MANUEL GODOY Y ALVAREZ - RESUMEN


MANUEL GODOY Y ALVAREZ DE FARIA

Manuel Godoy Y Alvarez De Farias nació en Badajoz el 12 de mayo de 1767 y murió en Paris el 4 de setiembre de 1851. De hidalga familia de Castuera, era buen mozo, apuesto y decidido, un talento ilustrado y de ingenio despierto. Hizo estudios en Badajoz y a los 17 años (1784) se trasladó a la Corte, donde tenía a su hermano mayo sirviendo en el Cuerpo de la Guardia de Corps, al que entonces iban a parar los jóvenes pobres de buena cuna. En este Cuerpo ingresó y no mucho después era favorecido por la amistad de María Luisa, que le doblaba la edad. Al ocupar el trono Carlos IV y María Luisa, colmaron de honores y mercedes a su gallardo favorito, que no había realizado más hechos extraordinarios que agradar a los reyes. A los ocho años de haber ingresado en el Ejército, y sin otro destino que el cortesano de guardia, había alcanzado el empleo de teniente general cuando aún no tenía 25 (1792) y poseía las más apreciadas condecoraciones y cargos: Gran Cruz de Carlos III, consejero de Estado, duque de Alcudia, etc. Tan rápida carrera tenía por motivos secretos inconfesables. Los contemporáneos no vacilaron en atribuir la fortuna de Godoy a su intimidad con la reina. Autores tan sesudos como Grandmaison hablan del cinismo de estas relaciones y de las peripecias escandalosas que le elevaron a los primeros puestos. Las correspondencias de los embajadores acreditados en Madrid están llenas de escabrosos pormenores que reflejan las hablillas de la corte. Carlos IV, de índole mansa y candoroso carácter, dominado por la voluntad de la reina, había elevado súbitamente a Godoy sin notar siquiera las maliciosas insinuaciones de las gentes que hacían picantes comentarios a la predilección de María Luisa por la interrogante extremeño. El monarca le profesó entrañable amistad, siendo para él indispensable la compañía de Manuel, como siempre le llamaba.

En su afán de ostentación no dudó en ningún momento en dotar a su guardia personal de ese vistoso atavío que pregona la grandeza del señor a quien se sirve. Una muestra de esta guardia personal puede verse en la adjunta viñeta en la que todo rezuma ostentación y brillantez.

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