EL CASTILLO MISTERIOSO


EL CASTILLO MISTERIOSO

Chanchete y Conejito, habían heredado un hermoso castillo; por este motivo, llegaron un día a las puertas del hermoso edificio.
Cada uno, llevaba el correspondiente equipaje, porque tenían decidió quedarse a vivir en su flamante castillo.
Chanchete, vio de pronto un letrero que le dejó atemorizado. Y se puso a temblar.
- Amigo Conejito: nunca me han gustado los fantasmas. ¿Y, a ti…?
- Caramba…, yo he leído que eso de los fantasmas es mentira.
- ¿Será verdad lo que asegura ese letrero? Porque en este caso, no seré yo ni tampoco mi maleta, quienes pasemos adelante…
- ¿Qué estás diciendo? Lo que te ocurre es que eres un pobre miedoso.
- ¿Miedoso, yo? Verás, Conejito. No es miedo lo que tengo. Es que lo de los fantasmas me parece que es verdad, porque… ¡Auxilio!, que ya me están sujetando por detrás. ¡Oh!
Pero se reía el Conejito: lo que te ocurre es, que al cerrar tú mismo la puerta, has dejado en ella aprisionada la bufanda. Vamos, deja de temblar porque ya es hora de que merendemos. A poner la mesa. Verás lo ricamente que vamos a vivir en nuestro castillo.
- Conejito, amigo mío; no me digas que veo visiones. Pero estoy por apostar que en el plato has dejado mi merienda y ha desaparecido en un solo instante que he vuelto la cabeza.
- ¡Zambomba! – exclamó Conejito. ¡Eso mismo acaba de ocurrir con la mía!
- ¡Ay! – gimió Chanchete ¡Son los fantasmas!
- ¡Bah! Esas son tonterías…
- ¿Pero qué es esto? ¡Ah! ¡Oh! ¡Uf! ¿Se puede saber de donde llueven bofetadas a diestro y siniestro? ¡Ay, ay! ¡El fantasma, Conejito, el fantasma!
- ¡Si, señores, sí! Soy el fantasma de este castillo y vivo en él desde hace dos mil años. ¡Brrrr!
- ¡Por favor, no me haga daño, señor fantasma! Yo soy Chanchete y le aseguro que no tengo ganas de meterme en sus asuntos, créame.
- ¡Es lo mejor que puedes hacer! Ahora si no queréis morir de miedo, vais a tener que abandonar el castillos antes de que enfade. Porque después, ya será demasiado tarde. ¿Dónde está tu amigo?
El Conejito muy astuto, se había colocado detrás del fantasma y con una cerilla le estaba prendiendo fuego a la sábana con que se cubría. Y la tela empezó a arder.
El fantasma, a todo esto, seguía hablando con Chanchete y de repente, le preguntó:
- Oye: ¿No te parece que huele a chamusquina?
- ¡Socorro!
Así gritó el fantasma misterioso, al observarse envuelto entre la sábana encendida.
- ¡¡Paso!! ¡Paso libre! ¡Qué voy arrojarme de cabeza al pozo para apagar las llamas! ¡Voy!
Chanchete y Conejito se reían, mientras el fantasma (que no era tal fantasma) se tiraba en el pozo por miedo al fuego.
Los fantasmas no existen, querido niños. Por eso existía tampoco el del castillo. Eran un Lobo, que deseaba atemorizar a los legítimos dueños para que abandonaran éstos la propiedad; así, el Lobo se quería como amo absoluto.
Pero la astucia de Conejito lo descubrió todo. Y el malvado Lobo tuvo que salir del castillo y, en cambio, Chanchete y Conejito se quedaron a vivir muy tranquilos.
Fin

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