HISTORIA DE UN HERMOSO SUEÑO - FERNANDO GRADOS LAOS


HISTORIA DE UN HERMOSO SUEÑO

El pequeño Parrish estaba radiante. De todos los juguetes que le había traído el Niño, dejó de lado los demás, para concentrarse en un hermoso libro, titulado con letras doradas “Mi Primera Historia Sagrada”. A las doce, y luego de abrazar a todos, le pidió a mamita que la llevase a sus habitaciones.
Allí, entre sábanas y almohadones, el pequeño niño volvió a hojear el regalo de su abuelita, que vivía en un país lejano. Suspiraba al recordarla, pero su dicha renacía cuando desfilaban las coloridas ilustraciones con la historia del Divino Niño. Repasaba y leía los textos, hasta que una agradable sensación de sueño fue dominándole las fuerzas…
De pronto, la resplandeciente luz de una estrella le hizo despertar asustado. ¡No podía creerlo! Estaba en medio de un desierto y la sed o consumía. Era de noche, no sentía frío ni temor, porque esa estrella del cielo parecía protegerle. Y entonces escuchó una voz que le decía: “Apura el paso, que ya pasaron los Reyes para adorar al Niño”.
Parrish obedeció y corrió velozmente, sintiendo deslizarse como en un tobogán gigante. En el cielo, las estrellas jugaban traviesas; el viento silbaba melodías y el aire se respiraba con agrado, porque por el Universo ya sabía que Jesús había nacido en el Portal de Belén. Y la estrella guió al pequeño hasta el humilde pesebre.
Entonces pudo ver de cerca a los Reyes Magos, y –sin poder evitarlo– gritó con todas sus fuerzas: “¡Melchor, Gaspar, Baltazar, espérenme!”.
Fue Melchor, quien girando, le hizo una señal para que llegara a tiempo. Y el aura del Divino Niño Jesús anunció que estaban muy cerca del Portal de Belén.
Parrish, esta vez, pudo estar muy cerca de los Reyes Magos. Melchor se había convertido en su aliado; Gaspar, al reparar en su presencia, le obsequió una cómplice sonrisa, y Baltazar lo miró, alcanzándola una porción de mirra, pues ya tenía suficiente en su repleta alforja. Ahí, juntos, fue que pudieron ser testigos de la escena más tierna y hermosa de la historia.
El niño Jesús sonreía a la vida. A José le brillaban los ojos, María abrigaba su cuerpecito y el Espíritu Santo les protegía con su luz eterna. Y cuando los Reyes Magos lloraban de emoción, la señora vaca, el simpático señor burro, las adolescentes ovejas y las traviesas avecillas, anunciaban al mundo que el Divino infante iba a ser adorado en su humilde pesebre.
No sabía si reír o llorar, pero se sintió en la gloria cuando Melchor le invitó a regar incienso en los alrededores. Y pudo ver al Niño y sus regalos, tan humildes pero tan valiosas para el Hijo del Hombre. Fue entonces que despertó, a los llamados de sus padres. Su libro lucía abierto en el capítulo de los Reyes Magos. ¡La Navidad había llegado!
Días después, el seis de enero –Día de los Reyes- Parrish bajó al Niño, más enternecido y solidario que nunca. Había estado cerca del Niño y los Reyes Magos le habían ayudado a ello. Era el niño más feliz de la tierra.

Fernando Grados Laos

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