BATALLA DE TRAFALGAR - RESUMEN


BATALLA DE TRAFALGAR


Quería Napoleón que las escuadras francesa y española se moviesen con todo secreto para despistar al almirante Nelson, que recorría el Mediterráneo, y así salieron en dirección a la Martinicia. Súpolo el inglés por una confidencia del Rey de Nápoles, a quien se lo había comunicado la princesa de España, María Antonieta, y allí fue a buscarlas. La escuadra francoespañola volvió precipitadamente, y en aguas de Finisterre econtróse con otra inglesa, mandada por Calder, con la cual combatieron heroicamente los marinos españoles, merecieron Gravina, que se distinguió por su intrepidez, ser felicitado por el emperador de los franceses, que dijo “que los españoles en Finisterre se batieron como leones”. Las indecisiones de Villeneuve, que no supo perseguir a la escuadra inglesa al día siguiente, ni hacer rumbo a Brest, como quería el emperador, malograron un momento que pudo haber variado los acontecimientos. El almirante francés optó por refugiarse en Vigo para reparar averías y desembarcar heridos, y, por fin, apremiado por el emperador, en vez de poner rumbo a Brest, marchó a Cádiz, donde quedó bloqueado por la escuadra de Collingwood.

El Almirante inglés ofreció el mando de la flota a Nelson, que se hallaba en Londres y que, partiendo en el Victory, se puso rápido al frente de la escuadra. Villeneuve, entretanto, acosado por el emperador, que llegó a llamarle cobarde y había dispuesto su sustitución, seguía en el pueblo gaditano; mas, al tener noticia de la llegada de su sustituto a Madrid, pierde la cabeza, reúne junta de generales y, contra el parecer de los españoles, se decide a salir de Cádiz, animado por el valor de la desesperación, formando sus naves en tres columnas o secciones de siete navíos cada una, mandando la vanguardia el español Álava, la retaguardia Dumanoir y reservándose él el mando de toda la flota y encargando a Gravina de la observación, compuesta de doce navíos, repartidos en dos divisiones de las cuales confió la segunda al contraalmirante Magon.

Salió, pues, la escuadra el 20 de 1805, y el 21 encontróse con la flota de Nelson a la altura del cabo Trafalgar. Bien merecen los insignes marinos que van a batirse, mandados por un hombre pusilánime e indeciso, que consignemos sus nombres para eternos recuerdo de sus virtudes. Mandaba la escuadra española “el duque de Gravina, instruido, enérgico, culto, caballeroso; unía a su carácter digno una extrema cortesía; Napoleón le tenía en alta estima y había querido iniciarle en el plan de campaña. Don Ignacio de Álava había desperdigado en la Comandancia marítima de Cádiz una actividad valiosa; era un hombre duro consigo mismo y suave para los demás. El jefe de escuadra, Cisneros, luchando con la falta de recursos, había organizado los arsenales de Cartagena. Galiano era culto y valiente; Cayetano Valdés había defendido el honor de su patria en más de un encuentro con los ingleses; el más popular de los oficiales, don Cosme Damián Churruca, experto hombre de mar, de nobles maneras, encerraba un alma de hierro en su cuerpo delicado. Todos, los hombres de corazón, estaban dispuestos a cumplir con su deber; pero la resignación caracterizaba su obediencia; conocedores de la insuficiencia de los medios, se ha podido decir de ellos que iba al combate con la certeza científica de la derrota”.

Churruca, a bordo del San Juan, manda al capellán que bendiga a la tripulación y luego con voz potente pronuncia estas palabras: “Hijos míos, en nombre del Dios de los Ejércitos, yo prometo la dicha eterna al que muera cumpliendo con su deber” Palabras notables, que no se han hecho tan famosas como aquellas que casi al mismo tiempo pronunciaba Nelson y que electrizaron a su gente: “Inglaterra espera que cada que cada cual cumpla con su deber”

Una desacertada maniobra ordenada por Villenueve, que trastornaba el plan de batalla acordado, permitió a los navíos ingleses cortar la línea, mientras la retaguardia francesa, mandaba por Dumanoir, permanecía inactiva. Batiéronse con todo ardor nuestros marinos y los franceses que entraron en fuego. Una bala del Redoutable hiere de muerte al almirante Nelson. Otra arranca la cabeza nuestro Galiano; el Argonauta, mandado por Pareja, atacado por tres barcos, sigue luchando, y cuando su comandante, ante las averías sufridas, se ve en la necesidad de rendirse, cuáles no serían éstas que los enemigos tienen que echarlos a pique; Churruca, que peleaba en el San Juan, pierde una pierna y sigue ordenando: “Continuad el fuego”; Cayetano Valdés, que formaba en vanguardia, al ser preguntado por Dumanoir que dónde iba, contestó: “Al fuego”, muere en el combate. Por último, ante la derrota, Gravine, que da la orden de retirarse de Cádiz, fallece pocos días después a consecuencia de las heridas recibidas en el combate. Nuestros mejores oficiales murieron o fueron heridos aquel día, cubriéndose de gloria. Napoleón, a propósito de la batalla, escribía al Duque de Decrés, ministro de Marina: “¿Por qué se queja Villeneuve de los españoles? Se han batido como leones”. En Finisterre y Trafalgar nuestros barcos, por ajenas impericias, fueron echados a pique unos, destrozados otros y encallados algunos. Después de ambas batallas nuestra armada quedó destruida y aniquilada para mucho tiempo.

En nada amenguó la impresión que causó en España esta derrota el hecho de haber sido rechazados los ingleses en dos ataques a Buenos Aires y obligados a capitular y a devolver la plaza de Montevideo, merced al arrojo del capitán de navío Liniers.

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