EL MÉDICO BUENO - GABRIEL JOGAG - CUENTOS DE NAVIDAD


EL MÉDICO BUENO

Era diciembre. Un niño llamado Fermín estaba en la chacra, recolectando las espigas de trigo y cebada, para colocarlas en el Nacimiento de su humilde cabaña. Sus padres trabajaban en lo alto de la puna, alimentando al ganado, y en casa le esperaba Milagros, su hermanita enferma.
Al volver a su cabaña, Fermín se sintió contento cuando comprobó que su Nacimiento crecía con los tarritos de espigas y las figuritas de barro que su madre había comprado en la feria comunal. Pero, al acercarse al lecho de Milagritos, se asustó al notar que su salud estaba empeorando.
Corrió a avisar a sus padres y al verlos, sólo atinó a decirles:
- ¡Mamá, Papá, corran a casa que Milagritos se está muriendo!
Sus padres avisaron al curandero de la comunidad, quien con gesto sombrío les dijo:
- Lo siento, pero ya no puedo hacer nada. Se necesita un médico, la atención inmediata en un hospital para poder salvarla.
Era un pueblo tan alejado, que sus padres se resignaron a perder a la hija enferma.
“Es voluntad del Taita Dios”, dijeron, pero Fermín al notar que su hermanita despertaba, se le acercó para preguntarle:
- ¿Qué juguete quieres para esta Navidad que está tan cerca?
La niña apenas si pudo prodigarle una débil sonrisa y Fermín le añadió nuevamente al oído:
- Espérame, que te traeré el juguete más caro del mundo.
A la mañana siguiente, los padres de Fermín observaron que su hijo no estaba en su cama. “Habrá ido a buscar espigas para el Nacimiento”, dijo la madre, pero en realidad el niño había tomado la carretera que conducía a la capital. Utilizó el burro del curandero, subió a un camión y después se trepó a un autobús, comprometiéndose con el chofer a limpiar los compartimientos a cambio del valor del pasaje. Quería salvar a su hermanita. En la gran ciudad sintió frío, soledad y hambre. Pero ningún obstáculo logró derrotarlo. Visitó hospitales y consultorios y nadie le hizo caso. Sólo uno de los médicos, quien se apiadó de su incontenible llanto, trató de explicarle:
- Es imposible viajar, recuerda que es Navidad y los míos me esperan.
Aun así le pidió los datos del pueblo de donde había venido.
Desolado, Fermín ingresó a un templo, hasta que sus ojos tropezaron con la imagen de un Niño Santo: “Manuelito –le imploró- si salvas a mi hermanita, juntaré todas las espigas de la puna para adorar tu     Nacimiento”. Y así como llegó, así volvió a su lejano pueblo.
Demoró mucho más su retorno, pero intuyó que ese día era Navidad. En el campo cogió la mayor cantidad de espigas, y al ingresar al bohío, sus ojos se nublaron por el llanto, cuando vio que el médico que escuchó sus ruegos estaba ahí y había salvado a su hermanita.
- No te traje un juguete –se disculpó Fermín ante Milagritos – pero sí la lección más valiosa cara de la vida: La fe en Taita Dios y la seguridad de que Él te salvaría.
El nacimiento del Niño se iba a venerar en esa humilde cabaña, como nunca antes se había adorado.

Gabriel Jogag.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada