GRISÉLIDA - CUENTOS INFANTILES


GRISÉLIDA


Hubo, una vez, un rey que sentía una rara aversión a las mujeres, y por eso se negaba rotundamente a casarse, a pesar de los consejos de sus cortesanos, que le hacían ver la necesidad de asegurar la sucesión en el trono.

El soberano afirmaba que, por desgracia, no había una mujer enteramente dócil, abnegada, hábil y bella como él deseaba.

Estando de caza un día, al perseguir con empeño un ciervo herido, halló en el bosque, sentada al pie de un árbol, a la más bella criatura que jamás había soñado. Esa beldad era una humilde pastorcilla de mirada tan dulce, que el rey, olvidando su antipatía por las mujeres, se enamoró locamente de ella.
En los días sucesivos, visitó a la zagala que se llamaba Grisélida quien vivía con su padre en una cabaña. Tantas virtudes apreció el rey en ella, que decidió casarse y, poco tiempo después, tuvo lugar la boda.

En el enlace, Grisélida lucía bellísima con sus atuendos de novia, y el pueblo, cayendo bajo el dulce encanto de la joven, la aclamó con fervoroso entusiasmo.
Al año, la feliz pareja tuvo una niña tan linda como su madre. El rey se sintió muy dichoso al admirar el precioso fruto de su matrimonio. Pero, al poco tiempo se despertó en el monarca su antigua aversión por las mujeres, y le dio por pensar que todo lo que hacía Grisélida era falso. Mas, como la conducta de la reina era intachable, para acallar sus escrúpulos, se dijo:

- La someteré a las más duras pruebas, y así comprobaré si su virtud es firme o fingida.

Y, en forma insensata, separó a Grisélida de su hijita y le ordenó le devolviese todas las joyas que le había dado. Grisélida sufrió mucho, como es obvio, pero se sometió humildemente a tan crueles órdenes y siguió dando a su esposo el mismo trato dulce y diligente.

El rey apreció que la humildad se hallaba muy arraigada en el alma de su mujer; se sintió íntimamente satisfecho, pero sólo para sus adentros. Luego, sometió a Grisélida a una segunda y más dura prueba: Dijo a su mujer que el pueblo no estaba contento de tener por reina a una antigua pastora; por lo que se veía obligado a contraer un nuevo enlace con una princesa. Que ella debía dejar el palacio y regresar a su humilde cabaña del bosque. Grisélida, sin proferir un reproche y junto con su anciano padre, retornó a la pobre cabaña del bosque. La santa y humilde mujer sufrió lo indecible al verse separada de su esposo y de su hijita, a quienes amaba tiernamente. Volvió a realizar los rudos trabajos de sus primeros años, hasta que, pasado un tiempo, se presentó un día ante ella el rey y su comitiva. Cogiéndola tiernamente de la mano, exclamó:

- Nobles caballeros: tenéis por soberana a la mujer más virtuosa, y quiero que la honréis como se merece. Y tú, mi buena Grisélida, esposa mía, perdóname que para probar tu virtud te haya sometido a tan duras pruebas; pero te prometo, que, en adelante, serás la reina más respetada y la esposa más amada.

Así fue, en efecto, y la abnegada Grisélida gozó con su linda hijita del amor, el respeto y la admiración de su esposo.

Fuente: Coquito

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