EL MEJOR REGALO DE NAVIDAD - GABRIEL JOGAG


EL MEJOR REGALO DE NAVIDAD

Era algo inusual, pero Joancito no quería otro regalo navideño que un Nacimiento a control remoto. En vano, su padre –socio de uno de los bancos más poderosos del país –le había ofrecido los juguetes más caros de la ciudad: Juegos electrónicos que podía pedir al Japón, ciudades compactas y robotizadas construidas en Alemania, computadoras de última generación de los norteamericanos, en fin, nada de eso le importaba.
Tampoco aceptó la jugosa suma de dinero que le ofreció su madre, dueña de la casa de modas más elegante de la capital.
- Es que quiero que me entiendan, es Navidad y yo sólo quiero un Nacimiento que se mueva –había dicho Joan, de sólo ocho años, por lo que su ocupado padre, con escasísimo tiempo para entender los pedidos de su niño, encomendó a su viejo mayordomo, Celestino, para que se encargue de buscar con el niño su inusual regalo de Navidad.
- No tenemos tiempo para tantos disfuerzos –fue la disculpa que añadió la apuradísima madre de Joancito.
Al no hallar tan peculiar Nacimiento en las tiendas más lujosas de la ciudad, Celestino no tuvo otra opción que decirle a su pequeño patrón:
- Niño Joan, sólo nos queda buscarlo en mi barrio, es muy pobre y bastante alejado, pero creo que allí lo encontraremos.
El niño se alegro con esa gotita de esperanza.
Llegaron al lugar: Unas calles oscuras, vetustas y malolientes, pero Joan se sintió como iluminado. Es que allí se vislumbrada el verdadero ambiente Navideño: Las bengalas refulgían, los niños reían con los juguetes más sencillos y los villancicos, cuyas notas emergían bulliciosas de cada vivencia, apretaban su pequeño corazón. Tan alegre estaba, que de pronto se soltó de Celestino, acudiendo a internarse en un gran tumulto.
Y el bueno Celestino creyó morir cuando comprobó que el niño había escapado de sus manos. Buscó por todos lados, pero no aparecía. Por su parte, Joan, al reparar que su mayordomo no estaba a su lado, no sintió el mínimo temor de saberse solo. Estaba tan feliz, entretenido observando a unos niños – payasito que hacían maromas en lo alto de un trapecio.
Vestían disfraces raídos pero muy coloridos y sus sonrisas y carcajadas peculiares, daban a entender que eran unos niños realmente felices.
Joancito, un niño solitario, vivía las mejores horas de su existencia. Pero sintió mucha pena y algo de vergüenza cuando los niños pasaron las gorritas aguardando unas monedas para pasar su propia Navidad, y él no tenía una sola.
- Mi mayordomo Celestino les alcanzará muchas monedas –dijo, cuando recién comprendió que su viejo sirviente ya no estaba a su lado.
Los niños –al verle apenado– decidieron llevarlo con ellos.
- ¿Estás perdido? No preocupes si no tienes dinero –le consolaba uno de los payasitos.
- Es que estaba buscando mi regalo con Celestino ¿Dónde hallaré un Nacimiento a control remoto?, él me dijo que aquí podía encontrarlo –preguntó Joancito casi derrotado, a punto de llorar; y ellos le tendieron la mano y lo llevaron donde vivían, a una barriada que era su propio e inmenso terral.
De pronto, el cielo se iluminó se dio el abrazo de Navidad. Y Joan, que apachurraba a todos, bebió chocolate y una humilde mujer le obsequió una pelota de jebe. Fue allí que alguien dijo:
- Ven con nosotros, que ahora tendrás el Nacimiento que tanto estabas buscando –y lo condujeron a lo alto de una colina, donde se escenificaban el más humilde Nacimiento del Niño, tal como había sucedido hacía más de dos mil años en un precario pesebre de Belén:
Estaba un niño de carne y hueso, con sus ropones parchados, la paja seca que lo abrigaba, José y María algo flacuchos pero radiantes, unos Reyes Magos muy pobres, una multitud de curiosos que vivaban al Divino Jesús, adornados por la compañía de la fauna propia del lugar: Un borrico alquilado, junto con los perros, gatos, gallinas, patos, y unos cuantos chanchos, todos cedidos brevemente por los vecinos, pese a que los animales trataban en todo momento de escaparse de la sutil escenografía.
Era el más real de los Nacimientos: Un pesebre a control remoto.
¡El anhelado deseo de Joancito estaba cumplido!
En la pomposa residencia de Joan, Celestino iba a ser despedido por sus indignados patronos, pero al llegar Joancito con sus nuevos amiguitos, enterados del suceso y pidieron disculpas y organizaron la fiesta de Navidad más hermosa que recibió el Niño de Dios en el día de su Nacimiento.

Gabriel Jogag

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