EL ORO PERDIDO


EL ORO PERDIDO

Hace muchos años atrás, ocurrió esta historia en un pueblito llamado Manzanayo que nunca había llegado la carretera a esos lugares distantes; cuentan que en aquel tiempo había un alcalde muy entusiasta y ordenó que se abra una carretera larga para la zona altina y que llegue a todos esos pueblitos alejados.

Una vez aprobado el proyecto, las maquinas y la mano de obra de las comunidades se pones en acción, pues el recorrido era bastante largo y peligroso, tenían que trabajar y avanzar cruzando cerros, quebradas y montes, fue así que, un día antes de llegar al pueblito de manzanayo a una distancia aproximada de cinco cuadras, la maquinaria pesada choca con una antigua casita abandonada hecha de pura piedras, entonces el chofer trato de no dañarla y pasar por un costado; pero sin embargo en su intento de ir bien por la ruta señalada derrumba la mitad de la casa.

Apenado y triste el maquinista siguió su labor hasta la tarde, cuando llega la noche, el chofer cuenta a las personas que le daban alojamiento los pormenores de lo que ocurrió aquel día; en eso don Geroncio que era el comunero mas antiguo del pueblo, le dijo que por aquel lugar siempre aparecía una lucecita durante las noches. Entonces el maquinista muy insistente dijo: Don Geroncio ¡Eso debe ser oro o una tapada! Vamos a ver conmigo. Linterna en mano los dos amigos fueron a verificar acompañado de un perito; pero antes que llegaran al lugar desapareció la lucecita y el perrito empezó a ladrar largo rato.

Los dos personajes empezaron a buscar el mineral precioso paso a paso, piedra hasta altas horas de la madrugada sin haber logrado nada, como había miles de piedras no podían ubicarlo. Decepcionados el chofer y don Geroncio regresaron a su domicilio, estando ya cerca escuchaban un sonido en el lugar visitado, entonces volvieron la mirada hacia atrás y nuevamente ven una lucecita.

El chofer le dice a don Geroncio; eso sigue siendo oro, pero no podemos ubicarlo por la gran cantidad de piedras que hay; pero no hay que rendirnos volveremos mañana. Es así que al día siguiente empezaron a rebuscar toda la noche, sin lograr sus objetivos y así regresaron en cuatro o cinco oportunidades y nunca pudieron encontrar nada. Resignados a perder tan valioso tesoro, solo atinaron a mover la cabeza.
Y así todas las noches el perrito ladraba constantemente dirigiendo su mirada hacia la luz brillosa, como si alguien se aproximara en el camino.

“No codicies lo que no es tuyo”

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