LA BATALLA DEL CID - RESUMEN


LA BATALLA DEL CID

El resto del día y toda la noche se pasaron velando las armas, y en cuanto despuntó el sol, preparado ya mío Cid y todos los suyos para probar esta suerte desesperada, dispuso las últimas órdenes en el patio de armas.

- Todos saldremos fuera. Que nadie se quede atrás. Si morimos en el campo para nada necesitaremos el castillo. Si vencemos nos haremos más ricos y fuertes. En cuanto a mi enseña, tomadla vos, Pedro Bermúdez. Como sois bravo sé que la conduciréis con honor. Mas, no os adelantéis con ella si yo no lo mando.

Pedro Bermúdez besó la mano al Cid. Tomó la enseña, abrieron las puertas, y todos a una salieron del castillo. Al verles, los centinelas enemigos corren al campamento para dar aviso. El ruido de los tambores hace vibrar la tierra. Con gran rapidez se aprestan los moros a la batalla. Al frente de ellos se apresuran las dos grandes banderas de los emires. Al iniciar el avance contra el Cid, parece que se van a tragar la tierra.

- Manteneos todos firmes en este lugar – ordenó el Cid –. Que nadie rompa la formación hasta que yo lo mande.

Pero, Pedro Bermúdez no se puede aguantar. Bandera en mano, espoleando furiosamente a su caballo, se arranca hacia adelante a los gritos de:

- ¡Dios nos valga, Cid Campeador! Voy a meter vuestra enseña en aquel gran grupo de cabeza. Quien deba protegerla, allí podrá defenderla.

“Deteneos”– le gritó el Cid, pero no le llegó por respuesta más que el eco de un “¡Allá voy!” con el que Pedro Bermúdez se abrió paso ante el estupor de todos, cruzando su espada contra los monos que alcanzaban a herirle, pero no a quebrantar su loriga y menos a arrebatarle la enseña. Así era como peleaba Pedro Bermúdez.

“¡Valedle, por caridad!” – gritó el Cid desenvainando la espada. Los escudos sobre el corazón, las lanzas en ristre, colgando los pendones que pronto habían de volar, todos inclinados sobre el arzón, arrancaron como un solo hombre contra los monos. Delante de todos va gritando el Cid:

- ¡Heridlos, caballeros! ¡Por el amor de Dios! ¡Yo soy Ruy Diaz, el Cid Campeador de Vivar!

Todos entran como punta de lanza, allí donde se debate Pedro Bermúdez. Son trescientas lanzas, todas con pendón, las que trescientos moros matan, y a otros tantos derriban al revolverse en pos de la bandera.

Aun viéndolo, cuesta de creer. En medio del fragor, tantas lanzas se ven subir y bajar, tanta adarga romper y atravesar, tanta loriga quebrantar, tantos pendones blancos resurgir rojos de sangre, tantos buenos caballos piafar sin jinete, que viéndolo desde fuera no puede menos que sobrecogerse el ánimo, y a los gritos de Mahoma y Santiago, no extrañan los lamentos de los heridos y los cuerpos de más de mil trescientos moros muertos a poco de iniciarse tan singular combate.

Mas, por singular, no sorprende la fuerza de aquellos seiscientos hombres cuando se ve lidiar a mío Cid Ruy Díaz, que por algo es afamado Campeador, y a Minaya Álvar Fáñez que ya se había distinguido en Zurita y no les quedan a la zaga Martín Antolínez al que aún le iba mejor la refriega que el ardid, y Martín Muñoz que ya mandó en Mont Mayor, y Álvar Álvaroz, lo mismo que Álvar Salvadórez y Galín García, el buen aragonés, y Félix Muños, digno sobrino del Campeador. Con tantos y tan buenos jefes, los hombres del Cid se multiplican por tres, y la enseña del Campeador prende en el enemigo como fuego en chabasca.

A Minaya Álvar Fáñez le han matado el caballo. Acuden en su socorro los cristianos. La lanza quebrada, la espada en mano, aguanta a pie firme repartiendo mandobles. Viéndole tan apurado, mío Cid, Ruy Díaz el castellano, acercóse a un gerifalte enemigo que montaba buen caballo, y diole tal mandoble con el brazo derecho que lo partió en dos por media cintura. Echó al campo el otro medio, y fue a socorrer a su lugarteniente.

- ¡Cabalga, Minaya, que vos sois mi brazo derecho! Hoy os necesito más que nunca. Los moros aún aguantan firmes y no parecen dispuesto a dejar el campo. Será menester que los acometamos de nuevo.

Montó Minaya, y abriéndose paso a través de las fuerzas enemigas va derribando a todos los que alcanza. En tanto, mío Cid, el nacido en buen hora, viendo cerca al emir Fáriz, se lanza contra él. No acierta en los dos primeros golpes, pero lo consigue en el tercero, y el emir, que siente bien asestado el golpe y ve resbalar la sangre bajo la loriga, vuelve grupas para huir del campo. Por aquel golpe, quedó decidida la batalla.

(Poema del Mío Cid. Versión de Borja de Arquer)

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