EL LADRÓN BURLADO - LUCILA BENITEZ, MARI JOSÉ EGUSKIZA


EL LADRÓN BURLADO

- ¡Ah! Tenemos que trabajar mucho y almacenar comida para el invierno –dijo la ardilla rubia a su amiga la pelirroja.
Sin embargo el mapache holgazán, dormía sin preocuparse por el invierno. Mientras dormía a pierna suelta, el viento del otoño hizo entrar por la ventana de su casita las hojas de los árboles.
- ¡Oh, ya está aquí el otoño! Iré a dar una vueltita – se dijo al despertar.
Y descubrió a las dos ardillas en plena faena.
- ¡Caracoles, caracolitos, cómo trabajan esas chicas! ¿Qué hacen…? ¡Están guardando comida para el invierno! El mapache, que para todo lo malo es muy listo, buscó entre las cosas viejas una herramienta para hacer huecos.
Por la noche, cuidándose de no ser visto, el ladrón se dirigió al árbol en cuyo tronco se hallaba la despensa de las buenas ardillitas.
El agujero le salió perfecto. Las nueces y las avellanas caían a un saco que sostenía él con mucho agrado.
Las ardillas al descubrir el robo quedaron sorprendidas y desanimadas. Investigaron el hecho y descubrieron el agujero, que el ladrón lo había tapado con un corcho.
- ¡Tenemos que descubrir al ladrón! ¡Lo apagará caro! –dijeron muy enojadas.
Las ardillitas miraron, buscaron sigilosamente todo el bosque, hasta que descubrieron unas huellas que las llevaron hasta la casa del mapache. Allí estaba el ladrón roncando junto al cuerpo del delito.
No le quisieron despertar y controlaron su ira para idear una trampa. Así lo cogerían con la mano en la masa y no podría negar sus fechorías. Como ellas conocían todos los secretos del bosque, fueron hasta un viejo pino para extraerle la resina. Con una cuchilla tajaron la corteza, recogieron un tazón de goma, que luego lo calentaron. Lo llenaron en el árbol que les servía de almacén y escondidas, esperaron al mapache.
- ¡Por allá se asoma! Va mirando a todas partes. No debe sospechar nuestra presencia –dijeron las ardillas en su escondite.
El ladrón conocía bien donde estaba el corcho y sacándolo comenzó a llenar su bolso; preocupándose de mirar a su alrededor para no ser descubierto.
Por la oscuridad y el temor a ser descubierto el mapache no se dio cuenta de la sustancia pegajosa y caliente que caía en el saco.
- ¡oh, cómo pesa! ¡Vaya cena que voy a tener! –dijo el ladrón al cargar el asco a la espalda. Y mirando a todas partes, cruzó el bosque.
- Esas ardillas, por tontas, merecen esto –dijo muy alegre.
Pero a medida que avanzaba, sentía una sensación extraña y un calor fuerte. Se echó las manos a la espalda y ¡oh, sorpresa!
Las ardillas, que escondidas detrás de los árboles lo habían seguido todo el camino, salieron de su escondite bailando de risa.
- ¡Esto te servirá de escarmiento para no volver a robar! –le gritaron.
El mapache tenía todo el cuerpo cubierto de resina y no le quedaron ganas de seguir engañando; pues hasta ahora debe estar tratando de quitarse la resina de encima.

Lucila Benítez, Mari José Eguskiza

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