EL SOLDADITO Y LA BAILARINA - CUENTOS INFANTILES


EL SOLDADITO Y LA BAILARINA


Pepita deseaba tener, entre sus juguetes, unos coloreados soldaditos de plomo. Se imaginaba alinearlos y hacerlos formar como aquellos soldados del cuartel frente a su casa.

El cielo escuchó sus anhelos, pues su padrino le regaló en su cumpleaños una grande caja de soldaditos de plomo.

Con la ansiada caja en sus manos, subió anhelante a su dormitorio y allí solo, abrió la caja como en un acto ritual.

Entre papel verde de seda, había soldaditos de vistosos uniformes, todos relucientes, con su fusil brillante: al hombro.

Pero, ¡oh, desgracia!, entre tanto soldadito apuesto, había uno, solamente uno, al que le faltaba una pierna.

- ¡Qué pena! -dijo Pepito-. Tan bonito soldado, pero cojo… ¡En fin, hay que contentarse con lo que Dios nos da!

El niño tenía muchos juguetes: un osito de felpa, con sus redondos ojitos negros; un mono de cuerda, que daba chillidos y pequeños saltitos; un payaso, que daba volantines y hacía piruetas alrededor de una barra de acero; una locomotora, con sus rieles; una caja de sorpresas y una bailarina de cera, con su faldita plisada de papel.

Pero ahora prefería a sus brillantes soldaditos de plomo, y con ellos jugaba a los desfiles y a la guerra.

Hasta que, un día, sopló una ráfaga de viento, la cual hizo volar hacia adentro a la cortina de la ventana, se enredó en el soldadito cojo y al regresar arrastró consigo a éste, haciéndolo caer por la ventana al pavimento de la calle.

Pepito descendió aprisa las escaleras, para ver si podía recuperar a su soldadito cojo. Este había caído sobre un montículo de arena, y como cayó de cabeza, se enterró hasta la rodilla, apareciendo sólo la única pierna.

El niño no advirtió a su soldadito, por más que buscó en la calle. Y regresó a su cuarto, todo entristecido. Su pena era compartida por la bailarina de cera, pues ésta se acordaba de la insistente y dulce mirada de los ojos del soldadito.

Unos niños que iban a la escuela, notaron la pierna del soldadito, que sobresalía del montículo de arena. Levantaron al soldadito, le limpiaron la arena y vieron que era muy hermoso, pero cojo.

-¡Es un soldado cojo! -dijo, con desprecio, uno de los niños-. Seguramente que en la fábrica se olvidaron de ponerle la pierna izquierda. Así no vale nada, porque un soldado no debe ser manco ni cojo. ¡Dejémosle aquí, enterrado!

-¡NO, no! -exclamó otro niño-o Hagámosle navegar, aunque éste no sea un marinero.
Hicieron un botecito de papel, colocaron dentro de él al soldadito de plomo y pusieron al bote en una acequia canalizada. Por cierto, el soldadito no se sintió tan desdichado al verse navegante en un bote, aunque fuera de papel. Tal vez iría a parar, pensaba, a una extraña isla, donde alguien, compadecido, lo sacara del bote y lo acogiera en su hogar.

-¡Un hogar, sí! -exclamó el soldadito. y, sin saber por qué, se acordó de la bailarina de cera, que solía mirarlo con sus enormes ojos negros.

El barquito iba navegando aguas abajo, hasta que llegó a una alcantarilla, y por ésta siguió hasta el mar. El bote se deshizo en el salto del chorro de agua, y el soldadito cayó de pie -con su único pie- al fondo del mar.

Los peces de diferentes colores y tamaños se asustaron al ver aquel extraño objeto brillante. Como no sabían qué cosa era, fueron donde una corvina adulta y sabia, para que ella les dijera lo que deseaban saber.

La vieja corvina, por más que trataba de descifrar este enigma, no pudo decir qué podía ser aquello que brillaba tanto, y, para tratar de disimular su ignorancia, se tragó al soldadito de un solo bocado.

El soldadito penetró a una zona más oscura que la alcantarilla. Eran los intestinos de la corvina, que no pudieron digerir la masa de plomo del pobre soldadito.

- ¿En qué parará todo esto, Dios mío? -dijo, afligido, el soldadito-. Creo que esta vez será mi fin... -y, sin querer, volvió a acordarse de la linda bailarina de cera.

En eso, unos pescadores echaron su red al mar, y junto con otros peces, pescaron también a la vieja corvina que se había tragado al soldadito.

La corvina fue vendida en el mercado a una cocinera.

Esta, una vez en su cocina, abrió al pez con un enorme cuchillo, y, ¡oh, sorpresa!, encontró en su vientre al soldadito de plomo.

-¡Qué parecido a los soldados que tiene Pepito! -ex- clamó la cocinera-. ¡Y qué coincidencia! ¡También le falta una pierna!

La mujer lavó bien al soldadito, lo puso sobre la mesa y fue a dar la noticia a Pepito. Este bajó corriendo a la cocina, y enorme fue su emoción cuando comprobó que el soldadito extraído del vientre de la corvina, era, precisamente, su perdido soldadito cojo.

- ¡Papá! ¡Mamá! -gritó Pepito-. ¡Miren a mi soldadito cojo, cómo ha aparecido dentro del vientre de un pez!

Los padres del niño y la servidumbre, no dudaron que aquello no podía ser otra cosa que un milagro...

Pepito llevó a su soldadito cojo al cuarto de sus juguetes. AII í estaban el oso de felpa, el mono, el payaso, el tren con sus rieles y, lo que más le emocionó, fue la bailarina de cera, que miró al soldadito con los ojos llenos de lágrimas. La bailarina estaba puesta sobre la mesa de la chimenea y parecía girar sobre un solo pie.

Apenas salió Pepito de la habitación, el soldadito cojo y la, bailarina de cera se dirigieron una amorosa mirada. Deseaban hablarse, decirse muchas cosas, incluso abrazarse: pero pensaron que los juguetes sólo pueden cobrar vida a partir de la media noche. Esperaron, pues, la hora precisa.

Cuando el reloj tocó las doce campanadas, comenzó la fiesta para los juguetes. El soldadito fue saltando sobre su único pie hacia la bailarina de cera. Esta lo miró con sus bellos ojos negros, y le sonrió.

Se dieron un fuerte abrazo y avanzaron al centro de la habitación, se sentaron en el suelo y el soldadito le relató todas las aventuras que había pasado. Cuando terminó la narración, vio que la linda bailarina derramaba lágrimas...

- No llores, mi linda bailarina, que te estropeas los ojos.

- Lloro de alegría, mi pobre soldadito. Yo creí que nunca volvería a verte...
En tanto, los demás juguetes seguían su fiesta, .celebrando con un baile, la vuelta del soldadito cojo.

Fuente: Coquito

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