libro.

El muchacho se acercó sin ningún reparo y alumbró al anciano mientras éste leía sin descanso. Pasaron las horas y el viejo seguía leyendo, mientras el niño se divertía observan- do las más increíbles formas que la oscilante luz del velón proyectaba en el artesonado techo. Por fin, exhalando un profundo suspiro, el anciano cerró el libro y dijo al niño.

- ¡Gracias, buen niño! Gracias a ti, he podido cumplir la penitencia que me impusieron. Debía leer este libro a la luz terrenal que me ofreciera una persona de buena voluntad. Tú has sido esa persona, y, en agradecimiento, te dejo todo el oro que hay en el baúl que está debajo de la mesa.

Osciló la luz del velón, parpadeó el muchacho y cuando volvió a abrir los ojos, vio que el anciano había desaparecido.
Fue en busca de su madre y le contó todo.

Madre e hijo fueron al salón donde hubo ocurrido la escena del anciano. Vieron que, en efecto, debajo de la mesa había un enorme baúl antiguo. Lo abrieron y, ¡oh, sorpresa!, estaba lleno de relucientes monedas de oro.

Con el tesoro compraron una cómoda y bonita casa; muebles, ropa y calzado en abundancia, y el niño fue a la escuela a recibir los dones de la educación. En la casa dispusieron varias piezas para albergar a los peregrinos que, como ellos, habrían de pedir hospedaje en sus andanzas de esta vida.

(DEL FOLKLORE PORTUGUES)

Fuente: Coquito

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada